Saltillo

Publicado el domingo, 26 de abril del 2026 a las 04:00
Saltillo, Coah.- Por la calle Manuel Pérez Treviño y Emilio Carranza se asoma un gigante dormido que pronto despertará; formado por un edificio de ladrillo y 18 silos de concreto, en un terreno digno de cualquier escenario de guerra que contrasta con el paisaje urbano actual del Centro Histórico de Saltillo.
Es el icónico inmueble donde antaño operaba el molino de trigo La Colmena, una estructura que se niega a ser devorada por la modernidad, como ya lo hicieron el Cine Palacio o el edificio Coahuila.

Para muchos sólo se trata de un edificio abandonado que actualmente se está cayendo a pedazos pero, para quienes conocen su historia, es el escenario de grandes vivencias, ese molino en el que adquirieron experiencia profesional, un gigante que alimentó por muchos años a los habitantes de la ciudad.
En La Colmena los obreros procesaban uno de los granos que están íntimamente ligados a la fundación de la ciudad, el trigo que, convertido en harina, fue uno de las principales materias primas con las que preparaban las tortillas y el pan, alimento básico en las mesas de las familias saltillenses.

Así lo dice el historiador y catedrático de la Facultad de Ciencias de la Comunicación, Carlos Recio Dávila, desde la fundación de la ciudad: la principal actividad agrícola era la siembra y cosecha de trigo.
“ El trigo fue quizás la primera actividad agrícola, junto con el maíz en alguna medida, de Saltillo; está íntimamente ligado, cuando menos a los 400 primeros años de la ciudad, sembrar el trigo y el fabricar harina”, explicó.
La construcción del molino se remonta a 1856, en la segunda parte del siglo 19, con la llegada de la Revolución Industrial a la Región Sureste; en él se molía el trigo cosechado en la Sierra de Arteaga y el Diamante, cuenta el historiador.
“ El trigo que venía en carretas, en automóviles después, o camionetas de la Sierra de Arteaga o del Diamante también, o sea la carretera actual a México, era después transportado por ferrocarril, por eso muchos saltillenses recordamos todavía que en la calle Emilio Carranza, cuando ya pavimentan, hacia los años 70, había espuelas de ferrocarril; por ahí pasaba el tren, pero solamente para para nutrir los molinos, tanto El Fénix como La Colmena”.

Fue hacia 1906 cuando los hermanos Genaro y José de la Fuente compran el molino, dando inicio a la época de mayor esplendor de La Colmena con la industrialización de los procesos.
“ Quien echa a andar la maquinaria es un ingeniero francés que envía una tarjeta postal a sus familiares diciendo que tenía una torre que elevaba el trigo o la harina; había un cuarto de máquinas hecho de ladrillo y toda esa construcción que actualmente existe, hecha paralelamente de ladrillo con adobe en su parte interior”.

La Colmena no fue simplemente una fábrica, sino una pieza angular en la industrialización de Saltillo; su presencia transformó la dinámica económica local, convirtiendo procesos artesanales en una potencia productiva que puso a la ciudad en el mapa del desarrollo industrial en los siglos 19 y 20.
El historiador expresó que, el hecho de que se utilizara ladrillo para su construcción y la maquinaria que se usaba para la molienda, dan cuenta del potencial económico del molino y de ser pionero en la industrialización de la ciudad.
“ Hay que recordar que el ladrillo empezó a utilizarse en Saltillo en 1880, entonces, el hecho de que hacia 1906 ya se haya fabricado, construido quizás el edificio más alto de Saltillo (en esa época), habla del gran potencial económico que desarrolló desde su fundación en 1906”.
Para algunas personas el molino representa más que la industrialización, su importancia no radica en lo que producía sino en las historias que ahí surgían, como la de doña Guadalupe Soto, quien durante seis años fue contadora pública de La Colmena.
Para Guadalupe la memoria del edificio no reside en los números, sino en una imagen muy peculiar que se repetía a diario y que la impresionaba, cada que ingresaba al área de producción, los obreros estaban cubiertos de pies a cabeza por una fina capa de polvo blanco.
“ El edificio lleno de harina adentro, y luego veías los ratonzotes, pero entrar ahí y ver a todos totalmente blancos sí me impresionaba mucho. Yo entraba a levantar el inventario ahí, y luego los señores te invitaban a un taco cuando estaban calentando ahí ibas y comías con ellos”.
Guadalupe llegó a La Colmena justo después de terminar sus estudios en la Escuela de Ciencias de la Administración de Monclova, en 1981; fue contratada por el contralor de ese entonces, el señor Orozco.

Uno de los socios de La Colmena, José Luis Rodríguez Álvarez, fue quien vio en Guadalupe la gran capacidad que tenía para la contabilidad, y en muy pocos meses Guadalupe fue ascendiendo hasta convertirse en la contadora principal.
Guadalupe relató que trabajar en La Colmena era como trabajar en familia. El director de ese tiempo, don José Luis Rodríguez, estaba comprometido con el bienestar de sus empleados y cada mes les regalaba un costal de 20 kilogramos de harina.
“ Cuando yo llegué ahí todos eran padrinos, compadres y así, pues yo lo sentí como que trabajaba en un grupo familiar, los 6 años que estuve ahí estuve muy a gusto”.
Guadalupe relató que José Luis Rodríguez incentivó que sus empleados tuvieran un hogar digno y financió varias viviendas para sus trabajadores; siempre les pagó un sueldo justo, por lo que los puestos de empleo en La Colmena eran muy peleados.
Tras la muerte de su esposo, Guadalupe tuvo que dejar su trabajo luego de seis años de estar laborando en La Colmena, pues no tenía quién le cuidara a su hija y por ello decidió renunciar. Esos eran también los últimos años de La Colmena.
La muerte de José Luis derivó en el declive de este gigante harinero, además, la llegada de empresas trasnacionales y la apertura de las rutas comerciales con otras naciones terminaron por enterrar al molino, señaló el historiador Carlos Recio.
“ A partir de los años 80, quizá desde fines de los 70, empieza a haber un gran ingreso de productos extranjeros, harina de los Estados Unidos principalmente, y eso hace que no sea tan comercializable o que no pueda sostener una competencia, sobre todo a partir del tratado de libre comercio”.
Para muchos, La Colmena sigue siendo un edificio abandonado que se está cayendo a pedazos, pero desconocen que en las entrañas de este viejo inmueble se está gestando su renacimiento.
Y en lo que se lleva a cabo el proyecto de restauración de este icónico edificio, Guadalupe se queda con el recuerdo de aquellos obreros pintados de blanco por la harina, de la máquina del ferrocarril recorriendo los patios del molino, de los grandes silos que incluso estando embarazada recorría cada que hacía el inventario.
El Gigante sigue dormido, pero en sus entrañas se está gestando su despertar, este proyecto no se trata sólo de apuntalar paredes, sino de integrar este patrimonio histórico a la vida contemporánea de Saltillo, asegurando que deje de ser un refugio de recuerdos enharinados para convertirse, una vez más, en un referente vivo de la ciudad.

Actualmente, existe un proyecto que impulsará el dinamismo cultural y económico de la ciudad gracias a la restauración del viejo edificio:
Asimismo, a la construcción de un paseo peatonal donde se instalen cafeterías, librerías y hasta galerías de arte.
Carlos Recio Dávila destacó la importancia que tendría para la ciudad este rescate y restauración del edificio, contrario a lo que ha sucedido con otros inmuebles históricos, el despertar a este gigante dignificaría esta zona de la ciudad.
Mientras, en la visión de Guadalupe, la restauración va más allá del contexto histórico, pues significa revivir a ese gigante donde obtuvo su primera oportunidad de trabajo y que durante seis años la hizo crecer no sólo profesionalmente, sino como persona.

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