Ustedes me disculparán si hablo con el corazón en la mano, pero es que el tema del Instituto Mexicano del Seguro Social me da vueltas desde hace rato a lo mejor porque ahora me sale más caro un seguro médico debido a los cambios realizados en esta Administración de la Cuarta Transformación a todas las aseguradoras, así como sus modificaciones fiscales, pero al final como todo sucede el incremento no menos del 6% se lo trasladaron a los clientes o al consumidor final porque ahora a ellos no les hacen deducibles los siniestros.
Y por ello hasta dan ganas de quedarme solamente con mi derecho a la salud, es decir, al IMSS, motivo por el cual me hace reflexionar y a su vez recordar que los mexicanos desde los derechohabientes hasta los que trabajan ahí sean médicos, directivos, administrativos o hasta los de intendencia, pasando por el propio gobierno y cualquiera que tenga que ver de cerca o de lejos con él… pues parece que nos lo estamos acabando.
Poco a poco, sí, pero con una constancia que da para pensar. Y miren, todavía hay gente que vivió la época dorada. Esos primeros años del Seguro, cuando nació en 1943 para cuidar exclusivamente a los trabajadores que cotizaban.
Un servicio de primera, de esos que las nuevas generaciones escuchan y se quedan con la boca abierta. Había clínicas que no parecían estaciones de tren en hora pico. Horarios de cita respetados al minuto, sin que nadie llegara a pelearse por un turno. Medicamentos siempre en el anaquel, sin esas colas eternas ni caras largas de “ya no hay”.
Especialistas en cuestión de semanas, no de meses. Equipos de laboratorio, rayos X y todo lo demás impecables, como recién salidos de la fábrica. Eran años de gloria pura, tanto para el que cotizaba como para la institución misma.
Mi abuelo, que en paz descanse, me lo contaba con los ojos brillantes: “Hijo, ibas al Seguro y salías como nuevo, sin sentir que le debías un favor a nadie”. Era otra cosa. Era orgullo.
Pero el tiempo pasó, y la transformación fue radical. A lo largo de sus más de ochenta y tres años de vida tomando el año 1943 cuando inició el Seguro Social, mismo que ha sufrido la rapiña de unos cuantos.
Empezó con gobiernos de antaño y siguió con los sexenios más recientes. Cada vez menos dinero para reforzar los hospitales, menos prestaciones para los médicos que entran nuevos, tanto generales como especialistas.
Ya ni siquiera parece una opción atractiva. Los diputados y senadores de los últimos años han hecho su parte; no solo regateando presupuestos, sino metiendo iniciativas y acuerdos que, la verdad, estrangulan el ingreso de profesionales con experiencia. Como si quisieran que la gente buena se fuera a otro lado.
Y luego vienen los saqueos internos. Empleados desleales que a veces con la complicidad silenciosa de sus jefes, se llevan lotes enteros de medicamentos, sobre todo los caros. Esos que terminan malvendidos en farmacias de la calle a precios de risa.
Ustedes saben cómo les dicen a esos compradores en el argot: “aparachuecos”. Cosas robadas que cambian de manos como si nada. Duele pensarlo, pero no existe nada para detenerlo gracias a la complicidad de todos quienes se dan cuenta fingen no saber nada para no tener represalias.
Tampoco se quedan atrás las familias de derechohabientes que ya no están. Aprovechando las facilidades que el propio Seguro dio durante décadas, cobraban pensiones con una simple carta de consentimiento y una fotocopia de la credencial del INE del “muertito”.
Como también aquellas gratificaciones discretas, movían la tabla de antigüedades y de pronto alguien sin derecho empezaba a recibir su cheque mensual. Historias que se repetían en todas las ventanillas, como si fuera el pan de cada día.
Y qué decir de los médicos que vendían incapacidades. Temporales, permanentes, por “accidentes” de trabajo que nunca pasaron. Los métodos más corruptos salieron precisamente de Coahuila, de Monclova, y armaron un sistema para asaltar al instituto sin que nadie se diera cuenta al principio. Algunos de esos doctores terminaron en la cárcel, procesados, y con razón. Fue escándalo en su momento, pero dejó huella.
Aún hoy, dentro del IMSS, hay quienes recetan a quien no tiene derecho. Por eso han tenido que poner controles estrictos en las farmacias; que solo el verdadero derechohabiente se lleve sus pastillas.
Medidas necesarias, claro, pero que hablan de un problema que no se ha ido del todo. Piensen un segundo, todos hemos puesto nuestro granito de arena.
Unos robando, otros mirando para otro lado, otros votando por políticas que recortan recursos, otros simplemente no quejándose cuando tocaba. Cada uno a su manera.
Y así, poco a poco, hemos ido desgastando una institución que fue ejemplo para medio Latinoamérica. Su estructura era generosa, sus programas ayudaban de verdad a trabajadores y familias. Otros países miraban hacia México y decían: “Eso sí es seguridad social”. Ahora… bueno, ya ven.
Pero déjenme ser sincero, no todo está perdido. Aún estamos a tiempo de salvarla. Es una de las instituciones médico-hospitalarias que, fuera de nuestras fronteras, sigue siendo motivo de orgullo cuando la nombran.
Como en la viña del señor, hay vides malas, sí, pero también muchas buenas que siguen dando fruto. Médicos honestos, enfermeras que se desvelan, administrativos que hacen lo imposible con lo poco que tienen. Todavía hay gente que cree en el sueño original. Por eso les digo, con respeto y sin dramatismos: cuidémosla.
Porque nadie sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. En estos días, con los informes del 2025 y 2026 que siguen señalando desafíos financieros y casos de corrupción en contratos que no paran de salir, más vale que pongamos atención. No se trata de culpar a uno solo; se trata de que todos, cada quien, desde su lugar, empecemos a reparar lo que entre todos hemos ido desgastando. El Seguro fue nuestro. Todavía puede serlo. Solo depende de nosotros. (Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023) www.intersip.org
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