Coahuila

Publicado el domingo, 4 de enero del 2026 a las 03:35
Por gracia de Dios, tengo mucho contacto con los monaguillos de las parroquias de mi diócesis, y aunque sirven estupenda y gallardamente al Señor en el altar, muy pocas veces los oigo hablar de lo que acontece en su corazón, al estar sirviendo a Dios, y ellos mismos poco lo expresan. Ellos hablan elocuentemente de Dios con sus acciones y sus gestos, más que con sus palabras.
A principios de diciembre del 2025, fui invitado al Colegio Victoria en Múzquiz, a los famosos Juegos Florales, los cuales hacen reminiscencia de los torneos de armas en la lejana Edad Media, en los que augustos caballeros enfundados con cascos y armaduras, y montados en feroces corceles, se batían a muerte con sus lanzas y espadas, enarbolando sus nobles escudos, en aras de conquistar el amor de una dama.
El juego de armas consistía en que el más aguerrido de los caballeros, retaba en duelo a todos los demás, quienes uno a uno, iban enfrentándolo; si el primero perdía, el vencedor tomaba su lugar, y seguía combatiendo al resto de los desafiantes jinetes, hasta que quedaba uno solo triunfante. Éste, obtenía el derecho de coronar a su reina, a la vez que recibía como trofeo una flor, una medalla, y dos insignias, que colocaba, una sobre su armadura reluciente, y la otra, en la cimera de su casco.
Estos duelos fueron transformados por los caballeros de María, siglos más tarde, en combates espirituales, donde a través de poemas se escogía al que mejor declamara a la Reina de reinas, la Madre de Dios. Esto fue precisamente lo que presencié en este colegio, donde niños y niñas, elegantemente vestidos, presididos por un pequeño heraldo ataviado con su capa celeste, y botas negras, anunciaba con su rugiente trompeta, el inicio de los duelos.
Desde preescolar, hasta primero de secundaria, todos competían para ganar el primer lugar en dibujo, poesía y oratoria en honor de la Inmaculada Concepción. Hace mucho tiempo que no vivía, que no veía, y que no escuchaba a niños y niñas hablar con tanta enjundia, vehemencia y pasión a la Madre Dios, tanto que me derritió; me deleité con sus mensajes; me extasié con sus declamaciones, y admiré su elocuencia. A todos nos conquistó su seguridad, aplomo y gallardía, para expresarse con exaltado honor a la santísima Virgen María. Salí embelesado, y felicité a las hermanas Misioneras Hijas de la Purísima Virgen María por tan majestuoso evento, en el que lo menos que pudo uno sentir, es que nuestra humanidad tiene futuro, y nuestra Iglesia también. Los niños ganadores formaron la corte, que acompañó a uno de entre ellos, quien le puso la corona a la Inmaculada, y le colocó un ramo de flores, formado con las rosas que ganó cada uno de los participantes. La cereza del pastel, fue el escuchar la respetuosa carta, tierna y conmovedora, que un pequeño alumno no católico sino cristiano, le dedicó a la santísima Virgen María, para Gloria de Dios.
+Alfonso G. Miranda Guardiola
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