Felipe Calderón y Manuel López Obrador tienen dos cosas en común: fueron candidatos a la gubernatura de sus respectivos estados, Michoacán y Tabasco, pero ninguno ganó, y dirigieron sus partidos, PAN y PRD. El destino hizo que en 2006 se enfrentaran por la silla del águila. La elección dividió al país y finalmente se resolvió en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación. López Obrador perseveró y alcanzó la presidencia en su tercer intento, impulsado por el movimiento político y social (Morena) de mayor envergadura creado desde la Revolución, solo que por la vía de las urnas y no de las armas.
Calderón sigue políticamente activo, participa en foros, debates y vocifera, pero no influye. Lo persigue el fracaso de la guerra contra el narcotráfico y la sombra de Genaro García Luna. El exsecretario de Seguridad Pública purga una condena de 38 años de prisión en Estados Unidos por haber colaborado con el Cartel de Sinaloa a cambio de sobornos. Calderón estuvo sometido al PRI, que controlaba una cuarta parte del Congreso y la mayoría de las gubernaturas, y a los poderes fácticos. Retirado de la política, AMLO ha tenido solo dos apariciones: en junio, con motivo de la elección judicial; y el 30 de noviembre, por medio de video, para presentar su libro 19: Grandeza.
El mensaje de AMLO, desde su finca de Palenque, Chiapas, provocó las reacciones esperadas: repulsa entre sus detractores y apoyo de su movimiento, liderado ahora por la presidenta Claudia Sheinbaum. Hermanados por el mismo proyecto político y económico, los expresidentes Carlos Salinas, Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Calderón unen «fuerzas» e intereses contra la 4T. Con la misma furia secundan las campañas de desinformación de la oligarquía cuyo propósito consiste en generar miedo entre la población. «Por más intentos de hacer creer al mundo que México no es un país libre y democrático, por más “comentócratas” o supuestos expertos que inventen historias de ficción, por más alianzas que quieran tejer con el conservadurismo nacional y extranjero, no vencerán al pueblo de México ni a su presidenta», replicó la mandataria el 6 de diciembre en el Zócalo, durante la celebración del séptimo aniversario de la 4T.
Sheinbaum se había reunido la víspera con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro de Canadá, Mark Carney, en el marco del sorteo del mundial de futbol, celebrado en Washington. Días más tarde, la revista Forbes dio a conocer la nómina de las 100 mujeres más poderosas del mundo de este año. La clasificación la encabezan Ursula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea), Christine Lagarde (presidenta del Banco Central Europeo), Sasane Takaichi (primera ministra de Japón), Giorgia Meloni (primera ministra de Italia) y Claudia Sheinbaum (presidenta de México), por su ejemplo de «resiliencia en tiempos turbulentos».
En un mundo donde las potencias se disputan la supremacía y los países bajo su férula son objeto de amenazas, presiones y chantajes, México ha superado desafíos formidables, no exentos de sacrificios. Para formar un juicio equilibrado es necesario contrastar cómo vemos desde dentro a nuestros líderes y cómo los observan desde fuera. La calificación de la presidenta Sheinbaum, más allá de los yerros de la Administración, las disputas políticas y los juegos de poder, es positiva para México. Elegir como primera jefa de Estado y de Gobierno a una mujer con las cualidades de Sheinbaum fue un acierto. Lo demás es pirotecnia.
Más sobre esta sección Más en Coahuila