Coahuila
Hace 4 meses
Hoy 21 de diciembre, el solsticio de invierno alcanzará el Hemisferio norte. El solsticio de invierno es la pausa exacta en la que el mundo parece sostener la respiración, pues resulta ser la jornada más corta del año.
A las 16:03 horas UTC de este día, la noche parece prolongarse, para luego, como un susurro, ceder ante la promesa de la luz. En el Hemisferio norte hoy se marca un umbral; cada amanecer traerá la esperanza de un minuto más de luz.
La ciencia ayuda a entenderlo, pues el eje de la Tierra, inclinado 23,5 grados, hace que el sol alcance su punto más bajo en el cielo y la luz, como una corriente que parece agotarse, vuelve a fluir lentamente. En la región polar la noche se extiende durante días; en el otro extremo del planeta, la luz se prolonga. Y, sin importar la latitud, el solsticio se convirtió en una especie de rito del tiempo, un punto donde el mundo se detiene para aprender a mirar hacia adelante.
Lo bello del solsticio reside en el relato humano, diversas culturas han tejido significados y rituales alrededor de ese instante luminoso. El símbolo es antiguo y universal: la oscuridad no vence, sólo se acorta su dominio.
En el Medio Oriente, Shab-e Yalda –la noche más larga del año– convierte la oscuridad en una reunión de familia. En China, Dongzhi significa literalmente “el extremo del invierno”. Es un momento de unión familiar, demostrando que la familia unida, puede soportar la frialdad, y su la alegría siempre será más ligera que el hielo.
En Irán y entre comunidades persas y azeríes, la reunión nocturna celebra la victoria de la luz sobre la oscuridad a través de la poesía y las frutas rojas como la granada y la sandía.
En las tradiciones del norte de Europa y de lo que quedó de la antigua religión germánica y nórdica, el solsticio se convirtió en Yule y, luego, en Navidad. En la antigüedad, se encendían hogueras o se quemaba el tronco de Yule para celebrar el renacimiento del sol.
Y no podemos olvidar las tradiciones de los pueblos nativos de América, donde el solsticio es a veces, un momento de ceremonial. En algunas culturas, es tradición entregar regalos en la noche del 24 de diciembre para celebrar la llegada del solsticio de invierno, y en ciertas religiones, como el cristianismo, esta celebración se conoce como Nochebuena, representando el nacimiento de Jesucristo durante un solsticio de invierno.
En todos los casos, la idea central es compartida: el regreso de la luz no es una hazaña de un día, sino la certeza de que la oscuridad no tiene la última palabra.
Todos estos esbozos de tradiciones y culturas, nos recuerdan que el solsticio es menos un dato astronómico que una enseñanza humana: la luz, como la memoria, se alimenta de presencia. En un mundo que parece acelerarse, estas ceremonias nos invitan a detenernos, a mirar hacia dentro y hacia fuera a la vez, a reconocer que la oscuridad no es enemiga, sino condición para agradecer lo que está por venir.
Sí, el solsticio vuelve a decirnos que el tiempo no es una marcha sin descanso, sino un diálogo entre la noche y el amanecer y, en nuestra cultura contemporánea, aun cuando estamos rodeados de pantallas y dispositivos que miden los minutos y segundos de luz y de sombra, el símbolo del solsticio permanece: nunca la oscuridad más profunda, anulará la posibilidad de ver de nuevo el sol.
Más sobre esta sección Más en Coahuila