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Ruta Libre
Publicado el miércoles, 10 de diciembre del 2014 a las 00:15
“Pues los que se drogan que son un buen, casi siempre es con mariguana porque es más barata que las otras drogas, o si no pues, con el resistol o el cemento, los que se huelen” Por Rosalío González / Saltillo.- Desde las colonias periféricas de la ciudad llegan al centro histórico los fines de semana jóvenes de diferentes tribus urbanas para convivir en un territorio neutral, caminan de incógnitos por las calles del primer cuadro, pocos conocen su causa de ser y el trasfondo de una cultura que se ha esparcido por el norte de México.
Lejos de la protección de sus barrios y formando grupos móviles, casi siempre de cuatro miembros, los autollamados “Cholos” se distinguen del resto de los saltillenses por su particular forma de vestir, un estilo imitado por la juventud sin formar parte de ningún grupo y sin conocer el significado de las prendas.
Divididos en bandas y pandillas por casi toda la ciudad, los cholos predominan entre las tribus urbanas, de ellos se desprenden varios movimientos nacionalistas y revolucionarios que se expresan de maneras no siempre bien interpretadas por la sociedad.
En menor porcentaje y generalmente en una etapa de transición, otros grupos se han manifestado en la ciudad, los Cumbieros, Raperos y los Hip-hoppers que se definen por el género musical de su preferencia y que además usan un atuendo similar al de los cholos, así como otros que tienen en su esencia el estado anímico, tal es el caso de los Emos, que si bien son seguidores de un género musical homónimo, son conocidos mayormente por su estado de timidez y depresión.
Tampoco es raro ver en las calles a Góticos y Punks con su predominante color negro, sin embargo, los Cholos han acaparado la atención de la sociedad y las autoridades por las características de su tribu.
El entorno social y familiar de la mayoría de sus miembros los convierte en jóvenes vulnerables a situaciones de riesgo como la delincuencia, las adicciones, embarazos no planeados y la deserción escolar.
Las autoridades en cultura, juventud y desarrollo social distinguen un grupo diverso con muchas posibilidades de ser involucrados en las actividades de la ciudad y repercutir favorablemente en sus actitudes y obras.
Los claroscuros de esta tribu urbana han sesgado la opinión social sobre su existencia en colonias con problemáticas propias, a las que se suma el vandalismo y el crimen impune; para muchos saltillenses, las pandillas son quienes les roban su tranquilidad, mientras que para otros, estos grupos son formados por artistas y deportistas en potencia.
Los ingresos semanales de un joven de esta tribu no supera los 800 pesos, es decir sobrevive con 100 pesos o menos durante el día, si es que tiene un empleo. En lo que más gastan es en su ropa y atuendo, comida y cigarros y alcohol.
“Hay que conocerlos, saber de dónde vienen y hacia dónde van, son parte del tejido social y por lo tanto no deben ser discriminados”, afirma el director del Instituto Municipal de Cultura, José Palacios.
I
Entre los pasillos de la alameda, Itzel corre tras los vendedores de rosas para pedirles que le regalen una, suaviza su voz, bromea con ellos, pero falla una y otra vez, a pocos metros la espera otra chica del grupo que la cuida a la distancia.
Después de escasos minutos abortan la misión, Itzel regresa con su compañera y ambas caminan hacia el corazón de la alameda donde las esperan dos chicos que platican recargados en los barandales fríos, son José y su nuevo amigo.
Los cuatro platican y ríen a pocos metros del kiosco donde un grupo de gente comienza a rodear al conjunto musical que se presentó esa tarde.
Los jóvenes ignoran lo que sucede a su alrededor, están desinteresados tanto de la música como de las parejas que por decenas se besan y abrazan en cada rincón: bajo los árboles, sobre el pasto, entre los pasillos, en las bancas de metal, el lugar es un nido de amor.
Ni Itzel ni Sandra son pareja de José o del otro chico, solamente se encontraron, se identificaron y ahora se hacen compañía en lo que llega la noche y el ambiente mejora.
El frío no da tregua y Carlos pide un encendedor a los que pasean por el lugar, quiere prender el cigarro que compró en alguna tienda de su barrio desconociendo quizá de la ley que violó él y quien se lo facilitó, sin embargo nadie le contesta y parece que la gente le teme, como si corrieran riesgo con tan solo prestarle atención, finalmente regresa a incorporarse a la plática con el cigarro en la bolsa.
“Desde pequeño yo crecí con mi gente de vecindario, así es la vida y fue que aprendí cómo se vive en el barrio, desde pequeño yo crecí con mi gente de vecindario así es la vida y fue que aprendí como se vive en el barrio”
Sobre el mismo pasillo de la alameda una pequeña bocina conectada al celular de Lalo emite una música que identifica a los Cholos, se trata de Under side 821, un grupo de raperos regiomontanos cuyas letras son un reclamo social, un himno a la unidad y algunas otras enaltecen a lo que definen como vida loca.
Lalo dirige un grupo móvil de cuatro jóvenes cuyas edades no pasan los 17 años, dicen pertenecer a la tribu de los Cholos y su pandilla está establecida en la colonia San Nicolás de los Berros.
Igual que el grupo de José, son dos mujeres y dos hombres, sin embargo no comparten banda ni intereses, mucho menos vestimenta, Lalo es un Norteño y José es Sureño, ambos son Cholos que han salido de sus barrios buscando entretenimiento en el centro de la ciudad.
La alameda y la calle Victoria son terreno amable, aquí se percibe la mezcla entre estos dos grupos que se encuentran a escasa distancia uno del otro, pero que es imposible que establezcan una conversación, a lo más que pueden llegar es compartirse los apodos de los nuevos miembros.
Las enviadas generalmente son las mujeres que acuerdan encontrarse en un punto específico y ahí hacen el intercambio de información.
Según José, la difusión de los apodos entre las pandillas es un proceso importante “porque así, tanto los hermanos como los contrarios, saben quién es de quién”, lo que habla de un profundo sentido de propiedad y rivalidad entre los grupos.
En las bancas a la orilla de la Alameda se esparcen varias parejas de Cholos, entre ellos Arturo y Mario que visten unas chamarras grises con gorro y unos pantalones de mezclilla algunas tallas más grandes que se les escurren por debajo de la cadera.
Comparten un cigarro y una Coca-Cola, Arturo sentado y Mario de pie como a la defensiva, uno cuida la espalda del otro porque explican “tuvimos que venirnos solos porque los demás salieron con sus morras”, ellos –como los otros– quieren entretenerse y quizá ligar a una chica.
Esta dinámica pareja salió de la colonia Las Tetillas arriesgando su integridad física en el camino. Mario dice que la semana pasada tuvieron una pelea con una banda rival que domina unas cuadras de su colonia.
“Todo el problema fue porque unos carnales nuestros se fueron a pasear en la bicicleta una cuadra más abajo de donde nosotros somos” y es que si algo caracteriza a esta tribu urbana es lo territoriales que son desde su fundación a principio de los 70s en Estados Unidos y el norte de México.
Mario trabaja como operario igual que Arturo, ambos viven en casa de sus padres porque apenas rebasan la mayoría de edad, tienen 19 años y desde hace tres pertenecen a la pandilla de su colonia, son “Cholos Norteños”.
En esto, Lalo, José y sus grupos, así como Mario y Arturo son iguales, viven con sus padres en humildes casas de colonias periféricas: Los Berros, Nueva Teresitas y Las Tetillas, quizá se conozcan por sus apodos sin embargo no los exponen al público, guardan con celo su identificación de barrio, como quien cuida sus datos personales de un posible enemigo.
Lo que sí dejan a la vista de todos son sus colores característicos y es que de esto depende el inicio de una pelea o de una larga amistad.
Colgando de su pantalón café claro, José porta un paliacate color azul con detalles blancos, él es un seguidor de los personajes pachucos e igual que ellos viste elegantes combinados con una raya marcada por el calor de la plancha.
Para acompañar, calza unos tenis tipo converse color blanco a los que no les ha puesto ninguna marca, sin embargo explica que “muchos compañeros le ponen a las suelas un número que puede ser el 13 o el 14 dependiendo del grupo al que pertenezcan”.
José representa el número 13, es un nacionalista orgulloso de sus raíces, la letra número 13 del abecedario es la M, que para los Cholos significa Mexicano.
Por el contrario, Lalo y su grupo son representados por el número 14, es decir la letra N de Norteños, ellos se identifican con North Side, jóvenes que su meta es llegar a los Estados Unidos a trabajar para que su familia progrese, porque consideran que “aquí no tenemos chance de nada, necesitamos irnos y mejorar”.
De su pantalón, Lalo saca un paliacate color rojo con detalles amarillos, es su color representativo que casi siempre va acompañado por una estrella, la del norte.
Así es como se divide la tribu urbana más grande de Saltillo y del norte de México. Los Cholos han trascendido más de 50 años dominando territorios y practicando conductas de desobediencia social.
En la tribu existe un tercer grupo con una población menor y poco protagonismo en la ciudad, se trata de los Barrio 18, su número proviene de la letra R, son revolucionarios, en sus prendas se distinguen los rostros de personajes históricos que participaron en las revoluciones latinoamericanas: Ernesto “Che” Guevara y Emiliano Zapata predominan.
Entre los hombres la vestimenta varía, los Sureños con un estilo Pachuco, los Norteños con sus playeras negras y sus pantalones debajo de la cadera, los Barrio con shorts de mezclilla largos y holgados, todos usan cachuchas.
En cambio, las mujeres de la tribu no usan estilos diferentes de vestimenta y juegan un papel fundamental dentro del funcionamiento de las bandas.
Itzel y Sandra son cholas sureñas mientras que Jenny y María norteñas, acompañan los grupos móviles de José y Lalo respectivamente, las cuatro usan blusas de tirantes tipo top que dejan al descubierto su abdomen, además de pantalones de mezclilla ajustados y tenis de colores.
Para la tribu el papel de las mujeres es importante, de ellas depende el factor de negociación entre varias pandillas, explica José que la mayoría de los grupos confían a ellas el intercambio de la información con los contrarios.
Al menos entre los sureños, las mujeres se encuentran a la par de los hombres, las decisiones del grupo –según Carlos– se toman entre todos o en la urgencia de la situación, sin embargo, entre los North Side, las mujeres son relegadas a un segundo plano.
Las cholas norteñas hablan menos y visten de acuerdo con quien las acompañe, según Jenny, algunas de sus compañeras y amigas no se atreven a salir con sus tops y tirantes si no van acompañadas de sus novios o de los líderes de sus pandillas.
Una de las causas principales de las violentas peleas entre los grupos en las colonias es por las mujeres y es que el sentido de propiedad que los cholos ejercen sobre sus territorios incluye a las jóvenes que pertenecen a sus bandas.
Fanáticas del animal print, fuman y toman, las mujeres que pertenecen a esta tribu urbana gustan de la música tropical, el reggaetón, las cumbias colombianas y algunas veces escuchan el rap y el hip hop con los hombres.
“Nos gusta la música movida porque bailamos mucho en el cotorreo, los chavos casi no, pero nosotras sí”, dice Itzel mientras saca un lipstick rosa de la bolsa que carga.
A sus 18 años, lleva cinco meses trabajando como vendedora en una tienda del centro histórico, dejó de estudiar porque en su casa no hubo oportunidad para mantenerla en la escuela y ahora tiene como meta inscribirse en una escuela de belleza y poder trabajar después como maquillista y peinadora.
El simple hecho de pensar en el embarazo o el matrimonio atemoriza a Itzel, cuenta que varias de sus amigas están embarazadas o ya tienen sus bebés, sin embargo ella a pesar de su gusto por la fiesta y de tener novio no piensa en un hijo y dice estar consciente de la responsabilidad que significaría.
Instituciones como el Icatec (Instituto de Capacitación para el Trabajo del Estado de Coahuila), Móvil Saltillo, dirigido por Martha Elena Caballero Flores es una de las oportunidades que se ofrecen a los jóvenes que quieren aprender algún oficio y mejorar sus ingresos.
La tribu de los Cholos se divide en tres: los que trabajan, los estudiantes y quienes no hacen nada, el ingreso económico que tienen no rebasa los 100 pesos al día y algunos de ellos ya tienen una familia.
Según Caballero Flores, el Icatec atiende actualmente a 2 mil 44 jóvenes entre los 15 y los 25 años de edad, muchos de ellos pertenecen a esta tribu y llegan al instituto buscando apoyo para mejorar su ingreso y su vida.
Otros encuentran en el camino fácil una manera de sobrevivir, las pandillas y bandas han robado la tranquilidad a colonias enteras en Saltillo.
VI
“Aquí no hay delincuentes puro canterano de mente inteligente nos apegamos articulo veinte tirando barrio con ropa diferente pa’ que no tenga miedo no agache la frente”
“Todos los fines de semana hay peleas aquí, con todo respeto, pero los vecinos ya estamos hasta la madre de los pandilleros, luego también se meten a nuestras casas y como se podrá dar cuenta la colonia está completamente oscura y la policía ni para cuando llegue hasta acá rápido”, dice Frank, un comerciante de la colonia Nueva Teresitas.
Esta colonia se encuentra al sur de la ciudad de Saltillo y es de reciente inauguración, es más, unos sectores aún están en construcción, de aquí es José, este es su territorio.
También está Lino, un grafitero que pertenece al grupo que domina una zona de la colonia. Según una comerciante, “antes la pandilla se reunía hasta arriba de la colonia, lo más escondido, pero ahora se han adueñado de la mera entrada y solo de algunas cuadras”.
En las dos primeras cuadras de Nueva Teresitas, el territorio Cholo de la colonia se encuentran las tiendas de conveniencia y los expendios de bebidas alcohólicas, lo demás son casas y algún comercio disperso, sin embargo, los grafitis y las marcas que se firman como “El Abuelo”, “Callejeros” y algunos números están en puntos estratégicos de la colonia donde todos puedan observarlos.
Según la señora Margarita, un ama de casa que vive en Nueva Teresitas desde hace cinco meses, “las plazas y los baldíos están perdidos, porque ahí sólo hay muchachos de esos (Cholos) y como son muy violentos, pues casi nadie usa los espacios más que ellos”.
Los vecinos señalan a la calle cuando mencionan que las pandillas se pelean frente a sus casas o los escuchan correr para esconderse en alguna parte de la colonia.
Y es que el mismo José lo confiesa sin problema y hasta con cierto orgullo, “somos muy salvajes, peleamos a puño limpio por nuestro territorio o por mujeres a veces”.
No solamente golpes, sino también droga circula dentro de esta importante población de la ciudad, “pues los que se drogan, que sí son un buen, casi siempre es con mariguana, porque es más barata que las otras drogas, o si no, pues con el resistol o el cemento, los que se huelen”, explica José.
En este clima de desconcierto, de modas y grafitis, de música y baile, de drogas y dominios territoriales, de oscuridad e impunidad, José aún guarda la esperanza, “yo voy a ser diferente, otros chicos piensan como yo, queremos demostrar que no todos los Cholos somos iguales, yo voy a ser médico forense en el futuro, voy a ser un profesional y la gente dejará de hablar”.
José Fidencio / Cholo sureño






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