Coahuila
Hace 10 horas
En Coahuila ya nadie va al kínder, o, mejor dicho, ninguno envía a los menores de edad bajo su tutela para recibir educación preescolar pese a que existe amplia oferta pública gratuita. Es un asunto de decisión, no de cobertura.
Al tener un carácter obligatorio laxo esa etapa del ciclo formativo, padres y tutores se han acogido a la ley del mínimo esfuerzo: no matricularles cuando corresponde por edad, a fin de no vincularse a un grupo en donde, quienes ahí acuden, se comprometen mínimamente a supervisar el desarrollo del año escolar, participar en actividades escolares y grupales, y trasladarse al centro educativo dos veces al día, de lunes a viernes, para llevar y recoger a los alumnos. No se diga ya colaborar en esa educación procurando la salud, higiene, y una estimulación temprana.
Esto último no existe. Es el signo de nuestros tiempos: nadie educa; a ninguno importan las niñas y los niños (“las infancias”, dirían los modernitos en su trastorno por regular y censurar palabras antes que los hechos). Ni a los progenitores ni al sistema educativo, mucho menos a la sociedad. En conjunto, están produciendo en silencio una fábrica de cretinos.
Alrededor de 27 mil niños y niñas residentes en Coahuila y en edad preescolar no están inscritos en ese nivel educativo en pleno 2026, ni han sido ubicados en instituciones privadas. Ello significa que no están recibiendo instrucción básica ni desarrollando habilidades propias de la edad temprana en los jardines de niños, algunos de los cuales incluso no iniciaron turnos en septiembre de 2025 debido al ausentismo y abandono. Han sido condenados, pues, al rezago y a crecer en desventaja social.
Pero ese fenómeno no es nuevo; por el contrario, la tendencia es ya sostenida desde 2022, año en que se reanudaron por completo clases después de la pandemia. La matrícula se ha reducido un 25%, para dimensionar.
Y entre los que sí están matriculados, la situación tampoco es muy alentadora: si hace mucho frío, no asisten a la escuela. Musho caló, tampoco. Si se atraviesa un día ocioso en el calendario, “sobrante” de un puente, lo toman deliberadamente a su favor.
Ellos ponen las condiciones. Pretextos sobran. Lo mismo desde una posición ignorante: “para qué los mando, si no les enseñan nada”, que desde un punto de vista negligente: “están más seguros en la casa”, económico de costo-beneficio: “es puro gasto”, o justificándose en la presunta vida moderna, asociada con la productividad y el trabajo: “el horario de clases no es compatible con las jornadas laborales”. Falsas premisas aprovechando su condición de jerarquía en el tema.
La SEP, por su parte, tampoco quiere cargar peso muerto; no se responsabiliza más allá de lo básico.
Y así, entre ambos factores, sobresale uno más, acaso el más determinante de todos: el empoderamiento del alumno en su esfera individual versus el debilitamiento del profesor como figura de autoridad. Una catástrofe.
Cortita y al pie
Y aquí viene lo interesante, pues en algún lugar deben estar esas niñas y niños en etapa feral, sin formación. Es obvio: tras una pantalla que los entretiene.
En su libro “La fábrica de cretinos digitales; los peligros de las pantallas para nuestros hijos” (2019), el autor francés Michel Desmurget, doctor en neurociencia, explica el proceso neurológico que ocurre cuando a un niño lo educan celulares, computadoras, tabletas y televisión como dispositivos digitales: una inteligencia frenada y una salud en peligro, en resumen.
“Todos los pilares del desarrollo se ven afectados: desde lo somático, es decir, el cuerpo (con consecuencias para la madurez cardiovascular o el desarrollo de obesidad) hasta lo emocional (con agresividad o depresión, entre otras secuelas), pasando por lo cognitivo, o sea, lo intelectual (con efectos sobre el lenguaje o la concentración, entre otros aspectos). Y lo más probable es que todos estos daños tengan un impacto en los resultados académicos”.
Eso es lo que está ocurriendo en la comunidad.
“Jamás en la historia de la humanidad se había producido un descenso tan pronunciado de las capacidades cognitivas”, advierte Desmurget, enfocado en el desarrollo del cerebro infantil, quien desmiente además el concepto benevolente de “nativos digitales”.
La última y nos vamos
Si lo anterior es por sí mismo desmoralizante, hay que sumar que, por lo menos en Coahuila, los niños ya no van al kínder y acusan problemas de atención, lenguaje, impulsividad, memoria, agresividad, sueño, sedentarismo, rendimiento académico… y en 12 años votarán por primera vez. Se convertirán en ciudadanos con derechos políticos.
Ahí le encargo.
Notas Relacionadas
Hace 10 horas
Hace 10 horas
Hace 10 horas
Más sobre esta sección Más en Coahuila