Querida persona lectora:
¿Cuántas veces has escuchado frases que ponen en duda la forma en la que eres madre o padre, hija o hijo, hermana o hermano, amiga o amigo, o pareja? ¿Cuántas veces alguien ha cuestionado la manera en la que llevas tu vida cotidiana, tu actividad deportiva y tus pasatiempos o tus decisiones profesionales?
Vivimos rodeadas y rodeados de expectativas. Algunas son explícitas y muchas otras tácitas, pero no por ello menos presentes. Las podemos encontrar en la familia, en los vínculos afectivos, en los espacios sociales, y también – de forma más evidente – en el trabajo, donde aprender nunca parece suficiente. Sin embargo, es fuera de ese ámbito profesional donde las expectativas ajenas pueden volverse más presentes e incluso más peligrosas.
No todas las expectativas son iguales. Podemos identificar, al menos, tres tipos. En primer lugar, están aquellas que nacen del afecto. Son las expectativas de quienes nos quieren, de quienes desean nuestro crecimiento y bienestar. Aunque a veces puedan incomodar, estas suelen estar acompañadas de cuidado y de una intención genuina de vernos florecer.
Luego están las expectativas sociales: esas ideas rígidas sobre lo que “debería ser” una buena madre o un buen padre, una buena mujer o un buen hombre, una buena pareja o una persona exitosa. Son mandatos sociales que no siempre elegimos, pero con los que tenemos que cargar si queremos encajar en un determinado tejido social.
Y finalmente, existen las expectativas que no buscan acompañarnos, sino controlarnos. Aquellas que algunas personas proyectan desde la necesidad de manipular, de imponer o de definirnos desde fuera.
Las expectativas ajenas no son, en sí mismas, negativas. En ciertos momentos pueden funcionar como un termómetro social, como un mecanismo de adaptación o incluso como un impulso para crecer. A veces, nos permiten ver aquello que no habíamos considerado y nos empujan a mejorar.
El problema surge cuando no aprendemos a gestionarlas, porqué la expectativas ajenas pueden desbordarnos, erosionar nuestra autoestima, fragmentar nuestra identidad, afectándonos profundamente. Pueden instalar la sensación constante de no ser suficientes, de estar siempre fallando, de no alcanzar nunca una versión de nosotras y nosotros que sea aceptable.
Estas son las expectativas que apagan, porque nos hacen dudar de todo lo que somos. Nos transmiten, directa o indirectamente, que, hagamos lo que hagamos, nunca será suficiente. Y hay personas para las cuales, simplemente, nunca lo será.
Cada persona tiene la responsabilidad y el compromiso consigo misma de saber distinguir cuáles expectativas ajenas merecen ser escuchadas y cuáles deben ser soltadas para que no definan nuestro valor. Vivir intentando cumplir cada demanda externa significa apagarse lentamente y renunciar a nuestra propia identidad.
Quizás, en medio del ruido generado por lo que el mundo y las demás personas espera de nosotras y nosotros, el verdadero reto sea volver a escucharnos, reconectar con lo que queremos y lo que somos. Y desde ahí, no permitir que nuestra luz se apague.
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