Vida
Publicado el lunes, 14 de julio del 2025 a las 18:19
Saltillo, Coahuila.- La jornada promedio de millones de personas comienza y termina con el brillo de una pantalla. Desde la alarma del celular que nos despierta, pasando por la avalancha de notificaciones, correos y memes, hasta las interminables videollamadas, mensajes de WhatsApp y series por streaming que llenan el día, estamos inmersos en un ciclo de hiperconectividad constante.
Esta realidad, que se ha convertido en la norma, tiene un impacto profundo y, a menudo, inadvertido: nuestro cerebro está cambiando.
Neurocientíficos y psicólogos de todo el mundo están alzando la voz de alarma. Advierten que esta exposición ininterrumpida a dispositivos digitales —especialmente en niños, adolescentes y jóvenes, cuyos cerebros están en desarrollo— podría estar alterando funciones cognitivas cruciales como la atención, la memoria y la regulación emocional.
La hiperconectividad no es solo el uso extendido de teléfonos inteligentes o computadoras. Es un término acuñado en 2001 que describe un ecosistema digital donde gran parte de nuestras interacciones —humanas, laborales, sociales y recreativas— están mediadas de forma casi permanente por la tecnología.
La Secretaría de Cultura define este fenómeno como la vasta red de comunicación que incluye correo electrónico, redes sociales, mensajería instantánea, teléfono e internet.
Este fenómeno se ha intensificado exponencialmente en los últimos años, impulsado por el auge del trabajo remoto, la omnipresencia de las redes sociales, las videollamadas y el entretenimiento en streaming.
Vivimos en un entorno de flujo continuo e inmediato de información, que a menudo resulta abrumador y genera la necesidad de estar “siempre disponibles”.
Si bien la hiperconectividad ofrece beneficios innegables, como el acceso instantáneo al conocimiento global o la comunicación sin barreras geográficas, también ha dado pie a nuevas formas de estrés, fatiga mental y dependencia digital. Desconectarse, en la sociedad actual, se percibe casi como un acto contracultural o, en entornos laborales, como un riesgo.
El cerebro humano posee una cualidad asombrosa: la neuroplasticidad, su capacidad para adaptarse constantemente a nuevas experiencias y estímulos. Si bien esta característica es fundamental para el aprendizaje y el desarrollo, también significa que el cerebro puede moldearse, no siempre positivamente, a hábitos como la exposición constante a las pantallas.
Diversas investigaciones han comenzado a revelar cómo el uso excesivo de dispositivos digitales puede afectar la atención, la memoria y el procesamiento de la información.
La sobreestimulación visual, la tendencia a la multitarea digital y la fragmentación constante de la atención mantienen al cerebro en un estado de alerta perpetua, dificultando la concentración sostenida y el pensamiento crítico o profundo.
Además, el estrés digital, provocado por el aluvión de notificaciones, la presión por responder al instante o el miedo a “perderse algo” (conocido como FOMO), activa respuestas fisiológicas similares a las de una amenaza real.
Esto puede elevar los niveles de cortisol, la hormona del estrés, impactando negativamente el descanso, la autorregulación emocional y el bienestar general.
La memoria también sufre. Al depender de los dispositivos para recordar datos, fechas o ideas, la memoria de trabajo y la capacidad de retener información a largo plazo se debilitan. El cerebro, en esencia, comienza a delegar funciones cognitivas que antes realizaba internamente.
En jóvenes y adolescentes, cuyos cerebros aún están en etapas críticas de desarrollo, estos efectos pueden ser más pronunciados. Algunos estudios sugieren que la exposición excesiva a pantallas durante la infancia podría influir en el desarrollo de regiones cerebrales vinculadas con el lenguaje, la autorregulación y la toma de decisiones.
La conexión entre el uso de pantallas y la salud mental es innegable, aunque compleja. No se trata solo del tiempo frente a la pantalla, sino de cómo, cuándo y con qué propósito se utiliza la tecnología. Investigaciones recientes han señalado una correlación significativa entre el uso excesivo y trastornos como la ansiedad, depresión, insomnio y fatiga emocional.
Por ejemplo, pasar largas horas en redes sociales puede intensificar la comparación social, generando sentimientos de insuficiencia y una necesidad constante de validación externa. Este ciclo puede ser particularmente perjudicial para la autoestima de adolescentes y jóvenes adultos.
La estimulación constante de las pantallas también dificulta la desconexión mental y el descanso, lo que se asocia con una menor calidad del sueño. Esto, a su vez, impacta directamente el estado de ánimo, la capacidad de regular emociones y el bienestar mental en general.
Sin embargo, es crucial reconocer que la tecnología no es inherentemente negativa. Las pantallas pueden ser herramientas valiosas para acceder a recursos de apoyo emocional, terapia en línea, comunidades de contención y contenido educativo sobre salud mental. El desafío no radica en la tecnología per se, sino en el tipo de uso que le damos y la frecuente falta de límites en su integración a nuestra vida cotidiana.
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