Aunque en talla de estadista y en adicción al poder compitieron, la historia oficial le asignó a Benito Juárez el papel de héroe y a Porfirio Díaz, el de villano. El país registró mayor progreso con el militar que con el abogado debido a las circunstancias.
Ambos se opusieron a la reelección y los dos la practicaron. Juárez murió en Palacio Nacional y Díaz en el exilio. El benemérito presidió la Suprema Corte de Justicia antes de ocupar la Silla del Águila durante 14 años. Díaz abandonó el poder después de tres décadas, forzado por la revolución del coahuilense Francisco I. Madero, quien aparece al lado de Juárez en el logotipo de la Cuarta Transformación.
En el estudio Democracia directa: referéndum, plebiscito e iniciativa popular del Centro de Documentación y Análisis de la Cámara de Diputados se lee:
“En México, un hecho sucedido en el mandato del presidente Benito Juárez, dentro de su periodo de gobierno (1858-1867), es el que tiene como antecedente claro de la intención del gobernante en turno por realizar una consulta al pueblo con intención de que el resultado de esta fuese obedecido y posteriormente convertido en legislación constitucional. El inconveniente (…) es que dicha figura no se encontraba prevista en la Carta Magna. (…)
“El presidente Juárez (…) se encontró con la casi imposible misión de gobernar con una Constitución diseñada para controlar y acotar al Poder Ejecutivo. Seguramente Juárez recordó que una decena de años atrás el presidente Comonfort le dijo: ‘con la Constitución no se puede gobernar, pues cualquier jefe de oficina tiene más facultades que el Presidente de la República’, lo cual fue uno de los motivos para que Comonfort se diera a sí mismo un golpe de Estado.
“Juárez amaba más que nada en la vida la Presidencia de la República, y no estaba dispuesto a perderla ni disminuirla, por lo cual se planteó a sí mismo la obligación de permanecer en la Presidencia, primero, y después reformar la Constitución.
“Lo primero lo logró con facilidad, pues era tal su popularidad que, en septiembre de 1867, al celebrarse las elecciones, Juárez resultó elegido por amplia mayoría sobre los dos contendientes que se atrevieron a disputarle el puesto: Sebastián Lerdo de Tejada y el general Porfirio Díaz”.
Juárez pretendía dividir el Poder Legislativo en dos cámaras (de diputados y de senadores), por considerar que una sola lo obstaculizaba, y vetar las disposiciones del Congreso “como medida precautoria para evitar leyes disparatadas o injustas”.
Gamboa y García atribuyen el fracaso a un error de procedimiento: “en vez de proponer la reforma en los términos que la propia Constitución señalaba, Juárez tuvo la audacia de pedirle al pueblo que votara directamente por ella a través de un plebiscito inconstitucional. (…) ‘La moción fue detenida y el Presidente tuvo que soportar los calificativos de tirano y déspota que le prodigaron sus adversarios. (…) A partir de 1867 Juárez estableció y defendió una libertad absoluta para expresar ideas y para publicarlas, llegándose el caso de que la prensa lo ridiculizara todos los días sin que nadie impidiera el libre ejercicio de la disidencia. Él lo había afirmado antes: ‘Que el pueblo y el Gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz’”.
El presidente Andrés Manuel López Obrador conoce la historia de México y admira a Juárez, pero, por mucho que quiera, no puede repetirla.
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