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Grupo Zócalo
Publicado el sábado, 19 de septiembre del 2026 a las 00:04
Ciudad de México.- Para quienes ascienden al Everest, los cadáveres que quedaron atrapados en la montaña no son solo una tragedia: se han convertido en puntos de referencia dentro de la ruta. La dificultad para bajarlos obliga a dejarlos donde caen, y con el tiempo terminan cubiertos parcial o totalmente de nieve.
La montaña, ubicada en la frontera entre Nepal y China, alcanza los 8,848 metros sobre el nivel del mar y ofrece condiciones extremas: en la cumbre la temperatura promedio ronda los -36 °C, aunque en invierno puede caer hasta -70 °C. A esto se suman vientos que superan los 200 kilómetros por hora y una presión atmosférica equivalente a solo un tercio de la que existe al nivel del mar, lo que provoca hipoxia y obliga a la mayoría de los escaladores a depender de botellas de oxígeno limitadas.
Uno de los hitos más conocidos de la ruta fue el cuerpo apodado “Botas Verdes“, identificado como el del alguacil indio Tsewang Paljor, aunque también se ha barajado que se tratara de su compañero Dorje Morup. Ambos formaban parte de una expedición de la Policía Fronteriza Indo-Tibetana atrapada por una tormenta en mayo de 1996, uno de los desastres más graves en la historia de la montaña. El cuerpo, momificado y reconocible por sus botas verdes, permaneció visible en una cueva a 8,500 metros durante años, hasta que fue sepultado definitivamente en 2017 por un equipo encabezado por Alexander Abramov. Esa misma cueva fue escenario, en 2006, de la muerte del montañero británico David Sharp, quien falleció de hipotermia pese a haber sido visto con vida por otros escaladores, un caso que abrió un fuerte debate sobre la solidaridad en la montaña.
Otro caso célebre es el del cuerpo conocido como “el Saludador“, visible desde 1997 en una postura que recuerda un saludo. Como él, decenas de cadáveres —algunos con más de 40 años en la montaña— se conservan casi intactos gracias a una combinación de frío extremo, escasa actividad bacteriana por la falta de oxígeno y alta radiación ultravioleta, fenómeno que los especialistas describen como momificación natural.
Entre las historias más recordadas está la de Francys Arsentiev, quien el 22 de mayo de 1998 se convirtió en la primera mujer en llegar a la cima del Everest sin oxígeno suplementario, junto a su esposo Sergei. Durante el descenso nocturno, la pareja se separó; Sergei murió en su intento de rescatarla, y el cuerpo de Francys permaneció visible en la ruta durante nueve años, hasta que en 2007 una expedición encabezada por Woodall lo retiró y le dio sepultura.
La presencia de cuerpos en el Everest mantiene abierto un debate ético: mover un cadáver puede poner en riesgo a los equipos de rescate, y para algunas comunidades locales la montaña es un sitio sagrado cuya alteración se considera una falta de respeto. Por ello, han sido casi siempre familiares y amigos —no las autoridades— quienes han retirado u ocultado los cuerpos, mientras persisten preocupaciones ambientales por la contaminación del agua y el suelo derivada de esta lenta descomposición.
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