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Por
Luis Lemini
Publicado el sábado, 12 de julio del 2008 a las 06:29
Saltillo, Coah.- Bajo la escalera, el acceso al área de visitas se alimenta con un personaje peculiar. Un cajón de boleo, el banco para descansar y un equipo nutrido de herramientas, que incluye cera, grasa y cepillos, convierten a Francisco en uno de los internos más conocidos dentro del penal de Saltillo, aunque fuera de él también lo es.
Él mismo reconoce que su aspecto le ha robado otras oportunidades de empleo. Con sus brazos cubiertos por tatuajes y una voz pausada, aclara que no le gustan los apodos: “Me llamo Francisco Gerardo López Rivas y así quiero que me digan”.
La boleada es la fuente de trabajo que más le conviene, pues en los últimos cinco años, le ha servido para vivir “bien”, dejando a un lado las estancias temporales que vive dentro del centro penitenciario, que hasta el momento suman seis.
Hoy ha sido un mal día porque apenas se ha embolsado 40 pesos y su “turno” termina a las 3 de la tarde: “me quedan dos horas de trabajo”.
Y es que en ocasiones puede sacar hasta 170 pesos, cobrando a 10 la boleada, sobre todo cuando es fin de semana: “En realidad les cobro 7 y 10 pero si nomás traen 5 pues como quiera me los hecho, que no se me vayan vivos”, comenta mientras le da grasa a su propio zapato, el chiste es no quedarse sin hacer nada.
El material le resulta fácil de conseguir, pues la gente ya se acostumbró a darle “una manita” a sus zapatos con Francisco, de manera que, cuando le hace falta, solo manda pedir con el que se tope, un poco de tinta o grasa, incluso con la visita de sus compañeros, quienes no dudan en aprovechar este característico “servicio” del penal.
Las ganancias eran distintas cuando estaba fuera del penal, sobre todo cuando acudía a las cantinas para aprovechar lo “buena onda“ de la gente: “ya entrados en tragos pues le dan a uno más”. Acumulaba unos 200 pesos diarios entre semana y hasta 300 cuando era domingo.
“Le caía ahí en el mercado de abastos o en las cantinas, me levantaba a las 7 de la mañana y ya para las 3 había terminado, es el mismo horario que tengo acá, para no perder la costumbre. Los fines sacaba mas porque me iba a los mercaditos o ahí en la Guayu o en la bellavista”.
Termina con su primer zapato e inicia con el otro, como ejemplo de que el trabajo que realiza lo hace bien, “mis zapatos bien boleados son el atractivo para los clientes”.
El que no es tan atractivo es su cajón de bolero. Lo armó hace tres años y cuando entró el penal solo pidió que lo dejaran conservarlo para poder trabajar. No quiso hacerlo tan llamativo para que no se lo quitaran, como aquel que le robaron en el Mercado Juárez: “A veces no me dejaban entrar al centro porque ahí piden credencial pero ahí le haces la lucha. Ya me quitaron un cajón ahí y el otro me lo robaron, yo creo que fue venganza porque yo también he robado”, explica.
Tiene un robo pendiente…
Su historial lo cuenta a detalle, pues es la razón por la que ha llegado al Cereso en tantas ocasiones.
“Ya me había tardado en volver a caer, nomás que los malos amigos y las influencias son los que a uno lo sacan para estos lados”.
De esta temporada está por cumplir 7 meses y, según le dijo el licenciado de oficio, cuando cumpliera ocho meses le darían la libertad.
No recuerda el orden de la lista de robos, pero sabe que la primera vez que pisó este lugar fue en 1990 y la quinta fue en el año 2000; robo agraviado, robo con fuerza y los demás robos simples.
Su récord dentro del penal es de un año, dos meses.
La última es de 2007, cuando hizo una apuesta con sus “compas” y se metió a Soriana para robarse un perfume y dos desodorantes: “Me querían cobrar 700 y en la municipal mil 500, entonces el licenciado me dijo que nomás reparara el daño y les pagué casi 400 bolas, porque le duplicaron el valor de lo que robé”.
Durante dos años Francisco vivió en unión libre, su relación terminó cuando ella decidió casarse con alguien que tuviera dinero y su aspecto fuera mejor: “Es que por los tatuajes a uno le dicen que anda en el borlote o que es así o así”.
Para Francisco eso es parte de la discriminación, pero lo defiende diciendo que lo que hace cambiar a las personas son las bebidas en exceso, las drogas y las malas compañías. Lo sabe y quiere aplicarlo cuando encuentre un nuevo trabajo.
“Me metía cocaína y piedra y pues eso es lo que me fregó”, comenta aquel que inició en las adicciones a los 15 años y las dejó a los 22, “pero ya estaba demacrado”.
Quiere Francisco una vida sana, como en los últimos 8 años. Buscará un trabajo con uno de sus hermanos que es contratista que le había ofrecido “chamba” antes, y que ahora si aprovechará, pues tiene en la mira un plan en específico.
“Ya no voy a robarme nada y lo puedo asegurar. Bueno, si me quiero robar una última cosa pero a ver que pasa. Me quiero robar para mi casa a una muchachona para hacer familia”
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