Nacional
Por Federico Muller
Hace 3 meses
“La atención es la única moneda que realmente importa en internet”.
M. Goldhaber (1997)
La generación de la posguerra manejaba con cierta frecuencia la frase “El especialista sabe cada vez más de menos cosas”. Aquella idea no logró convertirse en un aforismo, pero su espíritu prevalece. Muchos años después, con el advenimiento de internet, el concepto se aplica mediante enunciados diferentes, como la noción de información fragmentada o pulverizada que circula a gran velocidad por el ciberespacio.
La primera lección que se puede extraer, sin importar los adelantos tecnológicos innovados a través del tiempo, es que el conocimiento -desde los manuscritos que cubrieron los armarios de la biblioteca de Alejandría, Egipto, hasta los recientes repositorios y la nube digitales- ha sido históricamente parcializado, en muchas ocasiones por intereses creados por las diferentes disciplinas como protección a su propio campo de estudio. En otros términos, el conocimiento humano siempre ha llegado en pedazos, condicionado por los límites que impone cada época.
Partiendo de la percepción de que la vasta información digital sigue una secuencia dialéctica, resulta factible analizarla mediante la triada de tesis-antítesis-síntesis. Tesis (una verdad parcial que se impone), antítesis (su contradicción inmediata en la red) y síntesis (el nuevo sentido que parece estabilizarse). El presente artículo adopta esa estructura para examinar cómo se produce, distribuye y transforma el conocimiento en el ciberespacio.
Economía de la atención
El cambio en los paradigmas de información y comunicación con el advenimiento de la era digital fue tan profundo que obligó a desarrollar nuevos enfoques para entender el comportamiento del usuario frente a las pantallas. Entre ellos destaca la Economía de la Atención, un modelo que explica cómo las plataformas digitales compiten, segundo a segundo, por retener al usuario en su dispositivo. En un entorno donde la información se multiplica y el tiempo disponible se reduce, la atención se ha convertido en el recurso más codiciado.
Tesis: En el ecosistema digital, el valor económico del contenido depende de la atención que logre captar.
En el mundo digital, el valor ya no reside en la información -cada vez más abundante y, por ello, menos diferenciada-, sino en la atención que los usuarios prestan a cada pieza, desde un video elaborado hasta un meme pasajero. Esa atención se ha convertido en un recurso intangible, escaso y altamente disputado.
Antes de la revolución digital, los bienes y servicios se valoraban según su estructura de costos y el principio clásico de escasez. La economía digital trastocó esa lógica: hoy lo verdaderamente escaso no es el contenido, sino el tiempo que el usuario está dispuesto a dedicarle. Para maximizar ganancias, los grandes operadores de plataformas diseñaron algoritmos -conjuntos de instrucciones- orientados a captar y retener esa atención, apelando a estímulos breves, visuales e inmediatos que generan respuestas rápidas en el cerebro del usuario. En ese proceso, los textos largos y densos cedieron espacio a mensajes cada vez más cortos y fáciles de consumir.
Nuevo régimen económico
La economía digital también rompió con la relación tradicional entre comprador y vendedor, dando lugar a un modelo en el que el usuario y el producto se fusionan. Algo tan inmaterial como la atención -la mirada sostenida sobre un contenido- se convierte en mercancía que las plataformas comercializan y monetizan.
Antítesis. La abundante información que circula en las redes es acotada por los algoritmos de personalización y las cámaras de eco, que regulan lo que recibe el usuario.
De la infoxicación a la higiene informativa
Las interacciones constantes con ciertos contenidos proporcionan a las empresas tecnológicas datos suficientes para perfilar gustos, hábitos y preferencias. Con esta información, las plataformas construyen verdaderos “trajes a la medida” del consumidor, mostrando sólo aquello que confirma sus intereses y reduciendo su exposición a lo que no coincide con ellos. A este proceso se suma el fenómeno de las cámaras de eco, concepto que describe un “espacio informativo cerrado donde las mismas ideas se repiten, se refuerzan y rebotan, creando la sensación de que todo el mundo piensa igual”.
El resultado es una percepción distorsionada del entorno digital, donde la abundancia aparente encubre una oferta progresivamente estrecha y homogénea. El uso desmedido de la información y su aparente regulación por medio de la personificación del consumidor digital, está creando en un sector de la población ciudadanos desinformados y con muy poca conciencia social.
Síntesis
La infoxicación, lejos de normalizarse, está empezando a ser repelida por un sector de la población que intenta recuperar control sobre lo que consume. Este grupo aprende a discriminar entre información superflua y contenido de calidad, cultivando una auténtica higiene informativa. Poco a poco identifican cómo los algoritmos y las cámaras de eco distorsionan la realidad, y responden adoptando métodos de lectura más críticos y prácticas digitales más deliberadas.
En este nuevo escenario, el ciudadano busca restablecer su agencia: decide qué ver, qué leer y qué ignorar, reduciendo el riesgo de desinformación y preservando su conciencia social. En paralelo a este cambio de hábitos, resurge la valoración por los libros impresos y los gobiernos comienzan a regular a las grandes plataformas de contenido. En términos hegelianos, la síntesis puede resumirse así: se transita de la información excesiva y fragmentada a la información seleccionada y consciente.
Conclusión
Una de las ventajas que tiene la lógica hegeliana es su adaptabilidad al cambio, por su naturaleza, lo único que considera constante es el cambio: lo que hoy es la síntesis, tal vez mañana sea la tesis.
La misma lógica dialéctica que rige el ecosistema digital abre también una vía de salida. Frente a la infoxicación y la personalización extrema, emerge un ciudadano más crítico, más selectivo y consciente de los mecanismos que influyen en su consumo. La higiene informativa -esa nueva disciplina cotidiana- permite recuperar agencia en medio del ruido, y empezar a reconstruir una relación más saludable con la información.
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