Salimos el Lunes Santo de Múzquiz a las 6:20 am rumbo a Ocampo. Nos detuvimos a la orilla de la carretera, en una bajada de tierra, afuera de un rústico restaurant llamado La Prieta, que era poco menos que una fondita, para echarnos unos tacos que llevábamos de lonche, pero después de un momento decidí ir al restaurant a comprar un café. Al entrar vi que se trataba sólo de una humilde y antigua sala, con comedor y cocina, una mesa y una barra de mostrador. En un solo estante había unas cuántas bolsas de papitas, un refrigerador con vitrina vacío, y nada más.
Pìdo el café. Con gusto, me responde una señora joven y fuerte que atiende.
¿A dónde se dirigen?
Vamos a los ejidos de Ocampo, a las misiones.
Ah, van a dar la palabra.
Mmmh (no estuve seguro de si era católica) No, vamos a celebrar misas, va un sacerdote y su servidor, el obispo de estas tierras.
Ah qué bien – se sonrió-.
En eso sale una señora mayor de un cuarto contiguo, con un poco de dificultad. Ya eran las 8 am. Es mi mamá, señala la señora que nos atendió. Está un poco malita, apenas puede caminar.
¿Y cuál es su capilla más cercana? Pregunté.
Aquí junto, me dijo la hija.
Ah sí, ¿dónde?
Yo lo llevo, – contestó la señora mayor.
Vamos
Y nos encaminamos a la capillita de al lado. La señora abrió la reja. Entramos. Estaba ciertamente muy sucia, como descuidada, era pequeña, como de 2 x 2. Había un altarcito al centro, con algunas imágenes, entre ellas, un crucifijo, una virgen de Guadalupe y un San Judas Tadeo y muchas veladoras, gastadas y viejas. Es que he estado muy enferma y no he podido venir a limpiar, se avergonzó la señora, indicando una escoba que estaba en un rincón. No se preocupe, la abracé. Y en eso bajó su cabeza para que le diera una bendición. La bendije. Y de pasada a toda mi capillita por favor, agregó. Y lo hice. En eso los dos misioneros que iban conmigo le ayudaron a bajar. Y regresamos al restaurancito. Aquí están sus dos cafés, me dijo la señora más joven. En eso saqué un billete para pagar y comprar también algunas botellas de agua. Y en eso me pregunta, ¿cuántos son?. Somos cuatro, y me dio cuatro botes de 1 litro que sacó de una hielera junto a la mesita. ¿Cuánto es, le pregunté? No es nada, me dice. Por favor, yo se lo quiero comprar para llevar algo a los pueblos. No es nada, insiste. En eso intento darle el billete a su mamá. No lo agarres mamá, le ordena su hija. Me quedé asustado. Bueno, tómelo para su capilla, quise metérselo en su bolsa, no lo aceptes mamá volvió a ordenar. Y me desarmó, me dio pena insistir. Sólo las bendije, y pedí a Dios que nunca les faltara su ayuda y su gracia. Me sentí impotente porque yo las quería ayudar en verdad. Pero también sentí la fuerza de su espíritu, al negarse a recibirlo, como si no quisieran tomar dinero de un hombre de Dios, y quisieran darlo como una ofrenda al Señor. Recordé a Abraham y Sara cuando atendieron a los 3 hombres de Dios, en el encinar de Mambré (Génesis 18:1-15 ).
Recorrimos los ejidos de Boquillas del Carmen, Jaboncillos, San Miguel, La Encantada, ese día; y al día siguiente, terminamos en Eutimias. En todas las Capillas celebramos la Eucaristía y acompañamos a los pueblos, a las religiosas y a los misioneros. Pero deseo compartir, con gran emoción, lo que mi corazón sintió, y mis ojos vieron. Les dije en una de las misas: Sólo soy un humilde e imperfecto instrumento de Dios, pero puedo sentir cómo Dios nuestro Señor, los ve a través de mis ojos, y puedo sentir la manera cómo Dios los mira, con ternura, con compasión, con cariño y con mucho amor. Y también puedo sentir, palpablemente, no sólo el hambre que tienen ustedes de Dios, que es mucha, sino sobre todo el hambre muchísimo más grande que tiene Dios de ustedes. Guarden a Dios en su corazón, terminé, y transmitan la fe a sus hijos y nietos, esa es su misión; la nuestra, es ver cómo le hacemos para venir más seguido, el padre Cruz de León, y un servidor, junto con valientes religiosas y laicos, enamorados de Cristo y bien dispuestos, hasta dar la vida si es necesario, por compartir la fe y la eucaristía con ustedes..
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