Saltillo
Por
Paola Casas
Publicado el domingo, 1 de marzo del 2026 a las 06:35
Saltillo, Coah.- México no es un solo país. Aunque en los libros de historia suele presentarse como una nación con un origen común, una evolución compartida y una identidad homogénea, la realidad es distinta.
Desde la época colonial, el territorio se desarrolló en condiciones profundamente desiguales. Mientras el centro y el sur construían sociedades agrícolas, densamente pobladas y con estructuras coloniales consolidadas, el norte se formaba en un escenario de frontera, conflicto, movilidad y supervivencia.
Esa diferencia no solo marcó el pasado. Explica, hasta hoy, por qué existen dos realidades dentro del mismo país.
“ Lo que es el norte y lo que es el centro-sureste de México son realidades completamente distintas”, argumenta la doctora Margarita Menegus, especialista en historia indígena y procesos sociales.

En el marco de la entrega a la Presea Vito Alessio Robles, el pasado mes de enero, a la historiadora Margarita Menegus Bornemann, sobre los indígenas, remarca una diferencia entre las regiones de lo que hoy es México.
“ Las regiones más pobres y marginadas desde la época colonial fueron Yucatán, Chiapas, Oaxaca o Guerrero. En cambio, la región que triunfa en la Revolución mexicana es el norte, una zona industrializada con una historia diferente”.
Por lo que, para entender esa diferencia, dice, es necesario mirar un pasado que pocas veces se cuenta.
Durante siglos, el relato nacional se construyó desde el centro del país.
Las grandes civilizaciones mesoamericanas, la conquista de Tenochtitlan, el virreinato establecido en la Ciudad de México y los procesos políticos del altiplano dominaron la narrativa oficial.
La historia de México se estructuró alrededor de territorios densamente poblados, con agricultura intensiva, ciudades organizadas y sistemas tributarios complejos.
Sin embargo, ese modelo no correspondía a la realidad del norte.
A diferencia del centro y el sur, el noreste de México no formaba parte del mundo mesoamericano. Se trataba de una región habitada por grupos nómadas y seminómadas que se desplazaban según las temporadas, la disponibilidad de agua y los ciclos de caza y recolección.
Su organización social, sus formas de subsistencia y su relación con el territorio eran distintas, pero no por ello menos complejas.
El problema fue que la historiografía tradicional, escrita en gran medida desde el centro del país, interpretó esa diferencia como atraso.

Durante el periodo colonial, los cronistas españoles describieron a estos pueblos como “bárbaros” o “indómitos”, términos que posteriormente se reprodujeron en libros de texto y discursos oficiales.
En contraste con las civilizaciones urbanas del altiplano, los grupos del norte fueron vistos como sociedades sin estructura, sin cultura y sin aportaciones significativas al desarrollo del país.
Esa visión reduccionista tuvo consecuencias duraderas.
Mientras la historia nacional exaltaba a los mexicas, mayas o zapotecos como raíces de la identidad mexicana, los pueblos del norte quedaron prácticamente ausentes del imaginario colectivo.
Sus procesos históricos —la guerra de frontera, el desplazamiento territorial, las epidemias, la esclavización y el exterminio— fueron poco estudiados o considerados episodios marginales.
Además, el propio proceso colonial reforzó esta invisibilidad. El interés de la Corona española en el norte no era la explotación agrícola o tributaria, como en el centro, sino el control estratégico del territorio.
La región funcionó como una zona de contención frente a rebeliones indígenas y, más tarde, frente al avance de otras potencias coloniales. Por ello, su historia se desarrolló bajo una lógica militar y de colonización defensiva.

A lo largo del tiempo, esta diferencia estructural se tradujo en una narrativa nacional incompleta.
La Independencia, la Reforma y la Revolución también fueron contadas principalmente desde el centro, dejando en segundo plano los procesos regionales del norte: la formación de economías ganaderas, la cultura de frontera, la movilidad poblacional y la industrialización temprana.
El resultado es un país cuya historia oficial no refleja la diversidad de sus trayectorias.
Entender el norte implica reconocer que México no tuvo un solo origen ni un solo camino de desarrollo. Mientras el centro heredó estructuras coloniales densas y jerarquizadas, el norte se formó en condiciones de dispersión, riesgo y adaptación constante.
Por eso, más que una ausencia en los libros, el norte representa una historia distinta: una identidad construida fuera del modelo mesoamericano y, durante mucho tiempo, fuera del relato nacional. El noreste quedó fuera.
Aquí no hubo imperios como el mexica ni ciudades monumentales. En su lugar, existían pueblos nómadas y seminómadas adaptados a un territorio árido y cambiante. Sin embargo, esa diferencia fue interpretada desde una mirada colonial que los redujo a estereotipos.
“En el centro de México se desconoce completamente la historia de los nómadas”, señala el historiador Carlos Manuel Valdés.
“Se creó una imagen muy perversa: que eran bárbaros, salvajes, que andaban desnudos o sin organización. Pero eran sociedades con valores, con estructura y con una cultura muy interesante”.
Documentos históricos muestran aspectos que contradicen esa visión.
Uno de ellos describe el profundo apego familiar de los pueblos coahuiltecos.
“Nadie ama más a los niños que estos indios”, cita Valdés a partir de textos coloniales.
En otro registro, cuando una yegua mató a un menor, la comunidad reaccionó con duelo colectivo y permaneció en luto durante dos días.
También su alimentación era distinta y, en muchos casos, más equilibrada que la de los europeos.
“Tenían una dieta muy superior a la española”, explica el investigador.
Mientras los colonizadores consumían principalmente tocino, pan duro y alimentos conservados, los grupos locales aprovechaban una gran diversidad de recursos naturales.
A pesar de ello, su historia quedó relegada.
La formación del norte estuvo marcada por un proceso mucho más violento que el ocurrido en otras regiones del país.
A las guerras de ocupación se sumaron epidemias devastadoras. La viruela, desconocida en América, provocó la muerte de miles de personas en cuestión de años.
“En Parras murieron alrededor de dos mil indígenas, y en la región de Nadadores a Candela más de mil”, documenta Valdés.
La enfermedad avanzó con rapidez porque las poblaciones locales no tenían defensas. En contraste, europeos y africanos ya contaban con anticuerpos.
Pero la epidemia no fue el único factor.
“El otro gran problema fue la esclavitud”, advierte el historiador.

“Aquí se esclavizó a los indígenas, algo que no ocurrió de la misma forma en el sur”.
Hombres, mujeres y niños fueron capturados y vendidos en mercados coloniales para trabajar en las Antillas, Honduras o Venezuela.
“Tenemos hermanos allá”, señala.
El golpe demográfico fue tan severo que muchas comunidades desaparecieron por completo.
“Los indios nómadas fueron exterminados. El propio virrey los mandó a exterminar”.
Ese vacío poblacional transformó la región y obligó a la Corona a buscar otra estrategia.
Para consolidar el control del territorio, los españoles recurrieron a un grupo que ya había sido su aliado durante la conquista: los tlaxcaltecas.
Fueron trasladados desde el centro del país hacia distintos puntos estratégicos del norte con un objetivo claro: fundar poblaciones, impulsar la producción y servir como intermediarios culturales.
En el caso de Coahuila, el asentamiento clave fue Saltillo.

“Lo importante es que los tlaxcaltecas se establecen precisamente en Saltillo”, explica Margarita Menegus.
“Participan junto con los españoles en la colonización del norte”.
Su llegada transformó la economía regional.
“Con ellos aparecen quesos, leche, huevos, ganado, cabritos. Cambia la forma de producción”, señala Valdés.
Además, dejaron un legado cultural significativo. En la región se han identificado alrededor de 670 documentos en náhuatl, lo que representa uno de los registros más al norte de esta lengua.
“Aquí se conservó un náhuatl muy puro”, afirma el historiador.
Sin embargo, su papel ha quedado minimizado frente al protagonismo que la historia oficial otorga a conquistadores y autoridades coloniales.

Mientras el norte se formaba como una sociedad de frontera, con movilidad, ganadería, comercio y defensa territorial, el sur mantenía estructuras agrarias tradicionales, grandes haciendas y alta concentración de población indígena.
Esa diferencia se mantuvo durante siglos y, para Menegus, el estudio de la propiedad de la tierra permite observar esa continuidad.

En el norte, la disponibilidad de tierra, la actividad ganadera y posteriormente la industrialización generaron una dinámica económica distinta. Durante la Revolución, esa fortaleza se reflejó en el peso político y militar de la región.
Mientras tanto, amplias zonas del sur permanecieron en condiciones de marginación estructural.

Comprender esta historia no es solo un ejercicio académico; también permite entender tensiones actuales.
Las diferencias económicas entre regiones, las distintas culturas políticas y las percepciones contrastantes sobre el desarrollo son algunas de ellas.
México no evolucionó como un territorio uniforme. Fue, desde el inicio, un mosaico de regiones con trayectorias propias.
En el caso del noreste, el desafío es doble: recuperar una memoria que fue invisibilizada y desmontar los estereotipos que aún persisten.
Porque el norte no nació del vacío. Surgió de la mezcla entre pueblos nómadas, migraciones internas, epidemias, violencia colonial y estrategias de poblamiento.
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