Retorné a la ciudad que en su palpitar diario cabía en un cuarto de 3 metros cuadrados. A la ciudad que recorría buscando la historia y la noticia del día. La ciudad que deshacemos y rehacemos. A la ciudad que despierta cada año, cuando le entonamos Las Mañanitas en su aniversario. A la ciudad que se convierte en estatuas, en historia y leyenda.
Han pasado más de 40 años desde que por primera vez pisé aquella habitación de 3 metros cuadrados, la moderna cabina de aquel entonces con su enorme vidriera, escaparate que servía para que propios y extraños nos vieran laborar a marchas forzadas, dentro del nerviosismo natural y la adrenalina que significaba encerrarte para cuatro horas seguidas o más para sacar adelante el turno.
Y hoy repisé el mismo espacio transformado en estanterías, en refrigeradores de quesos y carnes frías. Sentí escalofrío, pues volví inmediatamente al pasado, al reducto donde pasé algunos años de mi vida profesional, donde la carga laboral era a veces de hasta 12 horas y sentí la mirada aguda del licenciado Jorge Ruiz Schubert, gerente general de la estación, siempre al pendiente de cualquier error, cualquier gazapo. Escuché su voz grave, como de barítono, sobre mis espaldas. Ahí donde fue la mejor escuela de comunicación que hubiera buscado. Ahí donde me gradué sin título de por medio, solo mi capacidad y experiencia.
Al traspasar el vidrio de la cabina, vi la figura señera de don Antonio Escobedo Casas, el administrador, quien sobresalió por sus cualidades únicas y extraordinarias de buen hombre, de buen ciudadano.
Escuché la voz del compadre Medina, locutor que se adelantó en el tiempo al establecer una perfecta comunicación “epistolar”, a través de las cartas y la radio, mediante un extraordinario servicio de mensajería verbal entre y con la gente del campo. Programa que logró el reconocimiento nacional por su originalidad y sobre todo por el invaluable servicio que prestaba en momentos en que los caminos vecinales eran malos, no había servicio de telefonía, menos de telégrafo y los rancheros no tenían otra opción que mandar misivas por correo al compadre Medina para solicitar equis servicio o de plano una canción.
Recordé las voces tan amenas y alegres de mis compañeros Juan Gutiérrez de la Peña y José Carlos Agúndiz Hernández, y a quien fuera mi ayudante en el departamento de noticias, quien luego se convertiría en extraordinario vendedor y finalmente, aunque por muy poco tiempo, gerente de la estación, Enrique Heberto Musa González, pues murió muy joven.
Todo cuanto existió en aquella histórica manzana, incluyendo sus altos fresnos y la torre de transmisión, fue destruido y condenado a desaparecer; fue demolido piedra por piedra, ladrillo por ladrillo; doblados sus muros, y destrozada su historia contenida en carretes de cinta magnetofónica o en cuadernillos donde se guardaban celosamente los anuncios que leíamos al aire o las guías con que seguíamos nuestra labor diaria.
Antes de que la piqueta lo derrumbara quise rescatar esos documentos y fue impedido por la ignorancia o el celo de no sé quién, que bárbaramente me lo negó.
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