Querida persona lectora:
La semana pasada, en este mismo espacio, reflexionamos sobre la importancia de la transición hacia el inicio del nuevo año; ese momento que nos permite hacer un “reinicio” general y decidir quiénes ya no queremos ser.
Los primeros días de enero poseen una magia especial: traen consigo la valiosa oportunidad de soltar aquellas versiones de nosotras y nosotros mismos que ya no nos funcionan y así permitirnos abrazar la construcción de una nueva, y posiblemente mejor, versión propia.
Esta es la época en la que hacemos nuestras listas de propósitos y “vision boards”, y en la que nos dedicamos a organizar el espacio en el que vivimos, quizás mediante limpiezas profundas de armarios de los que sacamos lo viejo para hacer espacio a lo que vendrá.
Son los días en los que hojeamos las páginas todavía impecables de una agenda nueva, con la firme intención de llenarlas de actividades que nos permitirán cumplir nuestros propósitos y lograr los objetivos del año.
Este es el momento en el que diseñamos nuestro Plan A, el plan maestro que guiará nuestro camino: la dieta que finalmente iniciaremos sin más dilaciones, la disciplina en el deporte o los proyectos que llevamos meses (o quizás años) posponiendo y que no nos permiten avanzar en nuestra carrera profesional.
El Plan A está hecho de buenas intenciones y esperanza, pero también necesita compromiso, esfuerzo y una disciplina sostenida. Es un plan exigente que nos pide demostrar qué tanto estamos dispuestas y dispuestos a entregar para cumplir con nuestros sueños.
Sin embargo, el Plan A no puede ser una camisa de fuerza. El entusiasmo de los inicios no puede cegarnos: en el afán de entregarnos por completo a nuestro ideal, debemos estar listas y listos por si es necesario corregir el rumbo o activar un Plan B, un plan de respaldo que nos permita encontrar una ruta alternativa.
Hay variables que no podemos prever ni controlar, factores externos que parece alejarnos del objetivo. A veces, incluso, la batalla es interna, cuando nuestra propia voluntad vacila. Pero si de verdad nos interesa el destino, debemos recordar que para llegar a él casi siempre hay más de un camino posible.
El Plan B es eso: un mapa alternativo que nos permite, cuando por alguna razón el camino que teníamos trazado está bloqueado, llegar a la meta, incluso, con mayor libertad.
Cuando vemos que el plan que teníamos está flaqueando, no podemos permitirnos actuar desde el miedo. El miedo es un pésimo consejero: nos regala rigidez y ansiedad y nos empuja a tomar decisiones desesperadas o, peor aún, nos puede inmovilizar y nos quedamos como espectadores inermes de nuestra propia parálisis.
Tener un Plan B es un acto de responsabilidad. Nuestros sueños lo merecen.
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