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Notimex
Publicado el miércoles, 28 de enero del 2009 a las 04:23
La Paz, Bolivia.- Los “hijos de la pobreza” de Bolivia hoy están felices con su nueva Constitución porque –suponen- dejarán de estar excluidos y tendrán acceso a servicios, a decisiones políticas y darán una lucha cara a cara a la discriminación.
Doroteo Cárdenas, un pordiosero indígena aymara que extiende su mano en una de las esquinas de la Iglesia de San Francisco, como intentando alcanzar lo que para muchos es inalcanzable, unas monedas, afirma que, gracias al presidente Evo Morales, puede soñar.
Aunque no reniega de Dios, pareciera que éste lo ha abandonado al tener sólo por fortuna unas andrajosas ropas y calzados que tuvieron mejores tiempos, subiendo o bajando las empinadas callejuelas de La Paz, donde el tiempo parece haberse detenido.
“Una monedita mi jefe, ayúdeme”, dice mientras se alegra al recibir algunos pesos bolivianos para calmar –según él- el hambre que lo tiene mortificado mientras en las calles se habla de un futuro promisorio.
“Yo soy de aquisito (aquí) de El Alto (ciudad vecina a La Paz), pero en realidad nací en Achacachi, la tierra de Los Ponchos Rojos (la guardia campesina del presidente Morales), pero no hay tierras para cultivar y sólo me queda pedir algún dinerito”, apuntó.
Casi de hinojos, con los brazos en cruz y las rodillas apoyadas en el frío pavimento, este indígena de rostro cetrino, ojeroso, con la cabeza cubierta con un sombrero negro, se persigna al recibir las monedas en una especie de ritual andino con influencia española.
Este hombre de pequeña estatura y rugosas manos llega casi todos los días –según cuenta- hasta la Iglesia de San Francisco, un templo religioso construido entre los siglos XVI y XVIII, de culto católico romano situado en el centro de esa ciudad.
A dos calles del área de dominio de Doroteo Cárdenas, Clorinda Sipoc, una mestiza, vendedora de telares, es otra de los denominados “hijos de la pobreza”, quien asegura que sólo en el gobierno de Morales ha recibido un trato digno, “de humanos”.
“Los blancos a veces me discriminan porque creen que por mi vestimenta indígena y mi rostro oscuro soy menos que ellos. Por eso apoyo en todo lo que haga el Evo, porque él no es mentiroso, no roba y sí se preocupa por los pobres”, dice mientras calienta sus manos.
Al igual que el pasado de Morales, Clorinda vive en una casita de adobe y techo de paja, ha arriado llamas, tiene como horizonte el imponente volcán Illimani y desde su hogar domina a su antojo la riqueza o pobreza calle abajo.
El último fin de semana Clorinda “ch”alló” (regó con alcohol y hojas de coca) la deidad del Ekeko, un pequeño personaje que les otorga beneficios a quienes con devoción les piden bienes terrenales.
Lo que Clorinda quiere ahora es tener una casa amplia para que se desarrollen sus hijos, quienes todas las noches tienen que soportar la mordedura del frío y de la miseria que en ocasiones, según confiesa, se van a dormir sin alimentos.
El horizonte de los pobres bolivianos es Evo Morales, el caudillo andino que fue hijo de la precariedad y hoy es la personificación del cambio.
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