Saltillo

Publicado el viernes, 31 de octubre del 2025 a las 04:25
Saltillo, Coah.- Aunque digan que no es cierto, que no pasa nada, que nadie es especial, aquí se siente una energía diferente apenas al entrar.
Los habitantes han querido minimizar la fama del “pueblo de las brujas”, le restan importancia y aseguran no conocer a ninguna, pero en realidad, La Biznaga es un ejido en donde algo flota en el ambiente.
Ya predispuesto, uno puede confundir el viento con un susurro, el crujir de los árboles con un espectro, un maullido con un grito… pero una sombra que se escabulle entre las casas de adobe derruidas es difícil de explicar.
Una seca bienvenida
A 40 minutos de Saltillo, en el entronque antes de llegar a San Antonio de las Alazanas, el camino al ejido pasa primero por el panteón de La Luz, fundado en 1936, que están remozando para recibir a los visitantes que vendrán al Día de Muertos; dos trabajadores pintan con cal las bardas.
Flores secas, peluches inservibles y muchas latas de cerveza, son los restos que atestiguan que quienes ahí descansan siguen siendo recordados por sus seres queridos, y una tumba abierta llena de agua hace pensar en esa tétrica imagen de que los panteones también se inundan, y que quizá en el próximo torrencial salgan flotando los féretros y los cuerpos enterrados sólo por la tierra del lugar.
“
Doña Martha está enferma, ahí la van a encontrar en su casa, pero quién sabe si los quiera recibir”, dice uno de los trabajadores al salir del panteón, sin una pregunta previamente formulada.

El silencio inunda la zona
Pasando El Remedio y Escobedo hay una intersección enmarcada por una enorme yucca brevifolia, conocida como el “Árbol de Josué”, nombrada así por pioneros mormones que, al verlo, les recordó la historia bíblica del patriarca levantando sus manos al cielo, implorando la ayuda de Dios.
Quizá el silencio de los habitantes habla por estas ramas que claman auxilio.
El sol proyecta sus últimos rayos en las montañas, se acerca la noche, los habitantes se preparan para sobrevivir a los ruidos nocturnos, y callar.

Es pura fama…
Varias motos siguen al vehículo desconocido, los niños detienen sus juegos, las mujeres interrumpen la conversación de banqueta, los perros de patas largas se paran de frente y todos los ojos se posan sobre los extraños.
“
Es la pura fama, aquí no pasa nada, no hay brujas, nadie vuela”, dice con una sonrisa nerviosa la dueña de la tienda, “sí, está el señor Pedro, que dicen que cura, y la señora Martha, la más famosa, pero ahorita está enferma, la operaron de la vesícula”.

‘Ahí vienen las brujas’
Dos jóvenes en bicicleta pasan anunciando burlonamente que “ahí vienen las brujas”, mientras se alejan con una mueca que nada tiene de gracia o inocencia.
Una señora y su hijo trapean la iglesia y, con ese pretexto, no nos dejan pasar, pero son amables, sonríen, o por lo menos, eso intentan.
“
Son puras leyendas, aquí habita Dios nuestro Señor”, dice ella mientras se adentra en la oscuridad del templo, para ya no decir más.

Algo flota en el ambiente
La oscuridad termina de envolver a La Biznaga, y ahora, en lugar de niños, hay perros; gatos en donde estaban las señoras, cuervos en los tejados.
Algo flota en el ambiente, y su eficacia es mayor cuando su existencia es negada.
Porque el mayor truco del diablo es hacerle creer a la gente que no existe.

Doña Martha, la bruja más famosa
La casa de la señora Martha está flanqueada por perros, gatos, gallinas, tres camionetas y dos lechuzas que observan detenidamente a los intrusos.
Ella es la bruja más famosa de La Biznaga, hija y nieta de las primeras brujas del ejido, aquellas a las que vieron en 1960 danzando alrededor del fuego, adquiriendo formas animales y volando como pájaros negros que se posaban en los techos de las humildes casas, con carcajadas que no dejaban dormir a los lugareños.
Nadie responde al llamado, pero hay alguien observando.

Alguien observa
El terreno es amplio y la casa es una construcción de varios cuartos independientes, cada uno cerrado con cadenas. En el patio, un gran círculo de lo que parece basura está a medio quemar, pero si uno se acerca más y observa detenidamente, hay fotografías de personas sonrientes, papeles con nombres escritos varias veces, ropa, zapatos, listones, frascos con agua… y desde la torre, alguien observa.
Voces apagadas viajan por el viento, pero nadie sale.
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