Opinión

Publicado el domingo, 23 de noviembre del 2025 a las 03:35
Como pastores tenemos el deber de hablar con claridad sobre la realidad de nuestro país. No podemos ser indiferentes ante el sufrimiento de nuestro pueblo.
No hablamos desde una posición política ni partidista, sino desde nuestra responsabilidad como servidores del Evangelio.
Vivimos tiempos difíciles, la violencia se ha vuelto cotidiana. En estos tiempos, observamos con preocupación cómo algunos discursos públicos construyen una narrativa que no corresponde a la experiencia cotidiana de millones de mexicanos. Nos dicen que la violencia ha disminuido, pero muchas familias que han perdido seres queridos o poblaciones enteras que viven con miedo constante experimentan otra realidad. Nos dicen que se combate la corrupción, pero ante casos graves y escandalosos, no se percibe la voluntad de esclarecerlos, por lo que prevalece la impunidad. Nos dicen que se respetan las libertades, pero quienes expresan opiniones críticas son descalificados y señalados desde las más altas tribunas del poder. Nos dicen que somos el país más democrático del mundo, pero la realidad es que hemos visto cómo han comprometido los organismos y las instituciones que garantizaban la auténtica participación ciudadana para concentrar el poder arbitrariamente. Nos dicen que la economía va bien, pero muchas familias que no pueden llenar su canasta básica y muchos jóvenes que no encuentran trabajo nos hacen ver que esto no es verdad. Ninguno de los dirigentes que gobierna este país ha logrado erradicar este mal. En muchas regiones nuestra Nación sigue bajo el dominio de los violentos.
No debemos tener miedo de hablar de lo que todos sabemos, aunque algunos prefieren callar: Continúan los asesinatos y las desapariciones. Sigue derramándose sangre inocente en nuestras calles, pueblos y ciudades. Familias enteras son desplazadas por el terror de la delincuencia organizada. Vivimos la inseguridad cotidiana al transitar por los caminos y autopistas. Las extorsiones se han vuelto sistemáticas para pequeños y medianos empresarios, para agricultores y transportistas, incluso para las familias humildes, obligados todos a pagar “cuotas” a los criminales bajo amenazas de muerte. El Estado, que en muchos lugares ha cedido el control territorial a grupos delictivos, no logra recuperarlos. Sacerdotes, religiosas, agentes de pastoral, incluso algunos políticos que buscan cambiar esta situación han sido amenazados y asesinados ante la impotencia ciudadana. Sentimos el dolor por todos aquellos que buscando el bien han sido sacrificados.
Nuestros jóvenes están siendo secuestrados y llevados a los campos de corrupción o exterminio convirtiéndose en uno de los más grandes dramas de nuestra sociedad. Todo esto nos habla de la degradación social a la que hemos llegado y que exige una conversión profunda de quienes han optado por el mal.
Miles de mexicanos se ven obligados a abandonar sus tierras, no solo por buscar mejores oportunidades, sino también por huir de la violencia. Por nuestro territorio cruzan miles de hermanos centroamericanos y de otros continentes, víctimas de extorsión, secuestro, trata y muerte.
Una sociedad que no protege a la familia se desprotege a sí misma.
Lo que estamos viviendo es una sistemática desestructuración familiar que genera, inevitablemente, una desestructuración social. Se introduce en las escuelas una ideología que relativiza la complementariedad hombre-mujer, que diluye la identidad sexual, que presenta como “progreso” lo que en realidad es deconstrucción de la naturaleza humana. Y cuando los padres de familia y otros integrantes de la sociedad expresan su preocupación, son descalificados como “conservadores”, “retrógrados” o “enemigos de los derechos”.
No hablamos con odio ni con resentimiento, lo hacemos con la firmeza que brota del amor. Porque amamos a este pueblo y a esta nación de la que somos parte. Y por ese amor no podemos callar ante lo que está mal.
Reconocemos con humildad que, como pastores, en algunas (quizá muchas) ocasiones no hemos acompañado al pueblo como es nuestro deber, por lo que pedimos perdón a Dios y a ustedes.
Pero también reconocemos a 100 años de distancia, el México heroico de los cristeros que dieron su vida por una causa sagrada, por la libertad de creer y de vivir según su fe, todos ellos escribieron una página luminosa en la historia de la Iglesia universal y de nuestra patria.
Hay mucho por hacer: Gobierno, Sociedad e Iglesia, pongamos cada quien, con toda el alma, la parte que nos toca.
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