Una pregunta: ¿cómo conciliar el hecho de que el Presidente de la República, desde esa máxima tribuna en que se convirtió la mañanera, realice un llamado a las estructuras de seguridad a desobedecer a los jueces, que los llame corruptos y defensores de los intereses de la oligarquía y que Arturo Zaldívar Lelo de Larrea, ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, sostenga que la relación entre poderes es óptima, sin intervencionismos y de mutuo y cotidiano respeto?
Y la respuesta la da el propio ministro, quien se encuentra a nada de dejar la cúspide del Poder Judicial en nuestro país, y lo cito: lo que dice el Presidente no se traduce en acciones concretas.
Así de simple, son palabras que pueden tener fines diversos, desde propagandísticos hasta mera retórica para saciar el hambre de frases tronadoras del pueblo bueno y sabio, pero no se traducen en acciones concretas.
Y el ministro, con esa frase, apunta a una parte medular del quehacer público en estos años, el hecho de que, más allá de la retórica agresiva, polarizante (que de suyo abre ciertas ventanas de riesgo), las posturas o señalamientos, por muy profundos y veraces que parecieran, no aterrizan en la realidad.
Y así el Presidente podrá decir que en el país ya no existe corrupción “arriba”, pero por citar solo un ejemplo reciente, la CFE sigue otorgando contratos multimillonarios y sin licitar a personas y empresas vinculadas con altos funcionarios de la 4T, y no pasa nada.
El Presidente podrá decir que la pobreza está disminuyendo y que los sectores tradicionalmente más desfavorecidos están muy contentos con los apoyos que reciben de la 4T, mientras el Inegi nos dice que la pobreza en el país está aumentando, y no pasa nada.
Y el Presidente podrá decir que el sistema de salud avanza para convertirse en uno de los mejores del mundo, cuando ni siquiera se ha solucionado el problema del desabasto de medicamentos, especialmente los que atacan males cronicodegenerativos, y no pasa nada.
Sí, ese es un punto medular de lo que actualmente está pasando, que entre las palabras y las acciones concretas, pues hay gran trecho… y no pasa nada.
Tal vez ese sea el gran problema, un Gobierno que apela a las emociones y desdeña los hechos y las acciones.
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