Arte

Publicado el lunes, 20 de octubre del 2025 a las 04:01
Ciudad de México.- En el fotógrafo catalán Kim Manresa confluyen dos cualidades esenciales: el ánimo incansable de un trotamundos consumado y un genuino don de gentes. De otra forma no se explica cómo es que, armado con paciencia y tesón, ha podido pasar los últimos 30 años de su vida persiguiendo Premios Nobel de Literatura por todo el mundo.
Aunque llegar a 30 escritores retratados, como lo ha hecho, habría sido ya una hazaña en sí misma, Manresa (Barcelona, 1961) no se conforma con las clásicas fotografías en una librería, en el salón de un hotel o en alguna feria de libros.
Su intención es llegar, a veces literalmente, hasta la cocina de los y las protagonistas de la literatura mundial.
En estas tres décadas, por mencionar sólo unas anécdotas al vuelo, ha comprado alcachofas en la calle con el turco Orhan Pamuk, trotando con el peruano Mario Vargas Llosa en ropa deportiva, bailado un vals casero con la polaca Wislawa Szymborska y, en una de las que más le dan risa, ha sido reprendido por la esposa de Kenzaburo Oe por haberlo sacado de casa para una noche de tragos.
Todas estas historias, con sus retratos, claro, han quedado plasmadas en el libro El Otro Nobel (Debate).
Como al vecino
En entrevista, Manresa deja claro que quizá el secreto para que un Nobel baje la guardia podría ser, paradójicamente, dejar de tratarlo como a un Nobel.
“
Yo no diferencio entre una persona y otra”, explica, con una sonrisa y sinceridad contagiosas. Cada uno tiene su oficio: un Nobel escribe y puedes ser fan, claro, pero el verdulero de mi casa para mí es más importante porque me da de comer, es el que me dice ‘mira, ten, esta fruta está bonita. la manzana, el plátano, las espinacas’. A los Nobel los trato igual que si fuera el vecino de mi casa”.
Despojados del estricto protocolo en el que viven y lejos de la reverencia impostada con la que usualmente son tratados, los escritores han llegado a abrir su corazón.
Ahí está el caso del nigeriano Wole Soyinka, a quien vio por primera vez en un foro literario en España mientras, de manera insólita y gracias a su prominencia política, negociaba la liberación de rehenes con el grupo jihadista Boko Haram por teléfono.
Tras ese encuentro, Manresa y el periodista Xavi Ayén -su mancuerna en este proyecto-, viajaron a Lagos y a Abekouta en 2006, donde el autor fue retratado en el mismo pupitre de la escuela, hoy en ruinas, donde aprendió a escribir.
Esta fotografía entrañable tiene un doble significado para el fotógrafo, pues la idea de retratar a los Nobel surgió cuando buscaba que un escritor reconocido le escribiera un texto para otro proyecto de largo alcance, Escuelas de otros mundos, en el que recorrió el mundo capturando la cotidianidad de niños y niñas en sus colegios.
Aquel autor resultó ser José Saramago, a quien Ayén y Manresa acompañaron en un paseo por Lisboa para conocer los sitios que habían inspirado su obra.
La oportunidad de retratar al autor en los lugares de sus afectos dictó la tónica del proyecto, que actualmente cuenta con una galería compuesta por la mayoría de los Nobel vivos -con excepciones entendibles, como la del elusivo Bob Dylan-, y de un número importante de premiados que ya fallecieron.
Vencer la resistencia
Ya sea durante tres días de fiesta con Darío Fo, comprando cintas para las rastas de Olga Tokarczuk, o visitando la celda donde estuvo encerrado Nelson Mandela junto con Nadine Gordimer, algo que siempre sale a relucir es esa mezcla entre obstinación y encanto que permite a Manresa tomar fotos altamente inusuales y, también, históricas.
Por ejemplo, la primera vez que fue a visitar a la bielorrusa Svetlana Alexiévich a su casa de Minsk, regresó a su hotel con las manos vacías, pues la autora se negó a las fotografías porque se sentía resfriada y quería cortarse el cabello.
A pesar de que esa negativa le hizo quedarse varios días más de lo previsto en la ciudad, a causa de una tormenta de nieve, Manresa logró uno de los retratos más entrañables de su catálogo.
Sentada en la cocina de una modestísima casa soviética, Alexiévich descansa pensativa en la misma mesa en la que ha realizado la mayoría de las desgarradoras entrevistas que hoy conforman clásicos contemporáneos como Los muchachos de zinc y La guerra tiene rostro de mujer.
Aunque algunos entrevistados opusieron resistencia a las fotografías, como la estadounidense Toni Morrison, Manresa logró sortear con gran éxito la prueba que, posiblemente, era la más difícil de todas: la alemana Herta Muller.
“
(Ella) no puede soportar las cámaras porque durante todas las veces que (el régimen del rumano Nicolae Ceausescu) la detenía y la fichaba, que fueron muchísimas veces, le ponían los flashes en la cara y cogió fobia”, recuerda el fotógrafo.
Manresa logró tomarle un retrato elocuente al respecto mientras ella hablaba con el reportero sobre un tema sensible y, de manera espontánea, se tapó el rostro con las manos, por lo que pudo disparar; pero no estaba satisfecho.
“
Se ponía muy angustiada cuando veía una cámara, pero luego yo, haciendo tonterías, pues se rió. Yo había trabajado en Payasos Sin Fronteras, entonces pues eso me sirve para hacer el idiota cuando hay alguien así”, recuerda con orgullo, pues también logró una de las pocas fotos donde la autora ríe con sinceridad.
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