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La fiebre por los panic rooms

  Por El Universal

Publicado el domingo, 4 de diciembre del 2011 a las 16:01


El miedo ha provocado que en el último año cientos de familias mexicanas construyan una habitación blindada en casa

México, DF.- Los delincuentes irrumpieron en la mansión de la familia Monte Albán una tarde del verano pasado. Esperaron a que el coche cruzara la reja eléctrica para escabullirse hasta el patio. Amagaron al chofer con un fusil de asalto AK-47, el famoso cuerno de chivo. Lo mismo hicieron con la trabajadora doméstica que también viajaba en el auto. Venían del supermercado.

Ya sometidos, Nicolás y Juana tuvieron que facilitar el ingreso a la casa ubicada en las Lomas de Chapultepec, una colonia de la Ciudad de México donde viven cientos de familias con holgado poder adquisitivo. El alboroto que los hampones hacían en el jardín alertó a Cayetana, un mujer de 63 años que se la piensa dos veces antes de salir de casa. Las noticias sobre el aumento de la inseguridad en el país la han hecho precavida.

La abuela de tres niños estaba en la cocina, tomando un vaso de agua y, a través del circuito cerrado de televisión, vio cuando los delincuentes amagaron al personal y se metieron en la casa. Pero cometieron un error: nunca se asomaron a la cocina. Subieron al primer piso para encerrar a Nicolás y a Juana. Fue entonces que ella se dirigió a su habitación, que está en la planta baja de la residencia, a unos treinta pasos de la cocina. Cerró la puerta y accionó un botón de seguridad.

La señora tomó el teléfono rojo y llamó a la empresa de seguridad privada que cobra cinco mil pesos mensuales para atender cualquier solicitud de auxilio de sus clientes. Después le marcó a su hijo Andrés, quien hizo dos cosas: llamar a la policía y pedirle a sus familiares que no se acercaran a la casa de su madre hasta nuevo aviso. Ella, en tanto, veía a los hampones por el monitor que muestra lo que ocurre en el pasillo que está justo afuera del cuarto. Uno de los delincuentes estaba haciendo el ridículo. Temerario, disparó a un metro de distancia. Las balas rebotaron para impactarse en su cuerpo. El primer delincuente había caído víctima de su propia ingenuidad. No podía ver, tenía enterradas las esquirlas en la cara. El segundo se aproximó con un mazo, y le dio uno, dos y tres golpes a la chapa. Se cansó. El tercero no tuvo oportunidad de demostrar su pericia.

El rescate fue impecable. Los delincuentes no tuvieron oportunidad de reaccionar pues un equipo especial de seguridad privada ingresó a la residencia, y sin tanto aspaviento sometió a quienes no entendían qué carajos les había impedido materializar el plagio. Aparentemente, el secuestro era cosa de niños. Nadie podía pensar lo contrario, ya que en la casa sólo estaba el chofer, la sirvienta y la señora de 63 años, que aparentemente no podría resistirse ni al delincuente menos experimentado.

El hijo de Cayetana, un empresario dedicado al ramo de servicios, recuerda con un nudo en la garganta la manera en que su madre le transmitió la información necesaria para que pudieran ayudarla. Su madre había hecho lo correcto. No desesperarse, andar hasta el cuarto construido justamente por si alguien intentaba entrar a la casa, a robar o secuestrar, y mantener la cabeza fría. Todo lo hizo bien. Tanto, que ella está a salvo y los delincuentes, que pretendían cobrar dos millones de pesos para liberarla del secuestro que intentaron perpetrar, en la cárcel.

Hoy, Cayetana valora el día en que sus hijos le dijeron que construirían dentro de su casa un cuarto blindado. La edificación del panic room costaría 450 mil pesos, lo cual le parecía una locura. La habitación de la señora Monte Albán, a simple vista, luce como cualquier otra. Tiene las fotos de sus tres nietos, las de sus dos hijos y los recuerdos de su esposo, un hombre que en vida inculcó en sus hijos la idea de no confiar ni en la propia sombra.

La habitación que protegió a la señora de 63 años es un auténtico cuarto de guerra. La puerta de madera con acabados de cristal oculta una hoja de acero antibalístico nivel 4, es decir, impenetrable, que se hubiera doblado sólo en caso de recibir durante 30 minutos, quizá un poco más, varias descargas del AK-47 que llevaban los asaltantes.

Los muros decorados con finos tapices españoles también están blindados. Al interior del cuarto se encuentra un teléfono celular, con la pila cargada, para llamar a familiares en caso de emergencia; un teléfono rojo que comunica de manera directa a la empresa de seguridad privada, cuyo cable está enterrado sobre canales ocultos que no pueden ser localizados con facilidad; ventilación especial con filtros para evitar que a través del propio sistema se pueda filtrar gas lacrimógeno; una cubierta que se ubica debajo de la puerta y que impide que se escuche algún ruido del exterior; un sistema de monitoreo satelital que permite registrar a través de una señal de televisión todos los movimientos que ocurren dentro de la casa. Todas estas monerías salvaron a Cayetana.

El panic room de la familia Monte Albán no es una rara avis en un país atemorizado por la escalada en los niveles de inseguridad y violencia. Las empresas de seguridad privada reportan que cientos de familias mexicanas tienen un cuarto blindado. Hace un lustro el negocio dio visos de que había una necesidad por satisfacer, pero no fue sino hasta hace un año cuando detonó la fiebre por tener uno en casa. “La gente los pide por el temor a ser secuestrados. Quieren evitar que la tragedia invada su hogar”, dice Sandra Camacho, analista de seguridad de Ballistic Group, una empresa que nació en Colombia, durante el imperio del narco Pablo Escobar, allá por los años 80.

Cuando Ballistic Group llegó a México, hace dos décadas, ocasionalmente vendía un cristal antibalas a una joyería o una casa de empeño, y parecía una empresa familiar que daba trabajo a una telefonista, un técnico y una vendedora. Ahora emplea a más de 100 personas y, en el último año, ha construido en promedio seis habitaciones de pánico al mes. También ha vendido una puerta de seguridad al día.

La familias que construyen un panic room son de altos ingresos, viven en lujosas residencias y están contratando los servicios de empresas de seguridad alemanas, colombianas, israelíes y una que otra mexicana, para habilitar cuartos de pánico en sus casas, que pueden llegar a costar hasta 500 mil pesos.

“La gente más adinerada, con temor por su posición económica, construye este tipo de bunkers. Antes, pocos eran los clientes que pedían algo así. Ahora la gente quiere protegerse y no ser sorprendida”, dice Gabriel Avalos, director corporativo de Crecimiento y Políticas de Grupo Multisistemas de Seguridad Industrial (GMSI), una empresa con más de 25 años en la industria de la seguridad privada. “Por eso es que en muchos núcleos familiares ya se habla del tema y se acuerda, ante un caso extremo, que el último cierra la puerta”.

Calidad y precios

El origen de los panic room data de los años convulsos del siglo pasado, durante la Guerra Fría, cuando el temor de un ataque nuclear provocó que muchas familias estadounidenses construyeran guaridas blindadas. Bajo esta lógica, los panic room de los nuevos tiempos están perfectamente habilitados para permanecer en ellos durante días, pero en realidad su función es proteger a sus habitantes por unas cuantas horas, durante el tiempo que un delincuente tiene para intentar el secuestro o el robo. Es decir, no están enterrados, tienen todos los servicios, pero sólo están hechos para enfrentar el factor tiempo que marca la diferencia entre caer en las redes de los malos o recordar el evento como un simple trago amargo.

Eso lo sabe Sandra Camacho, la analista de seguridad que siempre tiene los ojos bien abiertos para evitar un susto. Ella sostiene que en un cuarto de pánico se puede permanecer, máximo, dos horas, en caso de una situación grave, ya que éste es sólo un instrumento más del resto de equipo que se debe tener en casa (guardias, circuito cerrado de televisión, alarmas). En caso de robo regularmente no se está más de veinte minutos. Claro, suena razonable, ya que no hay ratero que pueda vivir días enteros en la casa de su víctima.

“Al panic room no hay que llevarse nada”, dice Sandra Camacho. “Si estás descalzo, no te preocupes, en el panic room encontrarás chanclas. Si estás desnudo, ahí encontrarás todo un guardarropa. También tendrás un botiquín de primeros auxilios. Vamos, estará todo disponible para esperar a que lleguen los equipos de rescate”.

Según los expertos, 50 segundos es el tiempo máximo que se tiene para trasladarse al panic room. Más, sería peligroso, y en algunos casos fatal. Lo ideal son 35 segundos.

Cualquier lugar puede ser un panic room. La habitación principal, el estudio, incluso un baño. Cualquier espacio, siempre y cuando tenga una característica: que sea de fácil acceso para todos los integrantes de la familia. Por eso se recomienda que éste se encuentre en el primer piso de la casa, sobre todo cuando hay niños y gente de la tercera edad. Toda la familia debe tener presente que en casa hay un área de seguridad con especificaciones particulares. Para los niños, por ejemplo, se habilita un botón de seguridad que se ubica en la parte baja de la puerta de la habitación para que no tengan problemas en cerrar.

“Nosotros recomendamos hasta simulacros para que todos sepan cuál es la ruta de pánico”, sostiene Sandra Camacho, quien le pone más emoción a la operación fuga: “Así que cuando se detecta una situación de peligro se activa una alarma que tiene un ruido especial y que avisa a la familia que es momento de ir al cuarto de pánico”.

Sin embargo, las habitaciones del pánico no son infalibles. O, en todo caso, su grado de intrusión depende del equipo que la integre. En otras palabras, el tamaño del miedo, que determinaría el monto de inversión para evitar un siniestro, marcará la garantía del panic room. Los constructores de cuartos de pánico aseguran que la máxima de su negocio es simple: a más inversión, mejor seguridad.

Esta regla no la siguió la familia Gutiérrez, dedicada desde hace tres generaciones a la industria del juego. De hecho, jamás olvidará el 14 de junio de 2011 cuando unos bandidos violaron las cerraduras de su casa en Huixquilucan, en el Estado de México, y se evitaron la molestia de balacear la puerta del estudio, hecha con una hoja de acero antibalístico nivel 3, que puede soportar los tiros de una subametralladora, una UZI 9 milímetros y un revólver .38 especial. La puerta con toques de caoba le había costado 35 mil pesos. Mala inversión, ya que al papá del hogar se le olvidó un pequeño detalle: blindar los muros que, paradójicamente, estaban hechos del mismo material que se usa para las casas de interés social: tablaroca pura.

Fue así que el jefe de la familia sufrió las consecuencias de una vieja regla familiar: invertir, pero economizar en todo lo que se pueda. La superpuerta cayó cual si fuera hoja de otoño y los ladrones entraron y disfrutaron una especie de venta nocturna, ya que salieron cargados de bolsas con dinero, joyas y uno que otro artículo de lujo. La aparente y tremenda habitación blindada del hogar era, en realidad, un panic room “pirata”.

El precio de un panic room depende entonces de un factor intangible, el terror que carga un cliente, y de otro tangible, el grosor de su cartera. Dicho esto, una habitación de pánico bien armada puede costar hasta 500 mil pesos. Todo depende de los detallitos que integre. Una puerta de seguridad cuesta entre 25 mil a 45 mil pesos, dependiendo el anclaje y el contexto de la puerta; una alarma se cotiza en 10 mil pesos; un sistema con cámaras de seguridad, al menos cuatro, valdrían 30 mil pesos. El precio se eleva por el blindaje de los muros, que puede oscilar entre los 70 mil y los 100 mil pesos por muro y dependiendo el nivel antibalístico que se solicite.

NÚMEROS DE MIEDO

500,000 pesos, precio máximo para habilitar un panic room

50 segundos, tiempo máximo para ejecutar la ruta de pánico

45,000 pesos, costo promedio de una puerta blindada nivel 3 capaz de soportar la descarga de una AK-47

100,000 pesos, precio máximo de un muro blindado

8 empresas registradas ante la SSP para realizar “blindaje arquitectónico”

Espías y clientes

El sapo esperó paciente, a la distancia escuchaba los movimientos de la cerradura y cruzó fechas importantes del calendario familiar; de pronto, hizo clic y la fortaleza quedó a sus pies. La clave de acceso del panic room fue abierta y quien parecía ser como un hijo adoptivo de la familia violó varias ocasiones la chapa del estudio y, aunque se llevó una bicoca, dejó constancia de que el exceso de confianza puede convertirse en traición. Hasta los billetes de 20 pesos se llevó, junto con la estampa de San Charbel, un ermitaño libanés que fue declarado santo por el Vaticano por predicar el valor de la penitencia y el ascetismo.

El sapo es un término que se acuñó en Colombia y que se refiere a los soplones, a los mirones, a los que “le ponen el dedo” a quienes serán sus víctimas. No son como el ratón y el queso que pueden ser amigos. Son quienes traicionan la confianza. “No necesariamente son los conocidos de una familia, sino que son amigos de los amigos de la familia. Entran a las casas, regularmente, en fiestas sociales y eso les facilita pasar desapercibidos. Así observan si hay alarmas, si son falsas o no las cámaras de seguridad, cuánta gente hay de servicio, cuántos hijos tienes y qué tanto amor se profesan”, explica Sandra Camacho.

Ellos, los sapos, son los que pueden detectar si una casa dispone de un cuarto de pánico. Ellos, quienes entran a las casas con cara de angelitos, son los que pueden recrear el infierno para una familia. No solo son gente que socializa, sino personas que les desean dulces sueños a sus víctimas.

Por eso Jaime, el jardinero de la familia Santibañez, pudo pasearse por el panic room y llevarse 40 mil pesos en billetes de diferente denominación y a través de varios hurtos, junto con la estampa del primer santo oriental canonizado por la Santa Sede y que tiene muchos fans por ser, supuestamente, muy milagroso.

La estafa, que es recreada por uno de los expertos consultados, implicó una investigación quirúrgica por parte del sapo, que al mismo tiempo deja una lección: los cuartos de pánico podrán estar hechos a prueba de balas, pero no sirven de nada frente al abuso de confianza.

Jaime se había convertido en uno más de la familia Santibañez. El señor de la casa lo estimaba a rabiar, pero ocurrió algo que cambió el giro de esta historia: de la caja fuerte que se encontraba en el estudio, que disponía de blindaje en sus cuatro esquinas y de una puerta inteligente, empezó a perderse dinero. Algo inexplicable, toda vez que el dueño de la casa, un exitoso arquitecto, les había pedido a sus hijos que nadie, absolutamente nadie más que ellos, supiera las claves de acceso. Era un secreto familiar.

¿Cómo es posible que se pierda el dinero?, se preguntaba el arquitecto. Él podía tener muchas cosas en la cabeza, pero si algo lo caracterizaba era ser escrupuloso en su economía. Fue entonces que decidió colocar un cebo: una montaña de billetes, haciendo una figura con la letra M. Así esperó pacientemente hasta que se registrara un movimiento extraño. Pasó un mes y nada. Dos semanas después la M seguía formada, pero con una alteración: estaba más chaparrita. Faltaban, en números redondos, 20 billetes de 1,000 pesos. El ladrón, seguramente, pensó que no había dejado rastro, pero no se percató que, aunque la cámara de seguridad que estaba en el pasillo no funcionaba, el ingeniero había habilitado un DVR, un sistema de video que registraba todos los movimientos de la casa aún y cuando las cámaras aparentemente estaban descompuestas. Era como la caja negra de los aviones. Gracias a éste artefacto fue posible descubrir la doble cara del jardinero.

Jaime, después, confesó: todos los días, sin que el ingeniero se percatara, lo espiaba cuando entraba al cuarto de seguridad. Atento, escuchaba los sonidos que producía la clave de acceso. Cuando la familia no estaba, él tranquilamente hacía pruebas, hasta que le atinó. Abrir la caja fuerte no fue una misión imposible, ya que en una charla familiar había escuchado que ésta se abría tecleando la fecha de nacimiento del ingeniero.

“Basta un error para burlar cualquier seguridad. Se podrá tener una casa blindada, pero si no se siguen todas las medidas de control, el robo es como un día de campo”, dice René Rivera.

¿Cuál es el perfil del cliente? Hay de todo. Los empresarios solicitan un panic room hasta en sus oficinas. Incluso, los expertos afirman que algunas empresas los habilitan para su personal. También hay artistas y políticos. De seguir esta tendencia, proyectan, la clase media se sumará a la estadística. Sandra Camacho dibuja un escenario: “Cualquiera, tarde o temprano, pedirá el suyo. Los precios dejarán de ser inalcanzables”.

Paz en fuga

Bajo este entorno, el mercado de los panic room opera, metafóricamente, con la luz apagada. Es decir, registra una oferta dinámica, sobre todo en el último año, pero nadie sabe a ciencia cierta su valor. La Secretaría de Seguridad Pública tiene conocimiento de ocho empresas dedicadas a lo que elegantemente se llama “blindaje arquitectónico”. Sin embargo, se presume que hay muchas más, que no cumplen con los indicadores de calidad, pero que no detienen ni detendrán, su máquina registradora gracias al terror que muchas familias sienten hasta en su propia alcoba.

“Se cree que hay más de treinta o cuarenta empresas, que están construyendo en total entre 200 a 300 habitaciones del pánico por año”, sostiene Gabriel Avalos, de GMSI.

La habilitación de los panic room se está concibiendo como una política inmobiliaria para algunos constructores de vivienda. Hoy, en Interlomas, uno de los suburbios más caros del Valle de México, se construye una torre de 20 pisos, donde los vendedores ofrecen enormes departamentos con un aditamento especial: una habitación blindada con acero antibalístico nivel 4 Plus, por la que no podrá pasar ni un tanque de guerra.

¿Será que los mexicanos sienten que viven en una coyuntura salvaje? ¿Que la paranoia ya es parte de sus hábitos? ¿Qué las cosas se van a poner peor? René Rivera ofrece una posible respuesta: “Sí, hay clientes que construyen un panic room a raíz de una situación que vivieron, pero la mayoría lo hace por una cuestión de prevención. Muchos llegan y te dicen ‘yo no quiero que me suceda nada y dime qué tengo que hacer’. Pareciera que crear una habitación de pánico es un acto obsesivo, pero no lo es”.

Pero tal vez estamos frente a un fenómeno que bien podría describirse como un monstruo de mil cabezas, del que nadie se escapa. Doña Cayetana de Monte Albán vivió para contarlo, pero el dinero no nace de las macetas y, consecuentemente, no todas las familias tienen 500 mil pesos encerrarse en una habitación blindada.

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