Opinión
Hace 5 semanas
MONCLOVA es conocida por su temple de acero y su calor intenso, pero últimamente, hay otro tipo de “calor” que está subiendo de tono: el de la intolerancia y la falta de civismo en nuestras colonias.
LO QUE debería ser una comunidad cohesionada parece estarse fragmentando en una guerra silenciosa y a veces muy ruidosa de quejas constantes entre vecinos que diariamente piden la intervención de las autoridades para obligar al vecino a bajarle a su pachanga.
EL PROBLEMA central es simple, pero profundo: hemos confundido la libertad con el libertinaje doméstico.
El “gran anfitrión” y el suplicio ajeno pues todos tenemos ese vecino incómodo que no le importa la hora ni el descanso de los demás.
AQUEL QUE asume que su gusto musical es compartido por toda la cuadra y que el éxito de su reunión depende directamente de los decibelios que alcancen sus bocinas, es hora del cumbión de media noche.
EL “GRAN ANFITRIÓN” de Monclova olvida que su derecho a la fiesta termina donde empieza el derecho al descanso del trabajador que madruga a la planta o del niño que necesita dormir o de las personas de la tercera edad.
LAS QUEJAS por ruido encabezan las estadísticas de atención ciudadana, y no es para menos; el ruido no es sólo molestia, es una invasión al espacio privado, pues nunca falta aquel que no le importan los demás.
ES SOLO un momentito: La cultura de la invasión. A esta falta de conciencia auditiva se suma la crisis del espacio físico. La frase “es solo un momentito” se ha convertido en la licencia nacional para obstruir cocheras, tapar rampas de frenado o, peor aún, ocupar cajones destinados a personas con discapacidad.
ESE “MOMENTITO” es, en realidad, un acto de egoísmo puro. Al obstruir una entrada, no sólo bloqueas un auto; bloqueas la libertad de movimiento de otro ciudadano y demuestras un desprecio total por la norma básica de convivencia urbana.
AUTORIDAD: Entre la mano dura y la educación ¿Qué nos falta? Por un lado, una autoridad más estricta. La sanción no debe ser una sugerencia, sino una consecuencia inevitable. Si el bolsillo no duele, la conducta no cambia.
LAS AUTORIDADES deben entender que aplicar la ley en temas de convivencia no es “ser malos”, es garantizar el orden social. Sin embargo, la policía no puede estar en cada esquina ni en cada carne asada.
NECESITAMOS una conciencia urbana real. Respetar el espacio del otro no es una cortesía, es la base mínima para que una ciudad como la nuestra no colapse en el conflicto diario, donde todos podamos convivir.
MONCLOVA necesita menos “grandes anfitriones” del ruido y más ciudadanos ejemplares del respeto. Al final del día, compartimos las mismas calles y el mismo sol; lo mínimo que podemos compartir es el respeto mutuo.
ESTA NAVIDAD respete el derecho de los demás en un estricto sentido de que la fiesta es tuya y no todos quieren ser parte de ella. Bájenle a su ruido.
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