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Agencias
Publicado el domingo, 4 de abril del 2010 a las 15:00
Durango.- La capilla de la Virgen de Guadalupe fue su sala funeraria. No hubo féretros.
Frente al altar, sobre sarapes colocados a lo ancho del piso, tendieron los amortajados cuerpos de los siete menores de edad y los tres jóvenes acribillados el domingo 28 de marzo. Las madres unieron con vendas los desintegrados cuerpos de sus hijos.
Así, tendidos en el piso, cuatro cuerpos fueron cubiertos por una brillante tela de satín color púrpura. Los otros seis, por sábanas blancas. No había más.
Yolanda, Iván, Érika y Margarito Ortega Rueda, de 19, 17, 11 y 13 años, respectivamente, eran hermanos; también Juana Francisca y Yesenia Sarabia Mancinas, de 17 y 15; lo mismo que Pedro y Lázaro Leyva Cabrera de 21 y 19 años, mientras que Carlos Ramírez Leyva, de 15, era primo de estos últimos. Además cayó Sergio González Luna, de 16 años.
Los hechos
Los jóvenes, habitantes del ejido El Aval, viajaban en una camioneta pick up rumbo a la comunidad Los Naranjos. Un kilómetro antes de llegar a su destino fueron emboscados por un grupo de aproximadamente 20 presuntos sicarios.
Habitantes de El Salto comentan que algunos de los agredidos, supuestamente vinculados con el cártel de Sinaloa, llevaban tres armas y repelieron el ataque durante más de una hora, pero no “aguantaron”. En la zona los ajustes entre familias se han agudizado desde hace dos años, tras la incursión de nuevos cárteles en esta región.
Al templo, los restos llegaron como a las tres de la tarde, cuatro horas después del ataque.
Sobre los cuerpos, sus parientes colocaron ramos de bugambilias y alcatraces bancos. A su alrededor, las llamas de 22 veladoras ardieron toda la noche. Así los alcanzó la mañana.
El lunes 29 de marzo, a las 11, un sacerdote enviado de El Salto, la cabecera municipal, ofició las honras fúnebres. Acudió la mayoría del pueblo. De ahí, los hombres cargaron los cuerpos hasta el cementerio. Para llegar recorrieron una vereda de aproximadamente un kilómetro, hasta alcanzar la cima de un cerro, bajo los fuertes rayos del sol que pegaban a 33 grados centígrados.
En el panteón, sólo se cavaron dos fosas: en una fueron enterrados Pedro, Lázaro y Carlos; en la otra, Yolanda, Iván, Érika, Margarito, Juana Francisca, Yesenia y Sergio. Puños y paladas de tierra cubrieron los mantos blanco y púrpura que envolvían los cuerpos. A lo largo de las tumbas se colocaron 10 pequeñas cruces hechas con ramas secas. Apenas sobresalían entre las bugambilias que adornaban los sepulcros.
Durante el entierro no hubo lágrimas. Parecía que en las madres se agotaron el día anterior. Sólo miradas extraviadas sobresalían de sus rostros endurecidos. “Mis hijos me dijeron que iban a venir; ya los estaba esperando. Por eso, cuando escuché la balacera salí corriendo y subí por el monte. Cuando llegué todavía estaban tirando. Aun así intenté pasar hasta la camioneta porque yo quería ver a mis hijos. Los hombres me gritaron que me parara; intenté regresar dispararon hacia mí y me detuve. Luego me ordenaron que abriera la puerta de la camioneta. Cuando abrí, lo primero que veo es a mi nieto, lleno de sangre. Lo agarré en brazos y me fui corriendo”.
El relato lo hace Florentina Cabrera Medrano, mamá de Pedro y Lázaro. Ella recuerda que mientras rescataba a su nieto Martín Vega Ortega, de apenas 10 meses, una de las balas alcanzó a rozarle el glúteo derecho. En ese momento se percató de que en la cabina de la camioneta había otro bebé. “No pude agarrarlo.
Estaba abrazado de Érika, aunque ella ya estaba muerta”. Después se enteró que se trataba de Armando Antonio Sarabia Aragón, hijo de Yolanda.
“Veía a mi nieto sangrando y corrí todo lo que pude para ponernos a salvo”, señala.
Pero no lo logró. Después de hora y media de tiroteo los estruendos de las armas de pronto dejaron de escucharse. Sicarios vestidos con traje tipo militar, chaleco negro y pasamontañas amenazaban a la población: “Vamos a regresar y los vamos a matar”, gritaban, mientras se apoderaban del pueblo, comenta Florentina Cabrera Medrano.
Todos, hombres, mujeres y niños, abandonaron sus casas y salieron de Los Naranjos. Dispersos, corrieron rumbo al monte. Ahí, asustados, se escondieron durante dos horas. Cuando la gente se percató de que los sicarios se habían ido empezó a bajar, coinciden los lugareños, y precisan que hasta ese momento pudieron subir a El Aval por los cadáveres.
–¿Quién venía dentro de la cabina?
“Sergio venía manejando. A un lado estaban Érika y Yolanda. En la cabina de atrás iban Juana Francisca y Yesenia. Mis hijos, Lázaro y Pedro, estaban en la caja de la camioneta, junto con Carlos, Margarito e Iván, dice la señora Cabrera”.
–¿Fue una venganza? –pregunta la reportera.
“Tenían problemas desde hace muchos, muchos años, por cosas que pasaban antes”.
–¿Qué cosas?
“Problemas… problemas…”.
‘Los muchachos traían armas’
–¿Qué recuerda del tiroteo?
“Duró como dos horas. Los muchachos les aguantaron un rato. Traían armas, porque cuando vino el Ejército encontraron pedazos de un arma y se los llevaron. Las otras, creo, los matones se las llevaron. Antes, sólo veíamos pasar a la gente de “El Chapo”, ahora también de otros cárteles.
Daniel Delgado, alcalde de Pueblo Nuevo, entrevistado la mañana del martes 30, afirma: “No tenemos un conteo oficial, pero tenemos demasiados desaparecidos, continuamente se registran levantones, sobre todo ejecuciones. Una semana antes del asesinato en Los Naranjos, la Presidencia Municipal fue rafagueada. Durante la semana la gente entró en pánico, porque se rumoraba que iba a haber un atentado en El Salto, pero no pasó nada”.
–¿Qué sucedió realmente en Los Naranjos?
–Lo que sucede es que muchos miembros de las familias se involucran en los grupos delictivos. Lo del domingo (28 de marzo) fue una venganza contra alguno de los que iban en la camioneta, seguramente en contra de uno de los mayores.
Los Ortega, los Mancina, los Labrador pertenecen a un grupo armado; los demás a otro. Por eso, en cuanto hay una ejecución, las familias abandonan el pueblo.
En Los Naranjos las mujeres y los jóvenes se comunican permanentemente por radio. A través de ese medio, incluso se escucha la voz de un hombre del otro lado de la línea que pide identificar al fotógrafo y a la reportera. Su interlocutor le confirma que eso ya se hizo.
En las inmediaciones es fácil encontrar pequeños sembradíos con matas de mariguana que alcanzan el metro de altura.
Las víctimas
» Yolanda, Iván, Érika y Margarito Ortega Rueda, de 19, 17, 11 y 13 años, respectivamente, eran hermanos; también Juana Francisca y Yesenia Sarabia Mancinas, de 17 y 15; lo mismo que Pedro y Lázaro Leyva Cabrera de 21 y 19 años, mientras que Carlos Ramírez Leyva, de 15, era primo de estos últimos. Además cayó Sergio González Luna, de 16 años.
¿Qué dice la autoridad?
» La Procuraduría de Justicia del estado atribuye la masacre a un enfrentamiento y no a una ejecución. Se basa en los casquillos encontrados en la parte trasera de la camioneta. De ellos, 36 eran calibre 7.62, de cuernos de chivo; 10 más eran 2.23, de AR-15, y un casco calibre 38 súper. Las autoridades no encontraron las armas.
Los testimonios
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