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Napoleón, el sol y el viento

  Por Víctor del Rosal Ahumada

Publicado el domingo, 20 de julio del 2008 a las 14:00


Se cuenta que un hombre que estaba en tratamiento psicoanalítico creía que era el gran Napoleón.

Se cuenta que un hombre que estaba en tratamiento psicoanalítico creía que era el gran Napoleón. Después de tres o cuatro años de tratamiento y de psicoanálisis, el psiquiatra pensó: “Ahora está completamente curado”. Entonces le dijo:

-Ya está curado y puede irse a su casa.

El hombre dijo:

-¿A su casa?, querrá decir “a su palacio”.

Estamos muy acostumbrados a tratar de cambiar a los demás, pero parece que hasta los esfuerzos más añejos y elaborados son poco útiles. El esposo que trata cambiar a la esposa (y viceversa), el maestro que trata de cambiar al alumno, el padre que intenta cambiar al hijo.

Cuando enfocamos la energía en apreciar, en exaltar lo bueno, las virtudes, las fortalezas, en lugar de “corregir” lo malo, nos encontramos con un efecto mágico. No sólo comienzan a acentuarse las virtudes, sino que los defectos, que muchas veces estaban ahí por rebeldía, ya no tienen razón de ser.

En efecto, es más fácil lograr que una persona se aferre a su posición cuando enfrenta una constante crítica, a que la persona deje a un lado aquello que defiende.

En cierta ocasión, el sol y el viento hicieron una apuesta para ver quién podría arrancarle el abrigo a un niño. Primero fue el turno del viento, así que sopló y sopló, pero entre más fuerte soplaba, más fuerte agarraba el niño su abrigo. Por más que lo intentó, el viento no consiguió arrebatarle el abrigo al niño.

Ahora tocó el turno del sol. Y plácida y gradualmente el sol brilló, y de forma gradual el niño sintió más y más calor, hasta que voluntariamente, se despojó del abrigo. El sol había ganado la apuesta.

No es por la vía de la violencia, de la confrontación que vamos a propiciar un cambio en los demás. Sólo cuando brillas, cuando eres feliz y lo irradias de forma natural, genuina, es cuando logras un cambio en los demás. Al brillar, tu luz da permiso a otros para brillar. Una risa tiene un efecto mágico porque contagia, así como lo hace un bostezo (dicho sea de paso, está probado que el ver un bostezo o leer la palabra bostezo propicia que… bosteces).

Al dejar de preocuparte tanto en lo que los demás hacen y enfocarte en tu persona, en tu quehacer, en tu bienestar, es cuando el mundo comienza a cambiar.

En efecto, para dos personas distintas, con gafas distintas, el mundo se ve de una manera muy diferente. Cada quien habla de cómo le fue en la feria. Cada situación tiene una infinidad de significados, dependiendo del observador.

Al final de cuentas, no es posible cambiar a los demás, a menos que se quiera amenazar y hacer uso de la fuerza. Por lo demás, sólo existe el cambio interno. Nos queda la oportunidad de apreciar lo bueno, reforzarlo, apoyando la evolución natural de los demás… y claro empezando por uno mismo.

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