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Los no adoptados; crecer en un orfanato

  Por Ruta Libre

Publicado el martes, 17 de octubre del 2017 a las 17:17


Unos 25 huérfanos internos en albergues de Coahuila están a punto de llegar a la mayoría de edad, esperando ser adoptados

Por: Ana Luisa Casas

Saltillo, Coah.- Durante 16 años Leticia Villarreal apagó las velitas del pastel en cada cumpleaños con un solo deseo: ser elegida por unos padres amorosos. Su ilusión era que un día llegara una pareja al albergue y la adoptara, pero ese regalo nunca llegó.

A sus cuatro décadas de vida sabe que no fue la única persona en esa situación, porque como ella, muchas pequeñas crecieron en un albergue rodeadas de religiosas y con estrictas reglas. La mayoría con diferentes historias y una sola meta: vivir en un hogar.

La primera vez que llegó a un orfanato tenía 2 años. Ella y sus nueve hermanos fueron repartidos por su madre en diferentes albergues de la región, luego de que su padre se suicidara por problemas económicos.

Desde entonces permaneció en diferentes albergues acompañada por otros niños y niñas, a quienes también habían abandonado. Comía en grandes comedores y acataba las reglas de monjas que exigían rectitud en su comportamiento.

Pasó cada Navidad acompañada de otros pequeños y de almas caritativas que la ilusionaban con regresar, pero nunca lo hicieron. Aunque recibía regalos costosos donados por voluntarios, nada suplía el anhelo de atravesar las puertas de aquel orfanato. Era la ilusión de una niña que deseaba con ímpetu una familia.

Leticia está muy agradecida con las personas que la cuidaron y alimentaron en los diferentes albergues donde estuvo. Nunca le faltó nada material, sólo el abrazo tierno de una madre para sentirse amada.

“De niña siempre pedía ser adoptada al soplar las velas de mi pastel, lo anhelaba con muchas fuerzas, con todo el corazón; yo veía a otros niños en la escuela convivir con sus madres cada 10 de mayo, mientras yo me quedaba en el salón porque no tenía a quién darle un obsequio”, comparte.

Fue duro crecer en un albergue, admite, porque a pesar de la atención de quienes cuidan, atienden y escuchan a los niños, nadie puede ponerse en su lugar, porque no saben lo demoledor que es sentir que sus padres la abandonaron.

“Saber que tus padres biológicos te hicieron daño o simplemente los vencieron las adversidades para dejarte en un orfanato… pocas veces estas personas llegan a comprender los sentimientos que te invaden desde muy pequeño”, expresa Leticia.

Como todo adolescente, recuerda, a sus 15 años comenzó a ser muy rebelde, les dio mucha guerra a las personas que la cuidaban, aunque cuenta que desde pequeña fue muy traviesa, incluso llegó a escaparse.


EMPEZAR DE CERO

De esa manera se le fue su infancia y adolescencia, viendo cómo matrimonios llegaban por otros niños, hasta que se dio cuenta de que ella ya no sería una candidata, porque comúnmente las parejas buscan a niños o niñas pequeñas.

Entonces decidió salir del orfanato poco antes de cumplir los 18 años. Esperó cada día de su vida a que alguien la fuera a buscar, incluso su propia madre o alguien de su familia biológica, pero una tarde la espera terminó. Decidió conseguir un trabajo, alojamiento y salir adelante completamente sola. Forjarse un destino.

La experiencia de Leticia al abandonar el albergue, al ya no tener esperanza de ser adoptada, fue la de empezar completamente de cero, porque ni siquiera sabía a ciencia cierta dónde nació, sólo que era originaria de San Pedro de las Colonias. No contaba con nada que le perteneciera, ni siquiera una fotografía suya. Tampoco hubo quién la aconsejara.

“Salir era difícil. Por un lado era lo que yo quería. Irme. Probar la libertad, pero por otro sabía que no tenía nada. Ni siquiera dónde caerme muerta”, expresa.

Tuvo muchos trabajos, rodando por aquí y por allá. Se casó y luego se divorció. Viajó a los Estados Unidos y luego fue deportada. La vida le dio grandes lecciones y aprendió a salir adelante, porque desde muy chica se volvió muy independiente.

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Hace poco Leticia se reunió con algunos de sus hermanos biológicos, que por azares del destino, dice, dieron con su paradero a través de redes sociales.
“Fue como encontrarme con desconocidos. No existe ningún vínculo afectivo entre nosotros, cada quien tiene su vida hecha. Como yo era la más pequeña de mis 10 hermanos, no guardo recuerdo alguno”, platica Leticia.

VOLVER AL ALBERGUE

Décadas más tarde, esta mujer de piel morena y ojos de mirada profunda volvió a pisar un albergue para fungir como traductora de los bienhechores estadunidenses que hasta la fecha ofrecen una mejor calidad de vida a niños desamparados, a través de sus donativos en Casa Hogar de la Montaña, A. C. Ella nunca imaginó que se convertiría en la tutora de pequeños que pasan por situaciones similares.

Los fundadores de la Casa Hogar de la Montaña, A. C., Albert y Brenda Gatti, estadunidenses, iniciaron este albergue en Ramos Arizpe y posteriormente adquirieron una propiedad en el ejido El Higo, en donde se estableció formalmente el proyecto, que desde hace casi una década busca dar una familia sustituta a niños que no la tienen.

Los abuelos, como llaman a Albert y Brenda, colaboraron anteriormente en diferentes albergues, y al llamado de sus corazones, decidieron abrir su propia casa hogar. Relatan que antes de que los bondadosos donativos de extranjeros financiaran su construcción, vivieron en un remolque, creyendo en que su sueño era posible, hasta que lo vieron concretado.

Más de una centena de menores fueron canalizados ahí por la entonces dependencia gubernamental encargada de su resguardo, el DIF. La mayoría de estos niños había sido retirada de sus familias por omisión de cuidados o maltrato.

Casa Hogar de la Montaña, A. C. forma parte de los 46 albergues en Coahuila que alojan con familias de apoyo o instituciones a cerca de 320 niños en proceso de reubicación. Es decir, menores listos para ser legalmente adoptados, de lo que se encarga actualmente la Procuraduría de los Niños, Niñas y la Familia (Pronnif).

Sobre el kilómetro 18 de la carretera a Monclova, la estación El Higo apunta a una vereda de terracería hacia las puertas de esta casa hogar, cuyas paredes lucen ilustraciones y huellas de visitantes.

Esta gran casa ofreció hogar a niños desamparados, pues mientras Albert y Brenda Gatti gestionaban aportaciones para financiar sus estudios y alimentación, un matrimonio se hacía cargo de ellos, brindándoles calor de hogar.

“La idea es ofrecer a los niños un hogar, no sólo un sitio dónde dormir, y así el día de mañana que ellos formen una familia, lo hagan llenos de amor y convivencia armónica; para de ese modo romper la cadena de familias disfuncionales”, comenta el abuelo, un hombre que ronda los 70 años.

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Actualmente viven siete adolescentes, entre 12 y 17 años al cuidado de Leticia, después de que dos matrimonios consecutivos decidieran retirarse.

LA VIDA ADENTRO

Un día normal para ellos es acudir a la escuela, preparar la comida, realizar sus tareas escolares y de la casa, en la que después de retirarse sus cuidadores, mujeres y hombres se trasladan a un solo dormitorio, pues anteriormente vivían en instancias separadas.

Establecen roles para limpiar cada área de la casa hogar, que comprende otros tres dormitorios vacíos, una palapa, un patio y canchas.

Registran en un pizarrón su turno para lavar la ropa. Todos respetan en la mayor medida el espacio del otro y pocas veces hay discusiones entre ellos, asegura Leticia.

Pasan las tardes jugando y los fines de semana se trasladan a lugares que llaman “ciudades de cartón” para repartir ropa o juguetes a otros niños.

Tratan de quitarles ese estereotipo de “vulnerables”, pues aprenden a servir y compartir, a sanar con el amor, así se convierten en seres humanos, no sólo en niños abandonados, expresa Leticia mientras prepara empanadas de nuez para los siete jóvenes.

“Quiero que vean la posibilidad que tienen de ayudar a otras personas, aunque no sean su familia. Que sepan que pueden ser una lucecita en la vida de otras personas”, platica.

“Entiendo muy bien su rebeldía, sus rechazos y sus actitudes. Todos manifiestan su sentir de diferentes formas, a veces tristes, enojados o indiferentes. Ambos nos sentimos muy identificados”, agrega.

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“Yo no los trato como víctimas, porque no lo son, no quiero que crezcan pensando sólo en sí mismos y en lo que les pasó, o de dónde vienen. Yo les digo ‘te pasó esto, sí, ¿y qué vamos a hacer al respecto? No vamos a enfocarnos sólo en eso, tienes que salir adelante’”.

Expresa que hay barreras que levantan desde muy pequeños al ser rechazados por sus padres, recuerdos y sentires que dañan las relaciones personales, las habilidades de convivencia, de confianza en otros, hay daños irreparables.

Pero está en ellos derrumbar esas barreras y liberarse a sí mismos para salir adelante.

“También les digo que tienen que ganarse la vida, no sólo extender la mano cuando quieren algo, porque es algo de lo que estoy en contra dentro de los orfanatos; creemos que les faltan cosas, pero reciben a manos llenas, por eso aquí les enseño a que deben ganarse lo que quieren y ser ahorrativos porque la comodidad de recibir se agotará un día”.

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CARGANDO HISTORIAS A CUESTAS

Estos jóvenes cargan consigo historias desgarradoras y aún reflejan en la mirada el daño que a su corta edad les ha dejado el abandono. Historias que sólo le han contado a Leticia.

Adolfo, por ejemplo, fue testigo de cómo su padrastro terminó con la vida de su hermano menor. Cada uno tiene algo que contar.

“Han dicho cosas que me duelen sólo de saberlo, que me han confiado y que no revelaré”, expresa Leticia.

Óscar, de 16 años, recuerda el día en que casi lo adoptan. Esa historia se repitió cuatro veces más después de esa primera, pero nunca se concretó por razones que aún no comprende. Ha pasado ocho años en Casa Hogar de la Montaña, A. C., y aunque le faltan dos años para cumplir la mayoría de edad, tiene decidido abandonar el albergue para buscar un trabajo y probar la vida allá afuera.

El adolescente convivió con los otros matrimonios que lo tuvieron a su cargo, pero sólo con Leticia se ha sentido identificado y ha creado un vínculo afectivo fuerte.

“Una de esas cinco veces en que conviví con familias para ser adoptado me encariñé muchísimo. Me dijeron que no podían tener hijos, pero luego de cuatro meses de que me mudé con ellos, la señora salió embarazada. Un día, sin decirme nada, tomaron mis cosas y me llevaron de vuelta al orfanato”, dice Óscar.

Él vive en esta casa hogar desde los 8 años, después de pasar un tiempo en el albergue del DIF, donde lo enviaron porque su madre lo abandonaba constantemente para drogarse.

Recuerda que un día arribaron agentes de la Pronnif a la casa de una tía. Le pidieron toda su papelería, diciéndole que realizarían estudios; jamás volvió a ver a su madre. Nunca volví a casa, dice Óscar.

POCOS SE QUEDAN

Aunque el abuelo ha gestionado recursos para quienes decidan seguir estudiado una vez cumplidos los 18 años, hasta la fecha nadie se ha quedado después de esa edad. En este tiempo, al menos seis jóvenes más se retiraron. Hay quienes aún los visitan y otros a quienes se les perdió el rastro.

“Las autoridades no tienen la obligación de seguir cuidando a estos jóvenes, es trabajo de las asociaciones como esta si alguno de ellos logra concretar una carrera. De hecho, ellos (las autoridades) sólo envían un poco de acelgas, leche, tomate y otras cosas cada miércoles, como despensa”, dice Leticia.

Sólo dos jóvenes de 17 años que actualmente viven ahí planean quedarse para estudiar una carrera. Alicia quiere ser siquiatra, para buscar a su hermano menor, quien se encuentra internado en algún Centro de Salud Mental en San Luis Potosí.

Adolfo quiere estudiar bachillerato y Medicina. “No quiero arruinar mi futuro por el capricho de probar la libertad, preferiría estudiar Medicina y así ayudar a más personas”, comenta este chico de 17 años. los demás se muestran indecisoa, pues aún desean ser adoptados.

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TRISTE REALIDAD

Según la Pronnif, actualmente existen alrededor de 50 adolescentes institucionalizados, de los cuales, la mitad está próxima a cumplir la mayoría de edad.

“Aunque la mayoría de los menores tenga algún familiar, los niños no pueden regresar a sus núcleos familiares porque fueron víctimas de maltrato y violaciones graves a sus derechos”, explica Yezka Garza, titular de la Pronnif.

Señala que la mayoría de las parejas desea un recién nacido o a un pequeño menor de 8 años, por lo que las posibilidades de ser adoptados también se reducen conforme pasa el tiempo.

“Son las asociaciones civiles quienes hacen una labor extraordinaria con estos jóvenes: los preparan y dan acompañamiento para que al momento de egresar, estén preparados para enfrentar la vida y tengan exitosos proyectos de vida”.

Celina Aldape, otra de las niñas que llegó a la mayoría de edad sin ser adoptada, abandonó Casa Hogar de la Montaña, A. C. hace un año, recibió su papelería y se marchó a buscar su propio proyecto de vida.

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“Yo duré años en la casa hogar. No sabía qué iba a hacer a mis 18 años; ese día llegó de repente y decidí salirme. Al principio me fui a vivir con uno de los matrimonios que nos habían cuidado en casa hogar, pero luego me salí de ahí para vivir con mi novio, al que conocí en un restaurante bar en el que trabajaba”, expresa Celina.

Otro motivo por el que se retiró de la casa de ese matrimonio fue porque ya no quería estudiar, así que buscó un trabajo, lo cual fue difícil en un principio, porque no encontraba nada, incluso pasó días sin comer.

No fue fácil, porque tenía que estudiar y trabajar. No era como en la casa hogar, que sólo estudiaba. Así se dio cuenta de que era difícil estar afuera, que no se trataba de “¡ay!, estos tenis ya no me gustan, que me compren otros”, sino de trabajar por esos tenis que quería.

Por eso, a la fecha, le agradece a Dios el cuidado de esos años y la fuerza para seguir adelante a pesar de todo.

¿CÓMO SEGUIR ADELANTE?

Al salir del hogar para armar su propio proyecto de vida, Celina descubrió que ese horizonte, que es la mayoría de edad, la había acercado a la posibilidad de tener lo que nunca tuvo: una familia.

Hoy está aprendiendo a cuidarla, a construirla, y evita repetir los mismos errores que tanto marcaron su infancia. Es madre de una pequeña de apenas 3 meses. Está casada con Miguel, a quien dice amar y ver en él a un hombre honesto. Se siente amada porque ya es parte de una familia.

Para todo eso nadie los prepara. No existe seguimiento de ninguna institución u organismo que se cerciore de que esos jovencitos, que pasaron toda la vida en un albergue y que no fueron adoptados, continúen con una mejor vida.

En México no es como en Estados Unidos u otros países europeos, en los que el Gobierno se convierte en tutor con programas de seguimiento, con una pensión, un lugar dónde vivir, apoyos gubernamentales para que estudien o trabajen. No, aquí sólo se les deja ir y ya.

Según la Red por los Derechos de la Infancia en México, han llegado a registrar al menos 29 mil 310 menores de edad que no cuentan con cuidados familiares ni institucionales de algún tipo, sorteando la vida sin ningún tipo de apoyo.

Y la cifra va al alza, porque cada vez son más los que se integran a la vida social, abandonando albergues en donde nadie los adoptó. Según el más reciente Censo de Población y Vivienda del INEGI, se tiene registro de más de 30 mil menores de edad huérfanos internados en algún tipo de casa hogar en espera de ser adoptados.

Sin embargo, de acuerdo con una entrevista que la revista Tres Punto Cero realizó a la sicoanalista, especialista en niñez y voluntaria de Unicef, Sofía Aznar, no todos van a ser adoptados, porque las parejas buscan bebés.

“Si de por sí ya es difícil que los bebés sean adoptados, mucho más lo es cuando el menor pasa de los 4 años, al llegar a la adolescencia, lamentablemente existe 99% de posibilidad de no poder formar parte de una familia. Para la mayoría de edad no les quedará más que salir al mundo y valerse por sí solos, lo cual genera en muchas ocasiones problemas de conducta, debido a la soledad y al evidente abandono”, dijo en entrevista Aznar.

Además está el problema de los obstáculos a los que se enfrentan las parejas que buscan adoptar a un menor, entre ellos el problemático y burocrático sistema de adopciones en México, la ausencia de una política nacional sobre adopción y un lento proceso para transferir la custodia de un menor.

Coahuila no es la excepción. Casos como el de Leticia o Celina hay muchos en los albergues de todo el estado. Actualmente, por ejemplo, hay alrededor de 25 menores a punto de cumplir la mayoría de edad.

Se trata de niños y adolescentes que todavía pasan navidades y cumpleaños deseando como único regalo ser adoptados. Y nadie sabe si lo van a recibir.

JULIO ES PURO CORAZÓN

JULIO

Julio César Muñoz también creció desde su infancia en diferentes albergues. Un día, a sus 11 años, llegó a Casa Hogar Puro Corazón, ubicada en el Centro de Ramos Arizpe, para encontrar la familia que siempre quiso.

La guardia y custodia de niños como Julio, que han rebasado la edad promedio para ser adoptados, es cedida por el Gobierno a los representantes de estas casas, donde prácticamente son adoptados por ellos.

La primera vez que llegó no sabía ni siquiera en qué parte de Coahuila se encontraba. Cuenta que anteriormente estuvo en el albergue Ejército de Salvación y en el albergue del DIF, llevado ahí por omisión de cuidado para luego ser trasladado a esta casa, donde pasó sus últimos 10 años de vida.

“Yo le doy gracias a Dios por haber llegado aquí porque ellos son mis hermanos y mis padres”, comenta con referencia a los 20 niños y niñas de entre 7 y 17 años que son parte de esta casa hogar; y al pastor Miguel Vázquez y su esposa, fundadores de la Casa Hogar.

En el albergue del DIF donde vivía, platica, hay una cocinera, un conserje y un chofer, en esta casa sólo somos mis hermanos y mis padres. Por eso es una casa como cualquier otra. Entre sus recuerdos más divertidos están las navidades que pasó ahí y el viaje a la playa de Puerto Vallarta que concedieron a él y sus 20 hermanos un verano.

“Aquí encontré la familia que deseaba tener, me siento amado y protegido”, dice sonriendo, y aunque sabe dónde encontrar a su madre biológica, nunca ha sentido la necesidad de hacerlo, para él no existe otra familia. 

Hace unos meses cumplió la mayoría de edad y, aunque al llegar a esta casa hogar le dijeron que podría retirarse a los 18, años ha decidido continuar viviendo en Casa Hogar Puro Corazón y estudiar la carrera de Medicina.

“Yo no sé cómo le hace papá de una u otra forma nos dio educación a mí y otros hermanos que ya no viven aquí, unos hermanos que ya trabajan en empresas de renombre y vienen de vez en cuando”, comenta.

Él y al menos cuatro jóvenes más han cumplido la mayoría de edad, pero decidieron quedarse y continúan estudiando una carrera profesional, mientras que otros de sus hermanos que cumplieron los 18 años se alejaron, se mantienen de oficios al perder la oportunidad de seguir estudiando.

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