Sociedad
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Zócalo
Publicado el domingo, 27 de marzo del 2011 a las 15:00
Monclova, Coah.- Hambre y sed son una realidad y una metáfora fuerte, expresiva, y a veces dramática, que expresa una necesidad vital. Hambre y sed son un grito del cuerpo que busca la vida y del alma, que busca el sentido de la existencia. Por favor, no espiritualicemos tan rápido la experiencia del hambre y la sed. Primariamente, esto tiene una connotación negativa física: hay un mal, un vacío en el estómago, una aridez en la boca que destruye la vida humana. Mucha gente tiene hambre y no come porque no tiene pan, y mucha gente no tiene agua. Esto no lo quiere Dios.
Mientras haya hambrientos y sedientos, algo anda mal en nuestra tarea cristiana de formar una Familia de Pan Compartido. En el desierto, Dios hizo experimentar hambre y sed a su pueblo Israel, para probarlo y conocer el fondo de su corazón en la tentación. A partir de esta experiencia, Israel debía reconocer que Dios estaba en el origen de su alimento (de su vida).
Y así, aprender a descubrir la necesidad de Dios. Vivir no es sólo comer pan, sino conocer, escuchar y practicar la Palabra de Dios.
La Palabra de Dios se nos ofrece como alimento. Tenemos que aprender a cultivar el hambre de la Palabra. Y después saborear el Pan compartido, experimentar la alegría y la fuerza que nos produce su digestión. La palabra, comida y bebida sanas, asimilada, digerida, nos lleva a agradecer a quien nos la regala. Y ese agradecimiento no se queda en palabras místicas, sino que nos impulsa a la acción y a la fantasía creativa para saciar el hambre y la sed.
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