Nacional
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Redacción
Publicado el domingo, 13 de marzo del 2011 a las 15:00
Proceso | México, DF.- El peso de la narcoviolencia mexicana está recargado sobre las mujeres. Ellas son las que recogen los cadáveres del familiar asesinado en una balacera y presentado como delincuente. Son las que recorren el país –tocando puertas, pegando pósters, haciendo pesquisas– para conocer el paradero del esposo, el hijo o el hermano, desaparecido. Son las que se organizan para exigir el esclarecimiento de las masacres de sus hijos. Son las que se quedan al frente de los hogares en los que falta el varón y sobran los niños que alimentar. Son las que acompañan a otras mujeres en su búsqueda de justicia o las que curan las heridas de las y los sobrevivientes de esta guerra.
Son las Antígonas modernas, “las que cumplen la ley de la sangre”, aunque esto signifique rebelarse contra el Estado, señala la diputada y doctora en sociología Teresa Incháustegui, cuando compara el mito griego con el nuevo rol que en este sexenio han asumido miles de mujeres.
De la tragedia de Sófocles
Cuando el rey de Tebas prohíbe sepultar el cadáver de Polinices, uno de los dos hijos varones de Edipo, para que sea devorado por las aves carroñeras y su alma nunca encuentre descanso, una mujer desafía esa orden: Antígona, la hija de Edipo, abandona las murallas de Tebas para enterrar a su hermano. Eso le cuesta la vida.
“Lo que estamos viendo en México es el grito de Antígona cuando el Estado insensible mete en la fosa común a todos los muertos tratándolos como criminales y los expulsa de la comunidad de los ciudadanos al no darles siquiera muerte digna, reintegración de la muerte a lo que fueron sus nexos en la vida. Entonces Antígona, en nombre de la ley de la madre, que es la de la carne y la sangre, sale de la ciudad a enterrar a su muerto, porque es la ley de la sangre, que está más allá de la ley del Estado”, dice la legisladora experta en género, familia y grupos vulnerables.
90% de las personas que se acercan a expertos o a organizaciones a pedir ayuda son mujeres.
400% ha aumentado en este sexenio la participación de las mujeres en el narcotráfico. Las organizaciones estatales con un papel relevante en la atención de las víctimas de la violencia han notado este protagonismo femenino por los nuevos desafíos que esta realidad acarrea. Las estadísticas señalan que más del 90% de los más de 35 mil asesinados durante el sexenio son varones. “Hay muchas mujeres que se están quedando viudas, a cargo de sus hijos, sin el sustento del marido, cargando el estigma social de a lo que se dedicaba el marido, de por qué lo asesinaron. Para ellas y sus familias no hay políticas específicas: viven su situación de madre sola, con necesidades económicas y con este estigma. A lo mejor no es difícil que vuelvan a caer en una situación igual, presas en las redes de las personas que se dedican a delinquir”, advierte la socióloga Rosario Varela, de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Coahuila.
A su vez, Mercedes Murillo, directora del Frente Cívico Sinaloense, señala: “Muchos de los que han sido asesinados dejan esposas con hijos, o a las esposas embarazadas y sin un centavo, porque su vida es de oropel pero no ahorran. Cuando los matan, las muchachas andan pidiendo dinero para enterrarlos porque no tienen con qué”.
Las organizaciones han notado que muchas mujeres que no trabajaban han tenido que hacerlo ante la pérdida del marido. O si ya lo hacían, llegan a trabajar hasta una doble jornada. Como en el caso de los ocho jornaleros que salieron hacia Estados Unidos el año pasado y desaparecieron en Coahuila. Sus esposas mantienen a las familias con la venta de enchiladas por las noches, aunque viven en comunidades donde el trabajo femenino no es bien visto.
El médico y doctor en psicología español Carlos Beristain, experto en atención a colectivos impactados por graves violaciones a los derechos humanos, señala que con la violencia y en procesos de militarización entra en crisis el rol de las mujeres porque los hombres son los más expuestos a morir y a ser reclutados, y ellas enfrentan el impacto de la violencia en sus propias vidas, las de sus familias y las de su comunidad, con lo que cargan el peso de todos.
“Las mujeres tienen que hacer frente a los procesos de duelo e impacto por las pérdidas familiares y sociales, y la mayor parte del trabajo de reconstrucción familiar y social recae sobre sus espaldas, especialmente cuando tienen que hacerse cargo solas de la familia. Además, las mujeres tienen en general muchos menos espacios sociales para participar que los hombres, por lo que a la mayor sobrecarga afectiva y social se une un menor poder sobre su propia vida o la toma de decisiones”.
Sin embargo, el experto que ha trabajado con sobrevivientes a la violencia de Colombia, Guatemala, El Salvador, Perú y México, señala que las mujeres tienen una gran capacidad de afirmación y de resistencia en situaciones de tragedia, y que muchas veces su rol entra en crisis.
“Hacen de mamá y papá, las hostigan con frecuencia por ser viudas, están estigmatizadas, están afectadas por la pérdida, muchas veces sufren amenazas pero también se hacen líderes. En muchos países han sido las mujeres las que primero se han movilizado para buscar a sus familiares, hacer públicos los hechos o presionar a las autoridades. Muchas de esas experiencias han estado movidas por la lógica del afecto. Son las que salen a la calle y a mostrar un problema cuando nadie se atreve.
Vidas de oropel
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