Internacional

Publicado el viernes, 25 de marzo del 2011 a las 20:39
Dubai, EAU.- Las revueltas árabes defenestraron a presidentes y amenazan a otros, pero los monarcas parecen resistir hasta ahora al deseo de cambios que se propaga desde el norte de África hasta el Golfo Pérsico.
Esta paradoja se se explica por las tentaciones dinásticas de los jefes de Estado destituidos y por la legitimidad, todavía conservada, de los soberanos que se mantienen aún en el poder.
“Es evidente que los manifestantes políticos apuntaron primero contra los presidentes”, subrayó un experto de Brookings Institute en Doha, Salman Shaikh.
El primero en caer fue el tunecino Zine Al Abidine Ben Ali, seguido del egipcio Hosni Mubarak. Actualmente, la ira de las protestas se dirigen hacia el presidente de Yemen, Ali Abdalá Saleh, el de Siria, Bashar al Asad, o el de Libia, Muamar Gadafi.
“La gente se insurge contra los regímenes presidenciales que querían convertirse en familias reales”, señala Mustafá Alani, del Centro de Investigación sobre el Golfo Pérsico en Dubái.
Ben Ali y Mubarak pretendían dejar su cargo a un miembro de sus respectivas familias, mientras que Saleh ya había manifestado su deseo de ver a su hijo sucederle.
Esta transmisión de poder dinástico, en principio, ajeno al régimen republicano, llevó al presidente sirio, Bachar al Assad, a sustituir a su padre Hafez, en 2000, lo que provocó otro malestar en Damasco.
Las protestas ya han empezado en Siria para reclamar reformas al régimen de Damasco.
En Argelia, el presidente Abdelaziz Buteflika, en el poder desde hace 12 años, se enfrenta a una creciente oposición que lo acusa de abuso de poder. El mandatario argelino pretende presentarse a otro mandato de cinco años en 2014.
En Libia, la rebelión armada, que cuenta con el apoyo de los países occidentales, intenta poner a casi 42 años del régimen autoritario de Muamar Gadafi, cuyo hijo Seif al Islam aparecía como heredero designado.
“Los gente se subleva también contra dirigentes llegados al poder como revolucionarios y que se han convertido con el tiempo en tiranos”, precisó Jamil Mroue, periodista que vive en Abu Dabi.
Además de la ira de los pueblos, la intervención de los ejércitos en Túnez, Egipto y Yemen, al lado de los manifestantes, cumplieron un papel esencial para defender los derechos de sus ciudadanos.
Por otra parte, las monarquías de Marruecos, Jordania o los reinos petroleros del Golfo siguen sin mostrar signos de nerviosidad, aguantando el vendaval popular, aunque han emprendido reformas.
En Bahréin, la manifestación contra la dinastía sunita por los chiitas -mayoritarios- empezó a ser reprimida cuando las exigencias de mayor participación política por los manifestantes se transformaron en llamamientos a la caída de la familia real.
“Las monarquías disfrutan de una mayor legitimidad y mayor estabilidad asociadas a sus raíces en las sociedades tradicionales”, indicó Shaikh.
Además, el proceso de traspaso de poder, aunque sea opaco y, con frecuencia, objeto de negociaciones internas, no se cuestiona.
“Un rey tiene el derecho a transmitir el poder a su hijo o su hermano. Sin embargo, los monarcas deben realizar la reforma si quieren resistir. Su legitimidad histórica no los protegerá siempre”, explicó Alani.
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