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Coahuila

La pompa de jabón

Por David Brondo

Hace 3 años

Ricardo Mejía Berdeja, Subsecretario de Seguridad Federal, pagó el precio de su ingenuidad. No solo perdió la posibilidad de ser designado candidato a la Gubernatura de Coahuila; la cuarta transformación que juró defender a muerte lo dejó hablando solo

 

Partamos de la realidad. El proyecto político de Ricardo Mejía Berdeja carecía del mínimo sustento. Era una pompa de jabón, una bola de humo. No había una sola razón, un solo mérito, para que el CEN de Morena lo designara coordinador de los Comités de Defensa de la Transformación y, más tarde, candidato a la Gubernatura.

No hay registros de una acción, un proyecto, una obra o programa promovido en la entidad por el Subsecretario de Seguridad Federal en los últimos 18 años en Coahuila. En las últimas semanas instaló espectaculares, mantas con su fotografía  y encabezó mítines y manifestaciones para promoverse. Es todo.

Ni siquiera vivía en Coahuila, en donde es un desarraigado, un desconocido. Se le identifica más como lo que fue hace unos años: un exdiputado de Guerrero tratando infructuosamente de ser alcalde de Acapulco.

Sin embargo, Mejía se inventó una realidad: con la bendición del presidente López Obrador sería el candidato de Morena y posteriormente, el sucesor del gobernador Miguel Ángel Riquelme.

Comenzó entonces a tejer alianzas, a recurrir a viejos socios, a desempolvar amistades políticas, a cooptar alcaldes y funcionarios, y a prometer las perlas de la Virgen a operadores, asesores jurídicos, líderes sociales, empresarios y propagandistas.

 

 

Campaña furibunda

Cuando cientos creyeron en su proyecto con una ingenuidad propia de la infancia, Mejía Berdeja se propuso entonces lanzar una campaña furibunda contra críticos, periodistas, dirigentes de oposición, funcionarios y autoridades. Hasta sus compañeros de Morena fueron objeto de sus diatribas.

Creyó erróneamente que entre más epítetos profiriera en sus discursos, más posibilidades tendría de ganar y de granjearse el corazón de otro experto en adjetivar: López Obrador.

En un país donde el crimen organizado asesina generales, desaparece coroneles, masacra, toma en sus manos pueblos e incendia ciudades y carreteras, la prioridad del subsecretario no era la seguridad, sino su campaña de proselitismo y la organización de marchas y manifestaciones populares.

Participar en una contienda política llevando como tarjeta de presentación la seguridad de un país como México, es vivir en una dimensión alterna, tal como la vive AMLO. Desde esa dimensión, prosiguió su campaña como si en el país reinara la paz de un convento franciscano.

 

Candidato frágil 

Salvador Llamas Urbina, consejero nacional de Morena y funcionario en Puerto Vallarta, fue asesinado a la luz del día por sicarios del crimen organizado con los que compartía una mesa en un restaurante de Guadalajara.

Tras la ejecución, el proyecto político de Mejía se reveló más frágil que nunca. Informaciones periodísticas dieron cuenta de que Llamas era operador político y financiero de su campaña, pero ni él ni sus seguidores repararon en ello ni en el daño a su imagen.

El subsecretario nunca dijo esta boca es mía, y mientras medio mundo se preguntaba de dónde salía el dinero de su campaña, seguía recorriendo el Estado con la firme convicción de que sería el candidato de Morena porque simplemente él así lo deseaba.

Sin embargo, nada se desarrolló conforme a su libreto. La realidad terminó por imponerse. El desarraigo, su discurso de odio, el lado oscuro de sus finanzas y los pobres resultados en seguridad hicieron mella. Nunca apareció en la punta de las encuestas de los medios serios ni en las de su partido.

Él lo sabía, pero en su obsesión prefirió mantener viva la farsa. Estaba convencido de que, pese a todo, tenía la bendición y el blindaje de López Obrador.

 

Lunes negro

Cuando el lunes pasado la dirigencia nacional de Morena presentó en una reunión privada los resultados de sus encuestas, Mejía Berdeja no podía creerlo.

Testigos presenciales afirman que el subsecretario montó en cólera cuando su propio partido le dio el sí al Senador Armando Guadiana, a quien Mejía calificó de “títere” y “esquirol” del PRI y del Gobernador Miguel Riquelme.

El subsecretario apareció en tercer lugar, detrás del ex panista Luis Fernando Salazar. Una bofetada. El delegado de los programas federales en Coahuila, Reyes Flores, quedó en último lugar.

Los cuatro aspirantes habían aceptado el método de encuesta, pero el subsecretario quemó el estandarte de demócrata bajo el cual solía presentarse en sus mitines. Se acuarteló en su realidad. En franca rebeldía desconoció los resultados y argumentó tener otros datos: sus propias encuestas.

Nadie en Morena lo tomó en serio. El triunfo de Guadiana era inapelable. Conforme a los acuerdos del partido, los dirigentes y los cuatro candidatos debían, en un gesto de unidad, dar a conocer juntos los resultados en una conferencia de prensa.

Mejía no aceptó razones y se fue de la reunión.

 

Guadiana en escena

Tras el fracaso de Mejía Berdeja, valdría la pena preguntarse por qué Armando Guadiana será el candidato de Morena a la Gubernatura de Coahuila. En primer lugar, no es un improvisado en la política: desde mediados de los 70 ya había sido diputado por la XLVI Legislatura de Coahuila.

Después de romper con el PRI, se incorporó a Morena en el 2012, partido que en el 2017 lo hizo candidato a la gubernatura. Perdió, pero en las elecciones federales del 2018 se montó en la “ola guinda” de López Obrador y ganó un escaño en el Senado con unos nada despreciables 510 mil votos, el 36 por ciento de la votación. El año pasado compitió por Morena por la alcaldía de Saltillo y perdió ante el priista José María Fraustro y se reintegró a la Cámara Alta.

 

Sombrero y popularidad

A nadie debería sorprender la popularidad de un norteño bigotón con sombrero y botas vaqueras, dueño de un lenguaje simple y populachero, con mucho dinero y con amplia exposición política en los últimos cinco años.

Guadiana también ha desplegado una controvertida carrera como empresario minero. Conocedor de la máxima priista de que “un político pobre es un pobre político”, se hizo millonario en dólares en los últimos lustros.

Operaciones financieras de sus empresas lo han llevado a acumular una riqueza inusual, pero también a enfrentar denuncias por lavado de dinero, falsificación de moneda y delincuencia organizada. Hasta ahora, ninguna denuncia ha prosperado, pero el empresario aún mantiene investigaciones abiertas en la Fiscalía General de la República.

Su nombre apareció en el 2021 en los Papeles de Pandora. Aceptó haber invertido en  jurisdicciones offshore, pero negó irregularidades en el manejo financiero de sus dineros. Sin embargo, los documentos revelaron algo más: su riqueza, de al menos 28 millones de dólares, nunca fue registrada en su declaración patrimonial.

“Me atonté”, justificó, y atribuyó el asunto a un “error” de su contador que no registró el monto en la plataforma oficial de Declaranet. Menudo error.

 

Reyes del Cash

Política y dinero son parte de la naturaleza de Guadiana. Esos dos ingredientes pudieran explicar también por qué un presidente tan poderoso como López Obrador no torció al final del día las cosas en favor de su “gallo”.

En la realpolitik, es decir, la política basada en criterios meramente pragmáticos, Guadiana tiene su peso específico frente a AMLO. Es un Senador de la república, un empresario poderoso y un personaje que se la ha jugado por la cuarta transformación. Es también un finaciador de campañas.

Algunos allegados a Guadiana comentan ufanos que el Senador no apoyó precisamente con cacahuates el proyecto del presidente, a quien la periodista Elena Chávez ha calificado como “El Rey del Cash”.

La realpolitik, el cash de Guadiana, sus relaciones y su voto en el Senado, explican hoy la posición de fuerza que tiene y que, en su deslumbramiento por el poder, Mejía Berdeja nunca pudo ver.

 

Voz en el vacío

Unas horas después de anunciada su derrota y el triunfo del legislador, un Mejía molesto, con el rostro desencajado, dijo en un video que la encuesta de Morena estaba “sesgada, amañada”, mientras legisladores, gobernadores, y personajes de Morena y la oposición felicitaban a Guadiana.

Claudia Sheinbaum incluso puntualizó en su cuenta de Twitter que “la unidad es fundamental para nuestro partido”.

Al día siguiente, López Obrador llamó a aceptar los resultados de las encuestas y calificó de “honestos e incorruptibles” a quienes las elaboran para Morena.

 

Estocada final

La realpolitik, el cash, tienen sus propios códigos. Eso explica, quizá, el apresuramiento de Sheinbaum a llamar a la unidad y la condescendencia de AMLO con el proceso de designación de coordinador de los Comités de Defensa de la Transformación.

¿Quién pensaría que el presidente saldría en defensa de Guadiana? Con certeza los que no olvidan que “amor con amor se paga”.

Encuestas, desarraigo, compañías dudosas, discurso incendiario, realpolitik, todo chocó de frente con el mundo ingrávido y frágil de las burbujas de jabón.

Pero Mejía no solo perdió; la cuarta transformación que juró defender a muerte le dio una estocada final: lo dejó hablando solo. Y no se trató de un pinchazo, fue hasta la empuñadura.

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