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| Trump y Pete Hegseth, secretario de Guerra. Foto: Andrew Harnik / Getty Images

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‘La doctrina Trump’, intervencionismo abierto y apoyo a la ultraderecha latinoamericana

  Por Proceso

Publicado el domingo, 4 de enero del 2026 a las 12:59


Trump busca excluir a potencias extrahemisféricas (China, Rusia, Irán) y consolidar un dominio ideológico y militar sobre AL, señalan expertas

Ciudad de México.- En el rediseño de las relaciones globales que impulsa la administración del mandatario estadunidense, Donald Trump, el apoyo de Washington a los dirigentes de la ultraderecha latinoamericana juega un papel fundamental.

Esto no es un secreto ni forma parte de un plan encubierto de la CIA. Está dicho en la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025 publicada en la primera semana de diciembre y la cual establece que la prioridad central de la política exterior de Trump es la seguridad hemisférica.

Ese documento, que ha causado revuelo mundial por su crudeza y claridad, expone que para lograr ese objetivo Estados Unidos hará lo que sea necesario: desde reclutar líderes latinoamericanos afines a la ideología ultraconservadora que hoy domina Washington, hasta alentar a los movimientos “que se alineen ampliamente con nuestros principios y estrategia”.

El plan de seguridad también habla de la necesidad de hacer “intervenciones” en asuntos internos de otros países cuando éstas sean “justificadas”, y de aplicar la fuerza militar como “elemento disuasorio”.

Estos lineamientos estratégicos ya están siendo implementados desde hace meses por Trump en América Latina.

La región ya es escenario de acciones militares que, hasta hace poco tiempo, se consideraban medidas de excepción. Una flota de buques de guerra estadunidenses con miles de marines está desplegada frente a costas de Venezuela y aeronaves del Pentágono bombardean en el Caribe y en el Pacífico lanchas que supuestamente transportan droga. Decenas de sus tripulantes mueren en esos ataques.

En el ámbito político latinoamericano también se advierte un activismo inusual por parte de Washington.

Estamos viendo un intervencionismo abierto del trumpismo en las elecciones latinoamericanas, y claramente hay un auspicio de Washington a los movimientos de extrema derecha en la región”, dice a Proceso Ana Esther Ceceña, doctora en relaciones económicas internacionales y coordinadora del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica.

Ella indica que esto se vio en el proceso electoral de Chile que culminó el 14 de diciembre último con el triunfo del candidato presidencial ultraderechista José Antonio Kast, un defensor de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990) y de militares que cometieron miles de crímenes de lesa humanidad en ese periodo, así como admirador de Trump.

En plena campaña electoral, el embajador de Estados Unidos en Chile, Brandon Judd, dijo que su país trabaja mejor con gobiernos “alineados ideológicamente” con el gobierno de Trump, es decir, con Kast, y no con la candidata izquierdista Jeannette Jara, quien finalmente perdió por amplio margen la contienda.

La mano de EU

Aunque el gobierno de Chile protestó por la injerencia del embajador Judd en asuntos internos, el secretario estadunidense del Tesoro, Scott Bessent, formuló una declaración aún más injerencista al afirmar que las próximas elecciones en la región, incluyendo la que tendría lugar en Chile, le permitirán a su país tener nuevos aliados en la región.

Tenemos una oportunidad generacional en América Latina para crear aliados –dijo–. Acabamos de ver unas elecciones en Bolivia (las que ganó el derechista Rodrigo Paz), probablemente lo veremos en las elecciones en Colombia (en las que la ultraderecha hará un frente común contra el candidato izquierdista Iván Cepeda), las hemos visto en Ecuador (en las que el trumpista Daniel Noboa derrotó a la izquierda) y las veremos en Chile (donde Kast se llevó el triunfo).

Bessent lo planteó sin rodeos: Estados Unidos quiere “aliados” en la región y los gobiernos de izquierda que permanecen en el poder (el de Luiz Inácio Lula da Silva, en Brasil; el de Claudia Sheinbaum, en México; el de Gustavo Petro, en Colombia, y el de Yamandú Orsi, en Uruguay) no necesariamente lo son. Mucho menos las dictaduras de Venezuela y Nicaragua, manejadas por autócratas conservadores, multimillonarios y corruptos, ni la de Cuba.

Hoy la hostilidad de Washington está enfocada en sacar al chavista Nicolás Maduro del poder en Venezuela y en impedir que el candidato del partido de Petro, Iván Cepeda, gane las elecciones presidenciales en Colombia en mayo próximo.

Esto, sin descuidar a Brasil, donde el presidente Lula buscará su reelección en octubre de este año en una contienda en la que enfrentará a Flávio Bolsonaro, hijo mayor del exmandatario golpista cercano a Trump, Jair Bolsonaro, y quien tiene muchos aliados en Washington.

Jair y Flávio Bolsonaro. EU como aliado.

Trump ya mostró las garras a Brasil y a Lula en julio último, cuando impuso aranceles de 40% a los productos del país sudamericano y sancionó al juez Alexandre de Moraes. En ambos casos, por la condena de 27 años de cárcel impuesta al expresidente Bolsonaro como autor de un golpe de Estado contra Lula en 2023.

Aunque Trump ya retiró los aranceles a Brasil y eximió de las sanciones a Moraes, los brasileños esperan un fuerte activismo del trumpismo duro en favor de Flávio Bolsonaro en la medida en que se acerquen las campañas políticas.

La nueva cartografía política regional

Con el triunfo electoral del pinochetista Kast en Chile, la derecha y la ultraderecha quedarán con el control de nueve gobiernos latinoamericanos (Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador, El Salvador, Panamá, Paraguay, Perú y República Dominicana), la izquierda con cuatro (Brasil, Colombia, México y Uruguay) y las autocracias izquierdistas conservadoras con tres (Cuba, Nicaragua y Venezuela).

En suspenso está Honduras, donde Trump se metió de lleno en la contienda electoral al anunciar su apoyo al candidato presidencial derechista Nasry Asfura, quien según los resultados oficiales ganó las elecciones del 30 de noviembre último, en medio de acusaciones de fraude del abanderado del Partido Liberal, Salvador Nasralla.

Cuatro días antes de las elecciones, Trump escribió en la red Truth Social: “¡Espero que el pueblo de Honduras vote por la libertad y la democracia, y elija a Tito Asfura como presidente!”.

Para Ana Esther Ceceña, coordinadora del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica de la UNAM, todo esto “muestra cómo la mano de Trump está metida en los procesos electorales latinoamericanos”.

Dice que ya lo hizo en las elecciones legislativas en Argentina, en octubre último, cuando el mandatario estadunidense condicionó el apoyo financiero a ese país a un triunfo del partido de su homólogo Javier Milei, lo cual, en efecto, ocurrió.

En el caso de Honduras pasó algo parecido, y lo mismo están haciendo en Colombia (donde habrá elecciones presidenciales en mayo de este año)”, indica la economista y profesora de la UNAM.

Ésta es una vieja práctica de Estados Unidos –explica Ceceña–, pero había sido abandonada a principios de este siglo, cuando varios políticos de izquierda llegaron al poder en la región, desde Hugo Chávez en Venezuela, hasta Michelle Bachelet en Chile, Rafael Correa en Ecuador y Pepe Mujica en Uruguay.

Dice que ahora, con Trump, ese tradicional intervencionismo estadunidense en política latinoamericana, que llevó a Washington a respaldar varias dictaduras militares en Centro y Sudamérica en la segunda mitad del siglo XX, ha cobrado nuevos bríos y un cariz más ideológico porque la administración republicana está apoyando a políticos latinoamericanos de extrema derecha que le son dóciles y que coinciden con su agenda ultraconservadora.

Lo que ocurre –señala la profesora Ceceña– es que empezaron otra vez a tratar de impedir con intromisiones directas que gobiernos progresistas sigan avanzando, más allá de que es posible que algunos de estos gobiernos no hayan dejado satisfecha a la población”.

Y dice que es evidente que hay una estrategia de Trump, de los republicanos duros de origen cubano de Miami, del secretario de Estado, Marco Rubio, y del secretario de Guerra, Pete Hegseth, entre otros ultraconservadores, para favorecer a los candidatos de extrema derecha en la región sin importar si para ello deben intervenir en asuntos internos de otros países.

El “corolario Trump” o cómo controlar América Latina

La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025 presentada por la Casa Blanca el 5 de diciembre último no deja lugar a dudas: el “corolario Trump” a la Doctrina Monroe que plantea el documento implica el control estadunidense de América Latina y esto exige una plena alineación de los países de la región con los intereses de Washington.

Trump no quiere socios, sino “aliados confiables” que estarán supeditados a una relación asimétrica y de plena dependencia.

Las premisas son excluir de la región a potencias extrahemisféricas (léase China, Rusia, Irán), ejercer un dominio de los recursos estratégicos de la región (petróleo, gas, agua, litio, tierras raras) y reforzar la presencia militar en el área para controlar las rutas marítimas y terrestres. También, usar la fuerza letal en operaciones selectivas contra los cárteles de la droga.

Lula, Sheinbaum y Petro. La izquierda incómoda para Trump.

Estefanía Ciro, doctora en sociología de la UNAM y especialista en política de drogas y seguridad hemisférica, considera que América Latina está en presencia de “la doctrina Trump”, la cual no sólo significa la reconceptualización del precepto de la Doctrina Monroe de hace un siglo, “América para los americanos”, sino una idea más autocrática: “América para Trump”.

Y esto, afirma, significa la promoción, desde Washington y Miami, de una ideología ultraconservadora y de extrema derecha en América Latina, por parte de aliados de Trump como el secretario Rubio, los congresistas de la Florida Carlos Gimenez, Mario Díaz-Balart y María Elvira Salazar, y el senador colomboamericano Bernie Moreno.

Todos ellos, señala, son viejos enemigos de todas las izquierdas latinoamericanas, desde la que representan los regímenes totalitarios de Venezuela, Cuba y Nicaragua, hasta las que postulan los presidentes Claudia Sheinbaum, de México; Luiz Inácio Lula da Silva, de Brasil; Gabriel Boric, de Chile, y Gustavo Petro, de Colombia.

Esto no es sólo una agenda de Trump, sino una agenda de la derecha latinoamericana y estadunidense que tiene como objetivo romper el bloque más fuerte de la izquierda latinoamericana”, asegura.

El peso de México y Brasil… y Salinas Pliego

Frente a los avances de la extrema derecha en la región, México y Brasil, que juntos concentran más de la mitad de la población latinoamericana y generan 60% del Producto Interno Bruto (PIB) regional, se erigen como un “muro de contención”.

En octubre de este año, sin embargo, Brasil realizará elecciones presidenciales, y para el trumpismo será una oportunidad de impulsar la candidatura de Flávio Bolsonaro, primogénito de su aliado encarcelado Jair Bolsonaro.

Estados Unidos, señala Ceceña, ya está operando para debilitar a la izquierda y fortalecer a la extrema derecha en los dos países latinoamericanos que celebrarán elecciones presidenciales este año: Colombia, donde Petro fue acusado por Washington de tener activos provenientes del narcotráfico, y Brasil, donde Trump ya juega en favor de los Bolsonaro.

Pero ni en Colombia ni en Brasil será una tarea fácil hacer ganar a los candidatos de la extrema derecha.

En Colombia, Iván Cepeda, el candidato del izquierdista Pacto Histórico, el partido de Petro, encabeza todas las encuestas de intención de voto y el abanderado más popular de la ultraderechista, Abelardo de la Espriella, aparece en un lejano segundo lugar.

En Brasil un sondeo de Data Folha del mes pasado ubica a Lula como favorito para lograr su reelección en los comicios de octubre próximo, con 51% de las preferencias, mientras que Flávio Bolsonaro obtendría apenas un 36 por ciento

Ceceña afirma que Trump tiene un interés especial en contar con un gobernante brasileño dócil, que lo ayude a sacar de América Latina a los BRICS (el grupo Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), en el que el presidente Lula ha jugado un papel muy activo.

Un objetivo de Trump es sacar a otras potencias de Latinoamérica –dice la académica de la UNAM– y no quiere a los BRICS aquí. Por eso busca desmantelar la alianza de Brasil con ese grupo. Recordemos que el pleito principal de Estados Unidos es con China, y hablar de los BRICS es hablar de China”.

La profesora Ana Esther Ceceña está convencida de que México ocupa un lugar central en los planes intervencionista del trumpismo en América Latina, no sólo por su vecindad con Estados Unidos, sino por su importancia estratégica como potencia emergente, por sus recursos naturales y por ser una pieza clave en los tres problemas que más preocupan al mandatario republicano: seguridad, migración y comercio.

La coordinadora del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica dice que no se puede descartar que en Washington vean con simpatía una opción opositora del empresario Ricardo Salinas Pliego, quien en enero del año pasado asistió a la toma de posesión de Trump como presidente de Estados Unidos.

 

 

 

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