Monclova
Publicado el miércoles, 7 de enero del 2026 a las 04:06
Monclova, Coah.- El miedo a la muerte, la incertidumbre, pero también la esperanza, la fe y el amor a Dios, son sentimientos que viven a diario los pacientes con cáncer y quienes han encontrado en el enfermero Rodolfo, una balsa para nunca dejar de luchar, por más adverso que se vea el diagnóstico.
Rodolfo MartÍn Narváez Cepeda, tiene 44 años de edad, de los cuales 26 ha dedicado a la profesión que le apasiona: la enfermería y como él lo relata “no hay un rincón del IMSS que yo no conozca, que no sepa cómo funciona”.
Sin embargo, llegar al Centro de Infusión de la Clínica 7 del IMSS, ahí donde se aplican quimioterapias como parte de una lucha sin cuartel y contra el tiempo para salvar vidas; ese espacio marcó la vida profesional de Rodolfo, porque es un área donde si bien es cierto se relaciona con la muerte, también es un espacio donde la gente se aferra a lo único que tiene; la fe en Dios y en la medicina para salir adelante y permanecer con vida.
“Que un paciente te diga no me quiero morir, es algo que me parte el alma, he llorado con mis pacientes, pero aprieto su mano y les digo; aquí está Dios con nosotros, no te vas a morir, vamos a luchar juntos”; dice, mientras su voz aún tiembla de tristeza al recordar a los pacientes que, a pesar del esfuerzo, partieron de este mundo.
Durante casi tres años, el enfermero Rodolfo permaneció en esa área donde cada minuto cuenta, donde una sonrisa o una palabra de aliento, dan vida a los pacientes que sentados en un sillón reciben quimioterapia, mientras afuera sus seres queridos rezan para que no se vaya, que no se rinda.
Desde que me asignaron ahí -explicó- sentí conexión con los pacientes, hice cambios pensando en ellos, los junté por diagnóstico para que platicaran y se dieran ánimos, y hasta festejé sus cumpleaños, ahí, durante el proceso de quimioterapia, les llevaba pastel, gorritos de fiesta, les ponía música con las Mañanitas, ellos reían, cantaban, se abrazaban y para algunos eso fue su última celebración de cumpleaños.
Rodolfo recuerda a Juanita, una paciente con cáncer de estómago, a ella le hizo fiesta un martes ahí en su sillón donde recibía la quimioterapia y tres días después falleció, pero dice sentirse satisfecho porque formó parte de los últimos momentos felices de su paciente.
“Aquí en el trabajo nos reconocen y nos dan diplomas y eso es muy bonito, pero que la familia de un paciente fallecido me diga que fui un ángel en la vida de su mamá, hijo o hermano, eso me llega al alma y no tiene precio”, manifestó emocionado.
La gran experiencia de Rodolfo frente a las enfermedades, lo llevan a saber o por lo menos percibir que el paciente está en la línea de la muerte, mientras lo ve luchar intensamente por su vida.
“Nunca dejo de luchar junto con mis pacientes, aunque vea que su oportunidad es poca y el final está cerca, les digo que me hablen de su vida, de sus alegrías, de sus triunfos, de las metas cumplidas, de sus satisfacciones, de sus hijos y familia, tomo sus manos y les digo, tu legado sigue y vamos a luchar juntos hasta que Dios quiera”.
Es bien difícil -dijo- que un paciente te vea a los ojos y te diga no me quiero morir, yo les digo no tengas miedo, abraza a Dios y dile que estás en sus manos, nunca dejo a mis pacientes en la etapa más difícil de su vida.
Dice que Dios es muy grande y recuerda a doña Mary, una paciente que tiene el cáncer esparcido en casi todos sus órganos, lleva dos años desahuciada, vive sola y a diario le dice que no se quiere morir y ahí sigue luchando por su vida todos los días.
Y es que Rodolfo mantiene un grupo de WhatsApp con sus pacientes, donde a diario se dan ánimo, intercambian saludos, pláticas y anécdotas, pero sobre todo comparten la fe en Dios.
Juan, era paciente de Rodolfo, ahí en la sala donde se lucha contra el cáncer todos los días, era un joven de 16 años, con un avanzado cáncer de estómago, recibía sus quimioterapias pero un día su enfermero Rodolfo se dio cuenta que ya no iba a vivir por mucho tiempo, pero junto con él se aferró a su vida, efectivamente la triste noticia se la dio el padre del joven unos días después.
“Ese caso me dolió mucho, lloré muchísimo, ese día no fui a trabajar y fue cuando mi jefa se dio cuenta que esa cercanía con los pacientes, esa lucha cuerpo a cuerpo contra el mal, me estaba afectando mentalmente, lloraba por todo y estaba nervioso, por eso me cambió de área, pero a través del grupo de WhatsApp yo sigo en contacto con ellos, me enojé cuando me sacaron de ahí pero hoy digo que fue lo mejor, porque ya no estaba
El Covid, es otra historia…
El enfermero del IMSS describe la terrible experiencia con el Covid 19, una pandemia que no vieron llegar, que cayó en la Clínica 7 en marzo del 2020 y le hicieron frente, sin siquiera cubrebocas.
Llegó el momento -dice- que las áreas del IMSS estaban sin jefes, yo asumí la jefatura sin serlo, porque teníamos que salvar vidas, me metía al almacén y tomaba lo que había para llevárselos a lo doctores a ver si les servía, me acuerdo que llegaron jefes de Saltillo porque aquí todos estaban contagiados.
“Vivimos situaciones hasta inhumanas, porque la falta de equipo médico, obligaba a mis compañeros a pasar 12 horas sin comer, sin tomar agua y sin ir al baño, porque si se quitaban la bata, guantes y cubrebocas ya no había más, así es que tenían que aguantarse, después logramos que les dieran un cambio para que pudieran ir al baño, en realidad le hicimos frente como pudimos, pero sin dejar a nuestros enfermitos”.
Dijo que nunca se contagió de Covid, pero tampoco nunca pasó por su mente rendirse y abandonar el barco.
Hago lo que me gusta, y nunca pierdo de vista que el paciente viene enfermo, asustado, preocupado y sensible y aunque a veces me gritan, yo nunca respondo igual, porque entiendo que ellos se sienten mal y así seguiré de la mano de ellos, hasta que Dios quiera.
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