Ciudad de México.- Por la ventana de su estudio alcanzan a verse los árboles del Panteón Francés de San Joaquín. Desde ahí, José Rivera, bailarín y coreógrafo, mira la muerte cada amanecer, cuando las tumbas son iluminadas por el sol.

Siempre se ha sentido atraído por ella, que ahora “cabalga por el mundo”, y la evoca en el confinamiento a partir de la construcción del coreodrama Si la Muerte Viene, basado en un poema de Miguel Huezo Mixco.

“Si la muerte viene y pregunta por mí / haga el favor de decirle que vuelva mañana / que todavía no he cancelado mis deudas / ni he terminado un poema / ni me he despedido de nadie”, escribió el salvadoreño.

Unos versos a los que el coreógrafo, fundador de La Cebra Danza Gay, ya había acudido en Las dos Fridas, en 2008, pero deseaba hacer una obra completa con el texto y, de fondo, la voz de Diamanda Galás.

En el reducido espacio de su estudio comenzó a crear los movimientos. Trabajó durante 41 días hasta llegar a un resultado que lo dejó satisfecho. Buscaba que su lenguaje corporal reflejara la desesperación y el terror en medio del confinamiento por el Covid-19.

En el coreodrama, Rivera se planta detrás de la barra de la cocina mientras pica cebolla para una sopa, y cuenta que, durante una pandemia, la gente creía que si ponía cebollas a la entrada de su casa no enfermaría.

“Esa cocina tan pequeña nos remite a ese confinamiento, a ese encierro”, expresa el bailarín en entrevista telefónica.




El reto añadido era limitarse a las restricciones de espacio, un pequeño estudio al que se mudó a raíz de los sismos de 2017 tras 20 años de vivir en la Colonia Roma.

Mientras ensayaba tratando de encontrar los movimientos adecuados en esa cocina, llegó a cortarse las manos con el cuchillo y a chocar con los muros.

“Estuve a punto de claudicar”, confiesa: “Soy muy exigente”.

Pero una voz interior lo impulsaba: “Hazlo”. Y entonces le ofreció su ayuda el fotógrafo Daniel Ochoa.

“Fui construyendo la danza como el mismo poema lo dice. Sentíamos la muerte muy cerca de nosotros, cabalgando por el planeta. Era: ‘Yo no quiero irme, señora, deme chance. Estoy a la mitad del camino; tengo muchas cosas que hacer’”, dice.


Rivera aborda la pieza desde la cotidianidad al grabarse desde su casa con sus propias pertenencias, como su preciada colección de discos de vinil, que ha reunido desde secundaria, y nutrida por su “padre adoptivo”, el fallecido Raúl Flores Canelo, quien puso a su disposición su biblioteca musical.