Coahuila
Por Irene Spigno
Hace 8 meses
En todos los deportes, como en la vida, hay reglas que es necesario respetar.
No se trata sólo de las llamadas “reglas del juego”, es decir, aquellas que regulan el desarrollo de cada actividad deportiva. También existen normas básicas de comportamiento que todas las personas que practican deporte deberían seguir.
Las razones por las que cada persona decide practicar un deporte pueden ser diversas. Por supuesto, hay distintos niveles de práctica: algunas personas lo hacen a nivel profesional, y por lo tanto reciben un sueldo por su actividad; otras lo hacen a nivel amateur, es decir, compiten sin recibir remuneración y solamente por diversión.
El deporte es un espacio en el que todas las personas somos competitivas: queremos ganar o lograr el mejor resultado posible. Esa competitividad puede dirigirse hacia uno mismo o hacia las demás personas con quienes se compite.
En la actividad deportiva, sea profesional o amateur, se debería fomentar desde la infancia una competencia sana, para que cada persona dé lo mejor de sí con esfuerzo, compromiso y disciplina, respetando siempre las reglas y a los adversarios.
Una de las reglas fundamentales de todo deporte es actuar con corrección y evitar hacer trampas. Por ejemplo, es conocido que, a nivel profesional, las personas deportistas se someten periódicamente a controles antidopaje, para evitar el uso de sustancias que alteran el rendimiento físico. Si dan positivo, enfrentan consecuencias graves que pueden incluso afectar su carrera.
Desde que empecé a jugar pádel —a nivel amateur, por supuesto— he notado que la cancha es como una maqueta de la vida. Lo que se vive allí representa en pequeño lo que sucede en el mundo. Así como en la vida cotidiana encontramos personas poco íntegras, también circulan por las canchas.
En los partidos de pádel no profesionales no hay árbitros. Existe una regla básica de confianza entre quienes juegan, una especie de “fair play” (juego justo) que orienta el juego, dando por sentado que las cuatro personas serán correctas. Desafortunadamente, no siempre es así.
Algunas personas, con tal de ganar unos puntos más, “cantan” pelotas malas que eran buenas, y viceversa. Por supuesto, siempre hay un margen de error: alguien puede creer de buena fe que una jugada fue mala cuando en realidad fue buena. En todo caso, ante la duda, lo mejor es repetir la jugada.
Sin embargo, hay comportamientos motivados por la mala fe. Es el caso de quienes se inscriben en partidos o torneos de una o más categorías inferiores para tener más posibilidades de ganar —y quizás obtener una pequeña suma de dinero—, llegando incluso a presentarse con una identidad falsa.
Y si esto ocurre en un deporte caracterizado por un nivel de “fair play” tan alto que ni siquiera requiere árbitros, y más aun a nivel aficionado, donde se supone que las personas juegan para divertirse de forma sana, quizá deberíamos preguntarnos si vale la pena ganar haciendo este tipo de trampas.
En lo personal, creo que, en la cancha, como en la vida, decidimos qué tipo de personas queremos ser. Podemos optar por avanzar con trampas y engaños, buscando ventajas a cualquier costo, o podemos decidir ser personas correctas y comprometernos con nuestros objetivos y trabajar por ellos con esfuerzo y disciplina.
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