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Coahuila

La IA en la vida de los jóvenes

Por Sandra Rodríguez Wong

Hace 4 semanas

En estos días, la inteligencia artificial se instala en la mesa, se sienta al borde de la charla, se cuela en el bolsillo con la paciencia de un reloj que marca el tiempo sin prisa, esperando sólo un murmullo, una pregunta, una frase para dar respuesta a lo que buscamos, a lo que soñamos, a lo que nos hace falta.

La IA no invadió bruscamente nuestros hogares, se teje cada día con hilos de datos y de deseos, a veces con la delicadeza de un poema y otras con la precisión fría de un reloj suizo.

En la casa, en la escuela, en la plaza digital donde los jóvenes aprenden a mirar el mundo a través de notificaciones, la IA es ya un compañero invisible, un tutor que no bosteza, una voz que sabe qué quieren antes de que puedan decirlo.

En la habitación de los hijos, la tarea parece más llevadera cuando el asistente conversa ellos “¿Qué tema quieres entender mejor hoy? ¿Quieres un resumen, un ejemplo, una analogía?”. Y allí los vemos, entre la curiosidad y la prisa, con un algoritmo que adapta el ritmo, el nivel de dificultad y el formato del aprendizaje.

En entornos educativos y sociales, se estima que entre 30% y 60% de jóvenes ya interactúa con IA en plataformas de mensajería, redes y herramientas de estudio. Entre jóvenes de 15 a 24 años, la adopción de IA en contextos educativos y de entretenimiento se sitúa entre 40% y 60%, y ese rango tiende a tender al alza conforme las herramientas se vuelven más accesibles.

En las aulas, los docentes –que ya aprendieron a improvisar con pizarras inteligentes y plataformas colaborativas– descubren que la IA puede personalizar, que puede indicar cuándo un alumno necesita un descanso, cuándo un problema requiere más tiempo, qué concepto necesita otra demostración. Un informe de la SEP de febrero de 2026, reveló que de 77% a 78% de los profesores universitarios utiliza IA para producir textos académicos y apoyo educativo.

Pero, en ese encuentro progresivo entre educación e IA hay un temor que poco se exterioriza: ¿corremos el riesgo de que la tarea de pensar se externalice a una máquina? ¿Qué pasa cuando el hábito de resolver sin esfuerzo regresa como un visitante habitual, un coautor que firma la respuesta pero no el proceso de razonamiento? Los jóvenes pueden aprender a escribir con la IA, pero ¿qué aprendemos sobre el arte de preguntar sin pestañear ante una respuesta ya filtrada?

La desinformación también camina entre los jóvenes con la gracia de una mentira sofisticada: textos casi indetectables, imágenes que parecen reales, videos que confunden la memoria con la simulación. Las herramientas de generación de contenido pueden servir para estudiar, para crear proyectos y para ejercitar la imaginación; pero también pueden sembrar confusión cuando se usan sin un marco crítico claro.

La IA entra también por la puerta de la privacidad, una ventana que da a una ciudad entera de datos. Cada búsqueda, cada clic, cada comentario, transforma el retrato que el sistema dibuja de cada persona. Los jóvenes, nacidos con pantallas como compañeras de clase y de vida social, están en la primera fila de una economía de datos que promete beneficios, pero expone vulnerabilidades. El feed aprende a anticipar lo que quieren ver, y ese conocimiento, en vez de ser neutral, acompasa su estado de ánimo, sus dudas, sus inquietudes.

¿Cuántos jóvenes ven a la IA como un profesor, como un amigo, como un confidente? Aproximadamente más de 70% de los adolescentes entre 13 y 17 años han utilizado a la IA como compañero o confidente y aproximadamente el 33% de los jóvenes prefieren una conversación con la IA en lugar de conversar con una persona.

En ese paisaje, la educación de alfabetización algorítmica –leer, cuestionar y verificar el origen de lo que llega a nuestra mesa– se vuelve tan importante como resolver una ecuación. Saber distinguir entre una opinión bien argumentada y una trampa de datos es una habilidad que ya no pertenece solo al ámbito académico: es una alfabetización necesaria para vivir en una democracia informativa.

No basta con celebrar la innovación; es necesario exigir contención: qué tipo de supervisiones se aplican en entornos educativos, qué medidas de protección de datos y sesgos se implementan, y cómo se garantiza que la tecnología no amplifique desigualdades. Las instituciones deben preparar a las comunidades para entender y cuestionar lo que la IA hace por ellas.

La pregunta que queda en el aire no es si la IA llegó, sino si podemos elegir con sabiduría la forma en que convivimos con ella. Porque esta tecnología no escribe solo sobre nuestras vidas: nos invita a escribir con ella, a un ritmo que no es ni humano ni mecánico, sino híbrido. Y ahí, en ese cruce, late una responsabilidad compartida: educar, regular, crear espacios de confianza y, sobre todo, mirar a los ojos a los jóvenes para decirles que su voz importa, que su criterio importa, y que la mejor tecnología seguirá siendo aquella que solo amplíe el mundo al que merecen acceder.

“El borrador de este texto fue generado con apoyo de la IA”.

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