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Publicado el jueves, 2 de julio del 2026 a las 04:06
Saltillo, Coah.- Cuando era un niño “circa uno nueve ocho ocho”, el poeta Eduardo Ribé podía pasarse las tardes completas jugando Nintendo. Se imaginaba ser un héroe tímido que crecía en valor como Mario, o un elfo que se llenaba del poder de la Trifuerza para enfrentar al mal como Link, para así salvar a su princesa ideal como Peach, como Zelda. Hasta que su madre le decía “ya vete a dormir / me apagas esa chingadera”.
Décadas después, circa dos cero uno siete, Ribé enfrentó a su primer final boss: la muerte de su madre, lo cual lo sumergió “en una depresión de la que los videojuegos me ayudaron a salir. Sentí que merecía una consola. Porque algo muy recurrente en mi vida es utilizar los videojuegos como un mecanismo para lidiar con mis momentos difíciles. Pero lo que pasó fue algo muy fortuito porque los juegos que traía la consola retro, eran los que jugaba cuando era un niño de 8 o 10 años, y jugarlos fue abrir un álbum de fotos que me hizo ligarlos con el tema de mi madre, y mientras jugaba empecé a tener muchos recuerdos y a revivir varias memorias que tenía de ella, y empecé a escribir”.
Con esas ideas en mente, esos videojuegos que conformaron su vida infantil, junto a los recuerdos con su madre y su padre en aquel hogar de infancia y juventud, Ribé fue dando forma, poco a poco, a un libro: Vidas Extras (Los Libros del Perro / Instituto Municipal de Cultura de Saltillo, 2026), poemario en el que recurre a su experiencia para trasladar una parte de su vida –y otra de su imaginación–, a esas existencias digitales de bits y píxeles.

Nivel uno
De esa forma los videojuegos se conviritieron en “checkpoints” para las memorias de Ribé, quien comenzó a “escribir poesía sobre videojuegos, más motivado a transmitir lo que estaba sintiendo, un poco a modo de terapia, que en hacer poemas”, sin embargo, la pasión por la escritura –es autor de dos libros de poesía y una novela–, llenó su mente hasta llegar al nivel “de ponerme a jugar con una libreta al lado” para encontrar “en esas horas de juego y esos pensamientos el momento y el recuerdo de pensar ‘aquí no hay poesía, aquí no hay poesía… pero aquí sí hay poesía’”,los cuales aparecían cuando jugaba videojuegos que “trataban temas universales como la nostalgia por la infancia o el dolor. En algunos casos es muy evidente que los poemas que de ahí salieron están relacionados con algo personal. Los juegos no fueron un escape sino que se convirtieron en una metáfora de la vida, porque al final escribir poesía es escribir desde las heridas”, apuntó el autor de la novela Ruta Querreque.
Nivel dos
Esas vidas extras en las que Ribé se sumergía para escapar de este plano, se fueron contaminando de esta realidad y viceversa. Al llegar al punto que, dentro del libro, el autor puede ser a la vez un guerrero dovhakiin, de Skyrim, o un asesino de Assassins Creed, así como un niño que juega o un adulto que recuerda que todos esos juegos le han enseñado algo: a caer y levantarse, a reiniciar la partida para sobreponerse a ese jefe final que le ha ganado en la partida para sobreponerse a ese nivel.
Esa enseñanza esencial de no dejarse vencer es una idea que llena al poemario de un tono de optimismo resiliente pese a todo lo terrible que puede suceder dentro de él.
“
Creo que es un libro que trata de sobreponerse a los obstáculos. Tanto internamente porque muchos poemas hablan de eso específicamente: de que cuando pierdes en un videojuego lo vuelves a intentar, y lo vuelves a intentar, y cada vez llegas un poco más lejos, y creo que la vida es eso: perder constantemente, y de repente pasas el nivel, mientras que en tu vida tienes un hito que te da placer durante un determinado periodo de tiempo antes de que empieces a perder otra vez. En sí es eso, aprender a caerte y a levantarte de nuevo”, concluyó Ribé, quien en 2023 recibió un Pecda para escribir este libro.
Último nivel
Vidas Extras se presentará hoy en el Centro Cultural Casa La Besana (Mariano Escobedo 222, Zona Centro) a las 19:00 horas, junto a Julián Herbert.
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