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Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores. (1Tim 1,15)

  Por Mons. Alfonso G. Miranda Guardiola

Publicado el domingo, 21 de septiembre del 2025 a las 03:35


QUE NADIE SE SIENTA SOLO, QUE NADIE SE QUEDE FUERA

Corría el año de 1993 y recuerdo una noche, cercana a la Navidad, que nos acompañó un coro de una Parroquia a cantar una misa en la capilla del Seminario Mayor, después de la cual, cantaron preciosos villancicos en el comedor durante la cena. 

Me llamó la atención que fueran puros varones, eran como 15 señores de mediana edad.  

En un momento tuve oportunidad de platicar con uno de ellos, y le pregunté por el nombre del coro, a lo que me respondió sonriendo: Las ovejas perdidas. 

Algunos años antes, hacia 1989, antes de entrar al seminario, y con aproximadamente 20 años de edad, un servidor hacía apostolado con un grupo de misiones parroquial, en una colonia muy pobre de la periferia de mi ciudad, donde dábamos catecismo a los niños y rezábamos el rosario con las señoras.

Ahí queríamos mis amigos y yo, construir una iglesita para esa comunidad, que en ese tiempo vivía entre tejabanes y calles de tierra, por lo que investigamos y fuimos a ver al sacerdote encargado de esa zona.

Un domingo posterior llegamos a la plaza principal y enfrente estaba la parroquia. Era mediodía, y el padre estaba celebrando la misa, templo lleno. 

Me quedé en la entrada, pensando cómo abordarlo, y desde ahí escuché, lo recuerdo como si fuera ayer, que predicaba con vehemencia acerca de la conversión, de que Dios nos perdonaba, de que nos llamaba, de que no tuviéramos miedo, y de que todos éramos pecadores, porque – dijo – si se trata de saber quién es más pecador, yo soy el primero, y Dios me ha perdonado. Hoy, un servidor, 40 años después, estoy aquí, también sirviendo al Señor.

Por supuesto que su respuesta despertó mi todavía no domada curiosidad. Válgame Dios, y ¿por qué le pusieron las ovejas perdidas? Le pregunté. 

Y me contestó, con una voz y un sentimiento profundo que todavía resuena en mi memoria: lo que pasa, es que cuando me rescató y perdonó el Señor, yo era una cucaracha. Ahora me dedicó por entero a servir al Señor. 

No hice ninguna otra pregunta, me quedé reflexionando en su respuesta hasta el día de hoy.

Y ¿la iglesita apá? 

El Señor me llamó a construirla, no ahí, sino en otros lugares… 

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