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Publicado el jueves, 18 de septiembre del 2008 a las 14:00
Saltillo.- Desde que abordamos el taxi para dirigirnos al lugar nocturno, a nuestro encuentro con “los chicos sin ropa”, sentía una extraña sensación, algo en el pecho que no fue muy agradable.
En el camino fuimos platicando algunos de los comentarios que se hacían sobre los bares donde se hacen shows a mujeres, en mi caso era la primera ocasión que asistía y la curiosidad también me generó adrenalina.
Al primer lugar que visitamos estaba retirado, sin transporte público cercano, desde ese momento se generó inseguridad en mí. Al bajar de la unidad preferí decirle al chofer que esperara un poco y no se fuera, él asintió con la cabeza.
En el primer paso dentro del bar sentí un golpe en todo mi cuerpo, un efecto de incomodidad y más cuando quienes se encontraban dentro eran sólo hombres viendo todo mi cuerpo y rodeándonos a mi compañera y a mí.
Yo esperaba encontrar chicos quitándose su ropa, y la primera experiencia fue que me ofrecieran trabajo de bailarina nudista. Salí con temblor en las piernas y con un bloqueo mental de no saber si reír o abandonar el trabajo periodístico que nos habían asignado.
Durante el camino al segundo lugar tranquilicé mis nervios y toda la revolución interna que traía. Ahora sí encontramos hombres desnudos que bailaban para mujeres. Esperaba sentarme y disfrutar el show, el miedo desapareció y esa sensación extraña en mi pecho, pero me dejó otra confusión.
¿Por qué me siento así?, todo el ambiente desde olores hasta sabores es un escenario desconcertante. Mis pensamientos remitían a una confusión de saber si ese lugar era el más adecuado para frecuentar o simplemente para pasar un rato ahí.
El olor a marihuana, las cervezas en la mesa que teníamos que comprar para que nos permitieran estar viendo a los chicos, la desesperación en el ambiente por tocar los genitales de los hombres y todo el cuerpo, me dejó un vacío.
Pensé en mujeres adultas casadas con una necesidad sexual que quizá no encuentran en su casa, pensé en las enfermedades que pueden adquirirse y llevar al hogar y en esa idea que ahora pienso es errónea de que “el sida llega a amas de casa por hombres promiscuos”; pero también las mujeres pueden hacerlo.
No juzgo el gusto de meterse a un privado y pagar para hacerle sexo oral a un hombre desconocido, pero lo que vi me creó distintas sensaciones y pensamientos que concluyen en una desagradable experiencia. Hoy ya nadie me puede contar lo que realmente se hace en un table dance.
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