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La soberanía como discurso reciclado

Por ATL DEL DESIERTO

Hace 1 semana

Eso de la presidenta lanzando supuestas amenazas sobre lo que sucedería ante una “violación a la soberanía” ya lo vivimos.

Cuando el gobierno de Estados Unidos acomodó la situación para sentirse agredido por el Ejército mexicano, que ejecutó a soldados gringos en suelo mexicano —reclamado por Estados Unidos como suelo texano—, se desató una cadena de hechos que llevó a la declaración de guerra y al inmediato envío de tropas a territorio mexicano, hasta llegar a la Ciudad de México.

Fue una guerra en la que dominó la incompetencia del Ejército mexicano: todo el armamento era un muestrario de armas pasadas de moda, de diferentes calibres y compradas en distintos países. Cada lote representaba un pequeño negocio de algún embajador asociado con algún general. Del lado norteamericano había soldados regulares, pagados con sueldo regular; del lado mexicano, ejércitos cuyos generales se embolsaban los haberes, incluido el hábito de saquear poblados para alimentar a la tropa.

Cuando la llegada del Ejército gringo a la ciudad era inminente, se vivía algo parecido a una romería: familias enteras que no querían perderse el momento; soldados “heroicos” lanzando arengas, mostrando sus armas y jurando que harían pedazos al extraño enemigo.

La batalla, desigual, tuvo además un ridículo extra: algún “brillante” general dispuso que buena parte de la pólvora se colocara en minas bajo un terreno que supuestamente quedaría en el paso del Ejército gringo y lo haría volar en pedazos. El resultado fue similar a aquellas caricaturas del Coyote contra el Correcaminos.

La bandera estadounidense ondeó durante meses en Palacio Nacional. En ese tiempo se organizó un banquete con lo más selecto de la sociedad de la Ciudad de México, cuyo propósito era pedir a Winfield Scott, regente o gobernador gringo, que se dignara aceptar la presidencia de México. No aceptó: más bien ambicionaba dirigir a su propio país.

En la culminación de la Guerra de Reforma, la Marina de Estados Unidos intervino contra los conservadores en Veracruz para favorecer a los liberales, partidarios de Juárez y compañía.

No muchos años después, Juárez, huyendo de la guerra pero en su papel de presidente de México en el exilio, enviaba comunicaciones al gobierno de Estados Unidos proponiendo que “México fuera un protectorado gringo, o algo así”.

Durante la Revolución contra Huerta, el Ejército gringo colaboró abiertamente apoyando a Obregón contra Villa. También Carranza permitió una incursión del Ejército gringo en la llamada operación punitiva contra Villa, tras el ataque al poblado de Columbus, con nulos resultados.

El concepto de soberanía nacional que defiende el grupo en el poder se parece más al concepto de dignidad en los prostíbulos —o en la política mexicana—, donde se logra más dominando el arte de dar brillo al calzado o entregando la pelvis que mostrando el temple de defender valores.

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