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Coahuila

La responsabilidad de construir entornos agradables

Por Irene Spigno

Hace 3 meses

Todas las personas, aunque muchas ni siquiera sean conscientes de ello, deseamos estar bien. No me refiero únicamente a la salud física —que a menudo descuidamos cuando la tenemos para luego arrepentirnos al perderla—, sino a un estado más completo de bienestar general que nos permita vivir en paz y tranquilidad.

El gran anhelo de la humanidad es la felicidad. Nos gustaría permanecer en un estado constante de satisfacción espiritual y física, pero sabemos que no es posible. O, mejor dicho, la vida es un entramado complejo de emociones y sentimientos que, de manera desafortunada e incorrecta, tendemos a clasificar como positivos o negativos.

La verdad es que no existen emociones negativas o positivas; todas aportan algo importante a nuestras vidas y, por consiguiente, las necesitamos. Es cierto que algunas nos hacen sentir mejor y otras nos retan más. Lo fundamental es aprender a gestionarlas para alcanzar un equilibrio que nos permita vivir de manera más armónica.

Una de las claves para vivir en armonía, paz y tranquilidad es estar bien con nosotros mismos, pero también con y en nuestro entorno. A veces pensamos que la paz y la tranquilidad dependen del ambiente en el que vivimos, y esperamos pasivamente que sea este el que haga todo lo posible para proporcionárnoslas.

Esto es válido hasta cierta edad, cuando las personas encargadas de cuidarnos tienen la tarea de procurar que el espacio en el que vivimos y nos desarrollamos sea lo más armónico y tranquilo posible. Sin embargo, después de los quince años —cuando comenzamos a luchar por nuestra independencia y libertad— cada persona asume la responsabilidad de hacer algo para que su entorno sea lo más agradable posible.

¿Cómo se logra esto? En muchos contextos, la sociedad valora de manera excesiva el rendimiento, ya sea escolar o profesional, como si el valor de una persona se midiera únicamente por los resultados de sus exámenes o su productividad laboral. Por eso, muchas personas —y me incluyo entre ellas— dedican la mayor parte de su energía, tiempo y esfuerzo a dar lo mejor de sí y alcanzar la excelencia.

También la sociedad —o quizá nosotras y nosotros mismos— nos exige demasiado en el plano relacional: ser un buen padre o madre, un buen hijo o hija, una buena pareja o amistad, un buen líder o colega.

Sin embargo, en la persecución ciega del rendimiento personal, profesional, relacional o social, nos sobrecargamos y nos alejamos de uno de los valores más importantes: la consciencia plena del momento presente. Tal vez seamos expertos en realizar varias tareas al mismo tiempo, pero sin estar realmente presentes en ninguna.

Queremos liberarnos rápidamente de las obligaciones laborales o escolares —que consideramos una carga, y tal vez eso mismo debería llevarnos a preguntarnos si estamos en el lugar adecuado—, y lo hacemos mal porque solo buscamos cumplir. Quizás ocurra lo mismo en nuestras relaciones: hablamos o chateamos con varias personas a la vez, pero no escuchamos ni dialogamos de manera activa y consciente con ninguna. Por eso, con frecuencia, perdemos la capacidad de ser empáticos y tolerantes.

Estos son solo algunos de los obstáculos que nos impiden construir un entorno agradable, que entiendo como un espacio —educativo, profesional, familiar o social— en el que estemos presentes de forma activa y no en modo piloto automático. Un espacio donde cumplamos nuestras tareas de manera consciente y responsable. Crear y mantener esos espacios es una responsabilidad individual: contribuir a entornos que nos brinden paz y tranquilidad.

Y ustedes, queridas personas lectoras, ¿qué están haciendo para que los distintos ámbitos en los que se desenvuelven sean agradables? Me contarán…

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