Coahuila

Publicado el domingo, 21 de junio del 2026 a las 06:01
Saltillo, Coah.- Este año se conmemora el inicio de la Guerra Cristera (1926-1929) donde los católicos, al grito de “¡Viva Cristo Rey!” y “¡Viva la Virgen de Guadalupe!”, se levantaron en armas en contra del Gobierno, para defender su fe y devoción en Dios, Jesucristo y la Virgen María, una lucha donde participaron cristeros de Saltillo y de Arteaga, guerra civil que concluyó el 21 de junio del 2029.
En la sierra de Arteaga, en la hacienda El Cedrito, hoy ejido, Teodoro Segovia Díaz (1906-1927) y Antonio Acuña Rodríguez (1905-1927), integrantes de la Asociación Católica Juvenil Mexicana de Saltillo, fueron fusilados el 13 de enero de 1927; formaron parte de los poco más de 50 mil mexicanos que murieron por los dos bandos.
De Antonio Acuña, a quien se le dio el rango de mayor, se decía que era de buen comportamiento, alegre, piadoso, responsable, recto, servicial, valiente y que inspiraba confianza, con gran devoción por la Virgen de Guadalupe.
Era promotor de la revista Militia, órgano de las juventudes católicas de Coahuila, y organizador del movimiento rebelde en el sur de Coahuila y en Concepción del Oro, en Zacatecas. Como delegado de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa en Saltillo, el 2 de enero salió de esta ciudad junto con otros 30 jóvenes rumbo a la Sierra de Arteaga; en el trayecto reclutó a campesinos de Huachichil, San Ignacio y San Antonio de las Alazanas, entre otras comunidades.

Como jefe de las fuerzas cristeras fue nombrado Luis Cadena, con grado de coronel, y el subjefe el teniente coronel Eusebio Flores. En Huachichil, el 4 de enero, casi al anochecer, tuvieron un primer avistamiento de tropas federales, las cuales huyeron, relató el cristero Isidoro Torres a la Revista David, de contenido religioso, en 1954.
El 5 de enero siguieron reclutando gente y buscando pertrechos; el 8 de enero se enfilaron a la Villa de Arteaga, pero como ya habían llegado fuerzas federales, los alzados optaron por retroceder hasta Aguanueva, donde dañaron la vía férrea para impedir la llegada de soldados y averiaron el telégrafo. El día 11 arribaron al rancho El Cuije, donde consiguieron comida y forraje para los caballos.
Al día siguiente, al amanecer, se encaminaron a El Huachichil, a donde llegaron con 56 combatientes. Cerca de las 2 de la tarde, los vigías avistaron al enemigo, con más de 100 soldados, para combatirlos.
De inmediato montaron los caballos, salieron del rancho y se posicionaron en una colina ubicada al noreste, para tener algo de ventaja. Inició el combate, pero les faltaban municiones, organización y adiestramiento, por lo que ordenaron la retirada.
Tras el enfrentamiento, al caer la tarde, se formaron dos grupos: uno dirigido por Cadena y otro por Flores, este con sólo 7 combatientes, incluyendo a Isidoro. En la batalla, tres cristeros resultaron heridos y Antonio Acuña y Teodoro Segovia fueron hechos prisioneros.

El 13 de enero, en El Cedrito, son fusilados. La revista David publicó en marzo de 1962 que el coronel de las tropas federales le dice a Acuña que parece buen muchacho pero que “anda engañado”, y lo deja libre, pero un jefe agrarista propone revisarlo, porque podría ser de los cristeros.
Le encontraron una libreta con los nombres de todos los compañeros porque era el pagador de los libertadores, manifiestos de la liga y otros documentos comprometedores.
“ Una vez descubierto, los soldados se burlan de él y le injurian. Con gran entereza responde el intrépido luchador de la causa católica: Sí, soy soldado de Cristo Rey, tengo el grado de mayor en el ejército de la libertad y llevo dinero porque estoy encargado de pagar a los soldados”.
La respuesta enfurece a los federales y dictan sentencia de muerte. Acuña, sereno, pide unos instantes para escribir una carta a su familia, y los verdugos lo autorizan. El escrito lo firma como “Mártir”. Los soldados se burlan y rompen la carta.
El soldado de Cristo Rey, antes de morir, ante el pelotón, dice: “Ustedes son soldados de un mal Gobierno y van a disparar sus armas contra mí, que soy soldado de Cristo Rey. Tal vez entre ustedes haya algunos católicos que van a matar a un hermano, pero ustedes no son culpables, sólo cumplen un deber, obedeciendo la orden de su jefe, como yo obedezco al mío y en estos momentos voy a darle cuenta… yo soy soldado de Cristo Rey. ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”.
“ Se sabe por otros conductos que Toño murió confesando a Cristo, después de arengar a los soldados callistas (del presidente Plutarco Calles) que lo ejecutaron. Los heridos fueron José Carranza, J. Isabel Cardona y otro cuyo nombre no recuerdo”, relató Isidoro.
Sus últimas palabras fueron: “Yo he venido a pelear por la Virgen de Guadalupe y Cristo Rey. ¡Viva Cristo Rey!”.
Sobre Teodoro Segovia, junto con otros jóvenes se unió a los cristeros. La orden de los soldados era fusilar a todos los que participaran directamente en el movimiento o les dieran cualquier tipo de apoyo.
Felisa, hermana de Teodoro, estaba casada con Samuel Oropeza Pagola, mayor del Ejército. El oficial encargado del fusilamiento le informó al mayor que “eran unos jóvenes muy valientes, murieron como los hombres, gritando ¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!”.
Lo fusilaron a un lado de la pequeña capilla del casco de la hacienda, a las 12 del mediodía, mientras que Antonio fue ejecutado cerca de un pino, como a dos kilómetros del caserío, a las cinco de la tarde, y él mismo escogió el lugar.
Los enterraron en la misma fosa, a tres metros del árbol. Antes, los soldados los despojaron de la ropa y obligaron a los lugareños a darles sepultura. Teodoro ingresó a la ACJM por invitación de Antonio, quien también lo animó a sumarse a la Guerra Cristera.
El jueves 19 de septiembre de 1929, terminado el conflicto, los restos fueron trasladados al Panteón de San Esteban de esta capital, luego de que el Gobierno lo autorizó a familiares y amigos.
A pesar de que las autoridades pusieron trabas para darles un merecido homenaje, una gran cantidad de personas acudieron con devoción a recibirlos en los límites de la ciudad, hasta acompañarlos al camposanto.

Durante el combate en Huachichil varios cristeros desertaron. Se acordó que, en adelante, quien demostrara cobardía e intentara huir, lo matarían los demás.
“ Y esto parece habernos dado buen resultado, porque en el siguiente choque con los callistas (por el presidente Plutarco Elías Calles) y en Tanquecillos, con 25 hombres y la ayuda de Dios, primero pudimos rechazar a más de 100 callistasque nos atacaron”, recordó Isidoro.
“ Las tropas gobiernistas estaban empeñadas en exterminarnos, y para cuando nos dieron el primer alcance ya andaban más de mil hombres persiguiéndonos, distribuidos convenientemente en algunas columnas volantes, las cuales nos acechaban por todas partes, impidiéndonos llegar a los aguajes, pues los tenían completamente resguardados”.
A finales de enero o principios de febrero, dos columnas federales intentaron atacar al grupo de Cadena, conformado por 12 combatientes, cerca del lugar conocido como La Siberia. Los cristeros tomaron otro camino, los federales se confundieron y balacearon entre ellos mismos, provocándose varias bajas.
“ Y después de haberse hecho varios heridos, tuvieron la desfachatez de publicar en el periódico que habían derrotado nuevamente al jefe cristero Luis Cadena”.

El 27 de febrero, cerca del rancho Tanquecillos tuvieron otro enfrentamiento. Los cristeros se posicionaron en un cerro y atacaron a los federales que caminaban por la falda del mismo. Los soldados huyeron hasta el rancho, donde se fortificaron en varias posiciones e intercambiaron balazos durante casi dos horas.
Los federales, alrededor de 125, suspendieron el fuego al comprender que los cristeros estaban fuera del alcance. Estos también dejaron de disparar. Ningún bando ordenó dejar posiciones para salir a combatir al llano porque estarían en desventaja frente al otro parapetado.
Los cristeros se retiraron al monte y los federales, ya con algunas bajas, siguieron “afortinados” en el rancho, pues temían ser emboscados.
Pasaron los meses. Un cristero los traicionó, fueron sitiados, los pocos combatientes cristeros se dispersaron y huyeron. En junio, se reunieron cerca de Saltillo con el coronel Cadena para reorganizarse, pero no se dieron las condiciones. Días después, Cadena huyó a Estados Unidos.
El historiador Jean Meyer escribió que la Guerra Cristera tuvo poco movimiento en estados del norte del país. En octubre de 1926, el Gobierno detuvo a monseñor Jesús María Echavarría, Obispo de la Diócesis de Saltillo, quien ordenaba a los feligreses que no se movieran.
“ Por esta fecha —refiere el historiador— estuvo a punto de estallar un alzamiento que se aplazó gracias a la prudencia de Felipe Brondo (quien junto con otros cristeros fue desterrado a las Islas Marías), quien hizo ver que el movimiento era precipitado, aislado, sin armas, sin dinero y sin organización”.
A fines de noviembre encontraron un jefe, el mayor Juan Silva. El 29 del mismo mes se recibió de la capital del país la orden de la Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa: Alzamiento para el primero de enero de 1927 en toda la República, aunque durante 1926 ya se habían registrado enfrentamientos esporádicos en estados de El Bajío, incluso los federales habían asesinado sacerdotes.
“ El mensajero del Corazón de Jesús en Centro América”, publicó en mayo de 1927, en Nicaragua, que el combate en El Huachichil inició cerca del estanque inmediato al rancho, alrededor de la una de la tarde, pero de los cristeros, sólo 8sabían usar las armas. Antonio no tenía carabina, sólo una pistola.
Nació el 17 de enero de 1905, hijo de Manuel Acuña Bosques y Sara Rodríguez. A los tres años fue bautizado por el Obispo de la Diócesis de Saltillo, el mismo Echavarría; estudió en el Colegio de San Juan Nepomuceno y en el Colegio Miguel Hidalgo. La Primera Comunión la realizó el 8 de diciembre de 1912.
El 3 de diciembre de 1925 ingresó como aspirante a la Congregación Mariana de Jóvenes de la Santísima Virgen y San Luis Gonzaga, establecida en el templo de San Juan Nepomuceno, se incorporó a la ACJM, y fue de los primeros en pronunciar el juramento de defender la causa de Jesucristo hasta derramar su sangre, si fuera preciso.
El 2 de enero de 1927, ante la bandera de Cristo, jura defender los derechos sagrados de la libertad de su pueblo, a su iglesia y a Cristo, se confesó y comulgó.

El 14 de junio de 1926, el presidente Plutarco Elías Calles promulga la Ley sobre Delitos y Faltas en Materia de Culto Religioso, que sometía a la Iglesia al control absoluto del Estado:
Prohibía enseñar religión en las escuelas públicas y privadas; restringía las órdenes religiosas y laicas; limitaba los actos de culto público; negaba la personalidad jurídica de la Iglesia y su derecho a poseer bienes raíces, afectando su patrimonio; limitaba a los ministros del culto por estado, que debían registrarse para ejercer su ministerio; prohibía a sacerdotes extranjeros oficiar misa; les prohibía criticar al Gobierno y vestir hábitos fuera de los templos.
El 31 de julio, cuando entró en vigencia la Ley, el Episcopado Mexicano suspende el culto público.
En Tabasco, el gobernador Garrido Canabal exige a los sacerdotes casarse como requisito para ejercer su ministerio.
En Chiapas promulgan la Ley de Prevención Social “contra locos, degenerados, toxicómanos, ebrios y vagos… Podrán ser considerados malvivientes y sometidos a medidas de seguridad, tales como reclusión en sanatorios, prisiones, trabajos forzados… los mendigos profesionales, las prostitutas, los sacerdotes que ejerzan sin autorización legal, las personas que celebren actos religiosos en lugares públicos o enseñen dogmas religiosos a la niñez, los homosexuales, los fabricantes y expendedores de fetiches y estampas religiosas, así como los expendedores de libros, folletos o cualquier impreso por los que se pretenda inculcar prejuicios religiosos”.

La Cristiada finalizó el 21 de junio de 1929, con la firma de acuerdos de pacificación entre Leopoldo Ruiz y Flores y Emilio Portes Gil, presidente de México:
El Gobierno concede amnistía a los cristeros y se reanudaron los cultos.
Murieron cerca de 30 mil cristeros y 60 mil federales; asimismo, alrededor de 500 mil personas huyeron a Estados Unidos.
Obispos, sacerdotes y religiosas fueron obligados al exilio a Estados Unidos, Cuba y Europa; de lo contrario serían ejecutados.
Los hacían caminar con las plantas de los pies en carne viva…
Asimismo, los desollaban, les cortaban la lengua, las orejas, los brazos y las piernas con machete; los deshuesaban; los colgaban de los pulgares, electrocutaban, quemaban en partes con soplete y los arrastraban con caballos, entre otros tormentos.

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