Cuando socorristas de la Cruz Roja de Saltillo se pusieron en huelga fue un hecho histórico en la vida de la humanitaria institución.
Un puñado de 50 heroicos personajes, entre enfermeras, socorristas y médicos, decidieron parar labores en apoyo a dos de sus compañeros que habían sufrido lesiones en el cumplimiento de su deber.
Así lo recuerda Fernando Fuentes del Bosque, quien fungía como jefe de “los salvavidas” locales: fue en la década de los años 70 del siglo pasado, cuando una ambulancia salía para cubrir un accidente. No había rodado mucho cuando en la esquina de Rayón y Presidente Cárdenas, un despistado automovilista no respetó la sirena de la unidad, lo que representa vía libre por la urgencia del caso.
Resultaron lesionados de consideración el chofer de la ambulancia de nombre Mario y el socorrista Fermín García Blanco, sordo, y que a señas se hacía entender, muy famoso en la corporación y en la ciudad.
Era la época en que ellos y otros jóvenes egresados de la secundaria Nazario S. Ortiz Garza cumplían una misión heroica donde la vocación de servicio superaba la limitación técnica; eran hombres y mujeres que, armados con más corazón que equipo, sentaron las bases de la ayuda humanitaria moderna de la ciudad. Eran voluntarios y por ende no recibían un salario. Sólo los choferes cobraban un sueldo.
Recuerdo el relato de un conductor de una ambulancia de la Cruz Roja que acudió entre las primeras personas al accidente ferroviario de Saltillo en octubre 4 de 1972, donde murieron cientos de personas y cientos más heridos. “No contábamos con equipo para esos menesteres. En la ambulancia sólo cargaba un machete”.
Fernando Fuentes del Bosque, socorristas de la “vieja guardia” de los años 70, dice que decidieron parar actividades porque inexplicablemente las monjas que dirigían y administraban la institución de la Cruz Roja local, no permitieron la atención de los dos compañeros lesionados, los que tuvieron que ser internados en la clínica del doctor Torres Velázquez en la esquina de Acuña y Corona.
Estos, como otros socorristas se caracterizaban por ser voluntarios genuinos, movidos por una necesidad interna de salvar vidas, arriesgando la propia sin esperar nada a cambio, atendiendo a heridos o otros incidentes, sin importar su bando, credo o condición social, convirtiéndose en un símbolo de esperanza para las víctimas, rescatando a personas en montañas, incendios y accidentes.
La anécdota
Fernando fue testigo de un asesinato atroz. A sus 18 años, como socorrista, acompañó al chofer de la ambulancia de la Cruz Roja a un llamado de auxilio urgente. Un hombre amanzante tenía arrinconada a su mujer en la confluencia de las calles de Bolívar y Matamoros en el corazón del barrio Águila de Oro, armado con un filoso cuchillo.
Fuentes del Bosque intentó convencer al individuo de dejar atrás la intentona, pero en lugar de eso y en presencia de los socorristas de la Cruz Roja, apuñaló a la mujer en varias ocasiones, quien murió minutos después sin que los ambulantes pudieran hacer algo para llevarla a un hospital, pues el sujeto de marras no les permitía acercarse.
“Sentí un miedo extremo o un terror intenso al ver brotar a borbotones la sangre a la altura del corazón de la mujer, que se desangraba. Murió ahí, víctima de las heridas que le provocaron un choque hipovolémico o hemorrágico. El terror no me permitió conciliar el sueño por varias noches”.
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