Retomando en este espacio la serie dedicada al estudio de la mente y la evolución del aprendizaje, vincularé lo escrito en la columna 206 del pasado 23 de julio, en la que se relató que, partiendo del alfabeto fenicio, los griegos desarrollaron su propio alfabeto con vocales y consonantes definidas y sencillas, asimismo después, en la península itálica, el pueblo de los etruscos fue de los primeros en implementarlo adaptando una variante occidental del griego, probablemente la Calcídica (región del norte de Grecia), usada en Cumas, Italia, ya que en aquella época, alrededor de 750 años antes de Cristo, los griegos tenían muchos territorios conquistados y colonizados en Sicilia y la península itálica, en este caso, Cumas, era la ciudad que estaba situada más hacia el norte, y por lo tanto, más cercana a Roma.
Eventualmente, los romanos heredaron de los griegos el principio alfabético con vocales, y a partir de esa base crearon el alfabeto latino.
El latín, utilizado por el Imperio Romano, fue un idioma que dominó territorios vastos y diversos, y ahora es mucho más que una lengua muerta; ya que es el ancestro vivo y latente de algunas de las lenguas más habladas del mundo.
Su evolución y su posterior fragmentación en lo que hoy se conocen como las lenguas romances (español, italiano, francés, portugués, rumano y otras) son un testimonio de cómo la geografía, la política y el contacto cultural pueden moldear el lenguaje a lo largo del tiempo.
Con el ascenso de la República Romana, y su posterior Imperio, el latín se expandió con las legiones, los comerciantes y los colonos, convirtiéndose en el idioma administrativo y cultural de un imperio en constante crecimiento.
En este periodo, el latín se diversificó en dos formas principales: el latín clásico y el latín vulgar. El latín clásico era la lengua formal de la literatura, la retórica y la administración, un idioma estandarizado y gramaticalmente complejo.
Por otro lado, el latín vulgar era la lengua del pueblo, de los soldados, de los campesinos y de los comerciantes. Este latín era mucho más flexible, menos rígido en su gramática y más propenso a absorber influencias de los idiomas locales que encontraba a lo largo del imperio. Es precisamente este latín vulgar el que se convertiría en el cimiento de las futuras lenguas romances.
El factor determinante en la evolución del latín hacia las lenguas romances fue el colapso del Imperio Romano de Occidente en el siglo 5 d.C. La fragmentación política y la pérdida de la cohesión centralizada rompieron el vínculo que mantenía unido al latín como un idioma único.
Las diferentes provincias, aisladas unas de otras por barreras geográficas y la falta de comunicación, permitieron que el latín vulgar evolucionara de manera independiente.
Las lenguas indígenas preexistentes, como el celta en la Galia (Francia), el ibero en Hispania (España) o el dacio y tracio en Dacia (área que corresponde a los países modernos de Rumanía y Moldavia, así como a pequeñas partes de Bulgaria, Serbia, Hungría y Ucrania), dejaron su huella en el vocabulario y la fonética, diferenciando aún más a los dialectos.
En cada región, el proceso de cambio lingüístico tomó un rumbo distinto. En la península ibérica, el latín vulgar se mezcló con los dialectos locales, dando origen a proto formas del español, el portugués y el catalán.
El español, fue influenciado por la fonología y la gramática del sustrato celta e ibero, y más tarde, por el árabe, un factor único en la península ibérica debido a la conquista musulmana.
En la Galia, el latín evolucionó hacia el francés, un idioma que se distinguió por una simplificación drástica de la gramática latina, eliminando las terminaciones de los verbos y haciendo un mayor uso de los pronombres personales.
En la península itálica, el latín vulgar evolucionó hacia el italiano, un idioma que se mantuvo más cercano a su origen latino. A diferencia del francés, el italiano conservó la vocal final de las palabras latinas y muchas de sus estructuras gramaticales, un fenómeno que algunos lingüistas atribuyen a la cercanía geográfica con Roma y la continuidad cultural.
En la región de Dacia, el latín evolucionó hacia el rumano, un idioma que, a pesar de estar rodeado de lenguas eslavas y húngaras, mantuvo una sorprendente cantidad de vocabulario y gramática latinos, aunque con influencias fonéticas y léxicas (significado de las palabras) de los idiomas vecinos.
Este proceso de diversificación no fue repentino, sino gradual. Durante siglos, los habitantes de diferentes regiones todavía podían entenderse entre sí, pero con el tiempo las diferencias se hicieron irreconciliables. Los primeros textos en lenguas romances, como las Glosas Emilianenses en español antiguo o los Juramentos de Estrasburgo en francés antiguo, marcan el momento en que las nuevas lenguas adquirieron una identidad escrita propia, separada de su ancestro latino.
La influencia del latín en estas lenguas no se limitó al vocabulario y la gramática. El latín proporcionó la base para la sintaxis (modo en que se combinan las palabras), el sistema de escritura y gran parte del léxico técnico y cultural de las lenguas romances.
Incluso en la actualidad, muchas palabras nuevas en el español o el francés se crean a partir de raíces latinas. En última instancia, el latín no murió; simplemente se transformó y se diversificó, dando pie a idiomas que hablan más de 800 millones de personas en el mundo.
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