Espectáculos

Publicado el jueves, 11 de septiembre del 2025 a las 04:07
Ciudad de México.- Ningún hada madrina salvará a Elvira ni habrá zapatilla de cristal. En La Hermanastra Fea, debut de la noruega Emilie Blichfeldt, el clásico de los Grimm se transforma en un relato de terror corporal que incomoda y provoca reflexión.
El filme, que estrena hoy en cines, invita a mirar distinto el mito de Cenicienta. En vez de villana, Elvira se revela como un ser vulnerable, atrapado entre la presión social y los deseos maternos. Su madre, obsesionada con el ascenso económico, busca que el príncipe la elija en un baile y somete a su hija a procedimientos atroces: rinoplastias brutales, pestañas cosidas con violencia, lombrices ingeridas para controlar el hambre. Más que un sueño de hadas, la pesadilla remite a Cronenberg y al mercado actual de la
belleza.
“Lo que está mal son las estructuras sociales”, reflexiona Lea Myren, protagonista del filme. “En ese siglo, una mujer sólo podía aspirar a mejorar su vida vendiendo su cuerpo. Hoy parece distinto, pero la industria aún capitaliza nuestras inseguridades”.
Elvira encarna esa contradicción: inocente, sueña con el príncipe como ideal romántico, aunque compite con una Cenicienta más astuta, Agnes (Thea Sophie Loch Ness), que ve el baile con cinismo. Entre ambas surge un contraste demoledor: la fantasía de amor contra la estrategia social.
Belleza es dolor
La cinta plantea la obsesión por encajar como un sacrificio físico y emocional. Sangre, vómitos y amputaciones se combinan con humor negro en un paisaje hechizante. Blichfeldt, quien padeció dismorfia corporal, volcó parte de su experiencia en el guion, generando una empatía visceral con Elvira.
“El gore lo amo”, confiesa Myren. “La escena de la lombriz fue con efectos prácticos. Grité al verla, pero es tan buena”. Su interpretación explora la inseguridad y la rabia de una joven que busca amor bajo expectativas imposibles. El clímax llega cuando Elvira, derrotada, yace en el suelo: la actriz admite haber sufrido un quiebre emocional al filmar esa escena.
Por perturbadora que sea, la directora respeta las líneas generales del cuento. No inventa villanos, pero sí revela que el trofeo, el príncipe, en realidad no vale nada. Agnes deslumbra, aunque también arrastra secretos. Y Elvira, pese a caer, se queda con la simpatía de todos: quien vea la película reconocerá en ella un espejo de su propia vulnerabilidad.
Crítica a la industria
Más allá del terror, el filme funciona como alegoría de un sistema que exige sacrificios a cambio de aceptación. Jamie Lee Curtis calificó a la cosmecéutica y la cirugía estética como un “genocidio” contra las mujeres; Myren coincide: “Hay mujeres que mueren por procedimientos inseguros. En la película lo llevamos al extremo, pero no está tan lejos de la realidad”.
La Hermanastra Fea desnuda, entre sangre y fábula, el precio de la belleza impuesta. Al final, Elvira queda como símbolo de todas aquellas que han sentido, alguna vez, ser la “hermanastra fea” en un mundo que mide el valor en base a la apariencia.
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