Al rendir su Quinto Informe de Gobierno, Miguel Ángel Riquelme abrió el capítulo final de su gobierno y, en forma paralela, el primero del próximo sexenio.
Mientras soplan con fuerza los vientos de la transición estatal, conviene detenernos en las fortalezas y debilidades de un gobierno que, en su declive, enfrentará sus momentos más tensos con la sucesión más comprometida en la historia de Coahuila.
Uno de los méritos notables de Riquelme ha sido mantener el control político del Estado, a pesar de la sospecha de que su antecesor, Rubén Moreira, dirigía la vida política estatal en los primeros años del sexenio.
A final, Riquelme logró sacudirse esas sombras. Los resultados de las elecciones intermedias, —el PRI recuperó espacios importantes, como las alcaldías de Torreón y Piedras Negras, y se llevó el carro completo en los distritos locales— fueron la mayor muestra de asentamiento del mandatario.
Otro de sus logros palpables fue la forma de sobrellevar la pandemia. Con un buen equipo de operadores en materia de salud y atención pública, libró en buenos términos la crisis sanitaria a pesar de las insuficiencias presupuestarias y la falta de apoyos federales.
De hecho, la falta de presupuesto fue la constante del sexenio. La deuda monumental de 40 mil millones de pesos heredada por los sexenios de Humberto y Rubén Moreira redujeron al mínimo los márgenes de acción de Riquelme. Ante los apremiantes pagos de la deuda, la consecuencia principal es clara: la obra de infraestructura brilla por su ausencia. No hay nada para presumir en esta materia.
En un país erosionado por la violencia, quizá el máximo logro del mandatario haya sido la seguridad pública. La estrategia, la coordinación con el Ejército y la voluntad de enfrentar a los cárteles han sido tres elementos fundamentales para generar un clima de seguridad para los ciudadanos y los inversionistas.
En sus pasivos personales, Riquelme deberá subrayar uno: no logró construir un proyecto propio con miras al futuro. Curiosamente fue en su tierra, La Laguna, donde encontró más dificultades para desarrollar lo que pudo ser su proyecto estatal. No formó un grupo político cercano, hermético, para planear la transición con solidez. Tampoco pudo, como se preveía, promover a un lagunero para la gubernatura.
Ahora, rumbo a su sexto año, al Gobernador ya no le importa tanto el Estado como idea de desarrollo y bienestar social. Todas sus pilas están enfocadas a mantener el poder. Opera, sin embargo, en un estado de cosas comprometido: un escenario electoral difícil; un grupo incierto de operadores y un candidato cuyas mejores cualidades para competir aún están por verse.
Al final, quizá los caprichos de la historia terminen por juzgar a Riquelme no tanto por lo que hizo o dejó de hacer en seis años, sino únicamente por un hecho: la forma de manejar su sucesión y el nombre de la persona a quien le dejará el poder. El futuro está por escribirse.
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