Espectáculos
Por
Redacción
Publicado el viernes, 7 de agosto del 2009 a las 14:05
Elena Cortez
Saltillo, Coah.- Una mujer se enfrenta a sí misma ante un espejo. De frente a su propio rostro se descubre, identifica sus cualidades, pero le cuesta aceptarlas, advierte sus heridas, se duele de ellas, pero aprende a ironizarlas. Una mujer frente al espejo se despedaza y se vuelve a armar. Una mujer tan llena de sombras ella es sí misma sólo ante ese espejo.
Desde el primer encuentro, eso fue para mí la obra de Rosario Castellanos, un espejo de sí misma, un reflejo en el que yo también me reconocí.
Poemas, cicatrices y cartas
La historia data de los primeros años de la universidad, cuando una compañera llevó “Lamentación de Dido” para un ejercicio de la clase de Radio. Ese poema en prosa de largo aliento me llevó a explorar sentimientos que, antes de eso, no sabía que tenían nombre: “Yo sé que para mí no hay muerte./ Porque el dolor —y que otra cosa soy más que dolor— me ha hecho eterna”.
Desde entonces Rosario Castellanos y yo entablamos una relación llena de claroscuros. Sus poemas llegaron a ser tan míos que se convirtieron en mi “Declaración de fe”, pero luego me taladraron de tal manera el corazón que opté por exiliarlos durante un tiempo de mis libros de cabecera.
Sin embargo, si sus poemas (reunidos en “Poesía no Eres Tú”) dejan esa sensación de desastre, conocer en “Cartas a Ricardo”, el origen de aquellos dolores, es mucho más desolador. Este testimonio epistolar, repleto de imágenes e historias terribles, ilustra cómo Rosario Castellanos (la mujer, la escritora) se va creando, moldeando.
Rosario no puede dejar de ser honesta con Ricardo Guerra (destinatario, amor de su vida, padre de su hijo Gabriel), lo cual es de agradecerse porque este libro nos muestra la maquinaria oculta detrás de sus poemas.
Rosario, la de Chiapas
Afortunadamente el equilibro en la obra de Rosario Castellanos nos lo brinda su narrativa. “Balún-Canán”, “Oficio de Tinieblas” y sus libros de cuentos como “Ciudad Real” o “Los Convidados de Agosto” nos sacan de aquel huracán de sentimientos y nos llevan hasta Chiapas.
Su narrativa no sólo recupera muchas de las tradiciones mayas, también denuncia las injusticias que se vivieron (y viven) en pueblos chiapanecos como Comitán y San Cristóbal.
Así, inspirada en las historias que le contaba su nana y mezcladas con acontecimientos históricos reales, Rosario Castellanos se consagró como una de las representantes de la literatura indigenista.
Una mujer ‘que sabe latín’
Hay una faceta más que completa la trayectoria de esta escritora, su ideología feminista. Aunque en ocasiones esta faceta parece contrastar con el resto de su obra, Rosario dejó ensayos y artículos que contribuyeron a crear una visión diferente de la mujer de su tiempo (“Mujer que Sabe Latín” y “El Mar y sus Pescaditos”, son algunos ejemplos) y que incluso hoy, más de 40 años después, no han perdido vigencia.
Desde aquel primer encuentro con “Lamentación de Dido” no he podido más que seguir la obra de Rosario Castellanos, pero siempre con cautela, con el temor de encontrar las palabras capaces de tirar lo que hace años construí sobre las heridas, con miedo a que la pintura con la que cubrí aquella frase (“No es siquiera la herida. Es el cimiento/ roído de gusanos”) se deslave y las heridas se vuelvan a abrir.
Mujer de palabra
» Nació en la Ciudad de México, el 25 de mayo de 1925, pero creció en Comitán, Chiapas.
» Cursó Filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México.
» En 1958 recibió el Premio Chiapas y tres años después el Xavier Villaurrutia.
» Como promotora cultural laboró en el Instituto de Ciencias y Artes de Tuxtla Gutiérrez y dirigió el Teatro Guiñol.
» En la UNAM fue profesora en la Facultad de Filosofía y Letras.
» Sus últimos años los dedicó al servicio exterior. Fue embajadora de México en Israel en 1971.
» Falleció en Tel Aviv el 7 de agosto de 1974 a consecuencia de una descarga eléctrica.
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