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Redacción
Publicado el sábado, 21 de marzo del 2015 a las 15:02
CECILIA RIVAS | Saltillo.- Gustavo Oblano tenía 13 años la primera vez que desarmó un reloj. Desde siempre le había llamado la atención el reloj ferrocarrilero, el de cuerda y esas piezas pequeñas que los conformaban, las cuales aun siendo tan minúsculas hacían funcionar todo. No dudó cuando le ofrecieron empleo en una relojería, pese a que su ocupación se limitaría a barrer la acera del negocio.
“Un día, de repente, mi jefe me pidió que desarmara un reloj. Yo lo hice sin dudar mucho. Cuando se lo entregué, me lo regresó de inmediato y dijo ‘ahora sí, ármalo otra vez’. Entonces sí me asusté. Cualquiera puede desarmar un reloj, pero son pocos los que saben arreglarlo”. Esa fue la primera lección que aprendió hace ya 50 años.
A partir de entonces, su patrón se convirtió también en su maestro y le enseñó todo sobre la profesión.
Cuando Gustavo abrió su propio negocio en la calle Juan Aldama, fueron muchas las personas que se acercaron a él y lo escogieron como su “relojero de cabecera”.
“Relojeros éramos muchos, alrededor de 50 en toda la ciudad; hoy quedamos sólo cuatro”, dice. Hace 20 años, Gustavo se instaló dentro del Mercado Juárez.
Hoy, los relojes de pila han remplazado a los de cuerda y la gente cada vez compra menos, pues los celulares también fungen como tal, por eso opina que desbancaron este trabajo y la gente ya no aprecia su profesión.
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