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Publicado el miércoles, 16 de julio del 2008 a las 19:05
Saltillo, Coah.- “Me trataban con insultos, golpes… cuando no obedecías te sentaban en una lata de chiles pero desnudo. Hombres y mujeres atrás de ti, y todos tenían que pasar a decirte todo lo que querían, le llamaban Junta de Ayuda”.
Adolfo de Jesús Vázquez González, con un gesto de tranquilidad, recuerda junto a su esposa, Alba Yamilet, las precariedades que pasó en el proceso al que fue sometido, en su afán de salir del mundo de las drogas.
Comentó que luego de sus más de nueve años como adicto, estuvo en varios centros de rehabilitación como por ejemplo en Las Granjas, de la colonia Oceanía, Alcohólicos Anónimos, Centro de Integración Juvenil, La Casa del Joven, y que en algunos de éstos los tratos a los internos, incluyéndolo a él, eran infrahumanos. Consideró que en vez de ayudarlos, los llenaban más de odio.
Todo comenzó cuando a los seis años de edad perdió a su madre, hecho por el cual su padre se volvió alcohólico, empujándolo a él y al resto de su familia a vidas llenas de violencia y abandono.
“Veía el ejemplo de mi hermano mayor, que vendía drogas. Yo quería ser como él”, dijo.
Más tarde, cuando conoció a Alba, y comenzaron a vivir juntos, procrearon un hijo, pero la pareja fue arrastrada por la adicción a la mariguana y a la cocaína, por lo que, pensando en el bienestar de su pequeño, lo regalaron. Siete años más tarde, ya en proceso de rehabilitación avanzado, pudieron recuperarlo.
“Durante nueve años de mi vida fui adicto a las drogas, desde pequeño empecé. Cuando tuvimos nuestro primer hijo, cuando tenía tres años lo regalamos. Dios me lo regresó, ahora viven en un lugar feliz, lleno de amor. Amo a mi esposa y a mis hijos. Dios tuvo misericordia de nosotros”, dijo.
Hoy en día, la familia vive en la Casa de Rescate Clamor en el Barrio, donde nació su segundo hijo, y se han liberado de las drogas siguiendo la fe cristiana.
“Tocamos fondo cuando nos vi vagando en la calle, ahí dormíamos, y dije: ‘No quiero morir así de drogadicta y pandillera’. Sí hay solución para la vida, y Dios es la única manera”, señaló Alba.
Mencionó que la violencia intrafamiliar era un común denominador en donde estuvieran.
Cientos de historias como ésta se repiten día con día, pero no todas tienen un final feliz, donde el grado de afectación a la vida, empleo, familia, puede ser irreversible.
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