Saltillo

Publicado el domingo, 11 de mayo del 2025 a las 04:00
Saltillo, Coah.- En el corazón de muchas casas mexicana, la figura materna ha sido, durante generaciones, el hilo invisible que lo sostiene todo: el abrazo tibio, la voz que calma, la presencia que no falla. Ser madre ha sido también un acto de amor casi sagrado, pero igual una “obligación incuestionable”, una historia escrita por otros. Hoy, esa historia comienza a reescribirse. Las maternidades en México ya no caben en una sola definición. Son múltiples, diversas y profundamente humanas. Algunas mujeres abrazan la maternidad con pasión, otras la viven con dudas, y muchas más la eligen —o no— desde la libertad.
De acuerdo con María Casas, dula (persona que apoya durante el embarazo), la maternidad ha evolucionado y se puede percibir desde la forma de acompañar el proceso de los infantes. Hay maternidades adoptivas, biológicas, deseadas, no deseadas, hay maternidades sociales, por ejemplo, cuando una abuela se tiene que hacer cargo de los nietos por alguna circunstancia, pero no son sus hijos directamente y está ejerciendo la crianza de esos niños.
La maternidad elegida, las lesbomaternidades, la subrogada, y la maternidad adoptiva, además de la maternidad infantil, genera que no todas sean aceptadas por lo que es tarea de la sociedad deconstruir el estigma de la madre abnegada que anteponía su vida a la maternidad.

De acuerdo con su experiencia como docente en el albergue en Casa Cuna del DIF y como fundadora del colectivo La Manada, María percibe dos polos dentro de la maternidad que van desde las abuelas que buscan apoyo porque sus hijas no pueden hacerse cargo de sus nietos y deciden asumir la crianza para que estos niños no vayan a un albergue, y también las madres autónomas que se convirtieron autónomas en el camino que, cuando eligieron ser mamás, fue una decisión consciente e incluso la mayoría con parejas que también decidieron ser papás, pero en el camino se quedaron solas.
“ Hay mamás que están en pareja con el padre de sus hijas o hijos, pero que están criando de forma autónoma porque la carga mental, física y económica cae sobre ellas. Y bueno, también por otra parte, vemos a las mamás que son mamás por elección y que por elección también decidieron ser autónomas”, explicó.
La entrevistada reconoció que en los tiempos modernos es difícil que una madre cumpla con las expectativas sociales por lo que constantemente son señaladas por otras personas y cuestionadas por su forma de maternar.
“ Yo siempre les digo: ‘Bienvenida a la maternidad, donde te juzgan por todo’. Siempre va a haber algo que te señalen porque si usas pañales ecológicos, porque si no los usas, porque les das chatarra, porque no les das chatarra, porque les diste azúcar antes de los 2 años, porque les pones pantallas, porque andan descalzos, porque no los dejas ensuciarse. O sea, por todo y por nada te van a criticar”, dijo la experta en maternidades al tiempo que reconoció que esto es parte de la evolución.
“ Es algo muy interesante lo que sucede con la maternidad porque somos otras mamás las que juzgamos a las mamás. Por ejemplo, la abuelita que me dice: ‘es que déjalo llorar porque si no llora no va a desarrollar bien los pulmones’, cuando esta generación sabe que eso es un mito completamente y que al dejar llorar a un bebé genera un montón de cortisol que afecta sus conexiones neuronales.
Entonces, lo ideal es evitar que llore. Pero, entonces, si lo haces así, pues estás criando mal, no sabes… Lo estás chiflando. Y a veces también poner límites es difícil porque cuando lo intentas tu red de apoyo se empieza a cerrar y una mamá necesita una red de apoyo”, puntualizó.
Reconoció que “históricamente es imposible criar en soledad”, aun y cuando ser mamá autónoma sea por elección.
“ Independientemente si estás en pareja o no, tú necesitas amigas, otras mamás, una red de educación, o tu familia, tus hermanas, las vecinas. O sea, es imposible mantener una higiene de salud mental si estás criando a solas. Es decir, no hay una súper mamá, ¿no?, que se puede encerrar con su hijo y decir: ‘yo puedo sola’”, advirtió Casas.

Y aunque todas las maternidades podrían construirse desde la autonomía, existen aquellas mujeres que, por decisión propia, eligen criar solas, sin el acompañamiento de una pareja. Tal es el caso de Michelle Orozco, quien desde hace un año enfrenta, con fuerza y ternura, los retos cotidianos de la maternidad en solitario.Con su hijo en brazos, Michelle recuerda que, cuando se enteró del embarazo, ya estaba separada del padre del niño. Fue una decisión que tomó por su salud mental, priorizando su bienestar emocional. Aunque durante la gestación hubo un acompañamiento respetuoso, desde el principio tuvo claro que deseaba maternar sola.
“ Yo tomé esa decisión ya con el tiempo, porque igual embarazada sí me asusté y sí quise ayuda. Pero en mi caso, el papá del niño ya tenía dos hijos y estaba luchando por su custodia. A mí se me hacía demasiado: pasar de estar sola, soltera, sin plan de hijos, a ser madre de tres. Entonces, cuando nació mi bebé, decidí que quería quedarme en mi casa con él”, compartió.
Hoy, a sus 30 años, Michelle reconoce que la responsabilidad de criar ha sido difícil, pero no imposible. Considera que le ha ido bien en este camino, gracias al cuidado emocional que ha procurado tener para sí misma, la terapia y el apoyo familiar, especialmente de su padre y hermanos.
“ Desde el principio el niño y yo nos fuimos acomodando. Al mes de nacido me regresé a mi casa y ahí estuvimos solos. Me he ido adaptando a él y no quisiera mover nuestra rutina, porque me ha costado mucho construirla”, dice con una mezcla de firmeza y ternura.
La llegada de su hijo transformó sus prioridades. Donde antes había gastos personales, ahora hay inversión total en el bienestar de su hijo.
Michelle trabaja incansablemente para cubrir sus necesidades, incluso más allá de su empleo principal. Con varios emprendimientos simultáneos, busca asegurarse de que a su hijo nunca le falte nada.
“ A veces siento que lo tengo mucho aquí en el trabajo y me da culpa… Me da sentimiento. Siento que no me alcanza. Pero aquí al menos no pasamos hambre, porque de aquí comemos. Y si no me alcanza, vendo cosas, tengo cuatro o cinco emprendimientos… siempre estoy viendo de dónde sacar. Gracias a eso, hasta ahora, no nos ha faltado nada.”
Pero además del esfuerzo económico y emocional, Michelle también ha enfrentado otro desafío: la mirada ajena. La sociedad aún carga con prejuicios hacia las madres que crían solas, y muchas veces se les cosifica o se les ve como si estuvieran incompletas.
“ A todo esto que es nuevo para mí, súmale el acoso. No es que me señalen todos los días, pero a veces no sé cómo lidiar con eso. A veces, hasta decir ‘buenas tardes’ ya es para alguien un ‘¿querrá papá para su hijo?’”, confiesa.
Con firmeza, Michelle subraya que maternar de forma autónoma no significa que nadie la quiso, sino que fue ella quien eligió ese camino y asumió con responsabilidad y amor las consecuencias de sus actos.

Juana María Plata Palomo es educadora de preescolar y, desde hace algunos años, también se convirtió en mamá. No en el sentido tradicional —no parió ni adoptó legalmente—, sino por una elección profunda del corazón. Su historia comienza después de una serie de intentos fallidos de ser madre con su antigua pareja; tratamientos, trámites de adopción, y finalmente una ruptura que la dejó con el duelo doble del amor perdido y la maternidad frustrada.
Poco después, la vida le presentó otra posibilidad. Pues conoció a quien hoy es su pareja, un hombre viudo y padre de cuatro hijos. “Fue algo que no esperaba”, dice Juani. Los niños, en ese entonces, eran muy pequeños: cuatro hermanos que habían quedado bajo el cuidado de su abuela. Con el tiempo, su pareja propuso que vivieran juntos y se hicieran cargo de ellos como familia. Ella aceptó, ilusionada.
“ De ser sola, con mi perrita, pasé a tener tres niños en casa. Y después, la más chiquita también llegó. No fue fácil, era una dinámica completamente nueva para mí.” Aprendió a lidiar con sus carácteres distintos, sus rutinas, sus emociones. No buscó sustituir a nadie, sino crear algo nuevo: “Yo no iba a llegar a mover nada, sólo quería que nos respetáramos”.
Con los años, Juani no sólo compartió responsabilidades, sino también afecto, límites, rutinas, juegos, llantos, aprendizajes. Poco a poco, los niños comenzaron a llamarla “mamá”, sin que ella lo pidiera. “Yo les dije que no era su mamá, pero que, si querían, podía ser su mamá del corazón. Y así es como me dicen ahora”.
La vida cotidiana, sin embargo, fue demandante. El estrés y la sobrecarga derivaron en una crisis de ansiedad que la obligó a poner límites, a separarse físicamente de esa casa, aunque no del vínculo. Hoy en día sigue presente: ve a los niños los fines de semana, lleva a la menor al kínder, asiste a festivales escolares. Juntos han creado una familia que desafía las definiciones convencionales, pero que se sostiene con amor, presencia y elección mutua.
“ Muchas veces pensamos que somos nosotras quienes adoptamos, pero en este caso siento que ellos también me adoptaron a mí.”

Desde que su hija Ana Victoria nació, Victoria Castro ha tenido que enfrentar no sólo los desafíos de la maternidad, sino la soledad de vivirla en un país extranjero, lejos de su familia y de la red de apoyo cercana que muchas mujeres dan por sentada al ser madres. En su caso, la ausencia de su madre, sus amigas y las mujeres que siempre la rodearon, ha transformado la experiencia de ser madre en un reto aún más complejo.
“ El hecho de estar lejos de casa es algo que muchas veces no se visibiliza”, comparte Victoria, quien, aunque tiene un sistema de apoyo virtual, reconoce que la distancia crea una barrera emocional y cultural difícil de superar. “Aquí en Texas, hay muchas mamás latinas que sienten lo mismo. Se habla mucho de la maternidad, pero la soledad que conlleva vivirla lejos de tu gente no se menciona”, explica.
En medio de su maternidad primeriza ha vivido momentos de desamparo, particularmente en los primeros días de postparto. “A veces, las adversidades no sólo tienen que ver con el bebé o con los problemas de crianza, sino con lo que vives como mujer. La depresión postparto fue algo muy fuerte para mí, especialmente por estar sola. El papá de Ana Victoria ha estado presente, pero hay cosas que, por más de que quiera, no puede entender”, dice. En ese proceso de cambio físico y emocional, la distancia de su madre y de su círculo cercano la hizo sentir más vulnerable.
La mujer, de 35 años, se apoyó en la tecnología para hacer más llevadero el proceso. “Las traducciones online, los grupos de mamás latinas, y las redes sociales han sido fundamentales”, dice.
Sobre el apoyo moral que ha recibido de su pareja, reflexiona: “Es complicado, porque las diferencias culturales también están presentes. Él lo ve como ‘ay, qué bien que ayudo’, pero no es lo mismo que ser un padre responsable, comprometido y cercano a los procesos de la crianza. Es algo que aún estamos aprendiendo, y sé que será un camino largo”.
A pesar de todo, tiene claro que su hija crecerá en la cultura mexicana. “Mi sociedad, mi familia, mi gente, son lo mejor que puedo ofrecerle”, señaló.

Cuando Karina Salas y Alejandra Rodríguez decidieron caminar juntas en esta aventura de la maternidad, sabían que su amor no sólo las involucraba a ellas, sino también a una familia diversa y llena de matices:
Ambas tuvieron hijos de relaciones previas, pero unidas por el compromiso de criar y cuidar a los suyos como una sola familia. “Es un poco difícil”, confiesa Karina con una sonrisa que refleja la paciencia que se ha forjado a lo largo de los años, “pero siempre lo que tratamos de hacer, Alejandra y yo, es consensuarlo todo”.
Las diferencias entre las costumbres de cada una no han sido barreras, sino puntos de encuentro. Cada una se encarga de la crianza de sus propios hijos, pero la vida familiar va más allá de eso: “Venimos de matrimonios anteriores, y aunque cada una se ocupa de lo suyo, siempre hay apoyo. Desde el tema escolar hasta los paseos, todo lo hacemos como familia”. Y lo que en un principio parecía una convivencia de mundos distintos, hoy es una familia que se ha consolidado de una manera única.
La estructura familiar es tan diversa como hermosa: tres hijos de Karina, tres de Alejandra, y una nieta que también es parte de la dinámica. A este grupo se le suma la mamá de Karina, quien, con Alzheimer, también ocupa un lugar fundamental en la familia. “Somos una gran familia de diez”, dice Karina, con una mirada que denota la unión y fortaleza que han construido.
A pesar de la armonía que logran transmitir, no todo es fácil, y no están exentas de los roces que surgen en cualquier familia. Las pequeñas diferencias, los desacuerdos sobre la crianza, las decisiones diarias, a veces afloran. “Sí, ha habido roces, como en cualquier familia. A veces es difícil no ponerme a la defensiva cuando se trata de mis hijos”, explica Alejandra. “Pero lo importante es hablarlo, llegar a acuerdos. Al final, el amor y el respeto son lo que prevalecen”.
De sus experiencias anteriores con sus parejas heterosexuales, ambas coinciden en que la maternidad nunca ha sido sencilla. “Antes era una madre autónoma, me encargaba de todo”, recuerda Karina. Y Alejandra añade: “No había ese apoyo, esa colaboración que ahora sí tenemos. Antes todo era más complicado”.
Hoy, como pareja, todo se vuelve un equipo: “Nos repartimos las responsabilidades, nos apoyamos mutuamente en lo que podemos. Yo me ocupo de las matemáticas y ella de las letras. Y si uno de los niños tiene algo que no sabemos, buscamos la manera de que todos aprendan y crezcan juntos”, dice Alejandra, señalando cómo, sin importar la asignatura, la complicidad entre ellas fortalece la crianza.
Para ellas, no existe distinción entre los hijos, no importa de quién sean. “Las reglas son las mismas para todos, y todos se defienden entre sí”, comentan, con una claridad de propósito que hace que su familia funcione con una armonía admirable. “Es como si todos fuéramos uno solo, con sus diferencias, claro, pero unidos”, dice Karina.
En cuanto al tema de las redes de apoyo, Karina y Alejandra resaltan la importancia de quienes las rodean: “Hubo algunas amistades que no lo entendieron, pero las que quedaron, se han mantenido firmes. Ellas nos apoyan incondicionalmente, y nuestros hijos también”, explica Karina. “Mis hijos siempre me han apoyado, incluso mi hija mayor me dijo, ‘No te preocupes por lo que digan los demás, lo importante es que tú seas feliz’”, relata conmovida.
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